Hay peores cárceles que las palabras

Él solía decir que existimos mientras alguien nos recuerda.

La Sombra del Viento, Carlos Ruiz Zafón. Editorial Planeta SA, Barcelona, España (2001). ISBN: 84-226-9689-4

Nació en Barcelona (España) en 1964, falleció en Los Ángeles (EEUU) este año. Aún no puedo creer que no esté entre nosotros semejante genio. Os recomiendo leer su biografía en la página oficial: http://www.carlosruizzafon.com

[…]como siempre, lo esencial de la cuestión había sido decidido antes de que empezase la historia y, para entonces, ya era tarde.

La tetralogía El Cementerio de los Libros Olvidados comienza con la publicación, en el año 2001, de La sombra del viento, y continúa con El juego del ángel, El prisionero del cielo y El laberinto de los espíritus. Debo admitir que la comencé hace años, y la dejé de lado con la excusa de no poder soportar la espera entre libro y libro, porque los dos primeros me habían capturado sobremanera. Así fui a la Feria del libro de Madrid, donde me firmó la tercera obra por orden consecutivo, y yo la guardé como un tesoro durante años en la estantería: primero, a la espera de la cuarta y última; después, porque lo olvidé. Me sumergí en otras lecturas, otros autores, otros países incluso (llevo tres años dedicándome al estudio de la literatura eslava e italiana). Este verano llegó la noticia de su muerte. Hay dos comportamientos que son típicos ya en el ser humano: beatificar moralmente a todo el que enterramos, olvidando sus faltas (esto ya lo dice el propio Zafón en la novela: Frente a un ataúd, todos vemos sólo lo bueno o lo que queremos ver); en el caso de ser un autor, deseamos haberle leído, comenzar ahora, haberlo hecho antes. Sobre todo si somos lectores frecuentes, o apasionados. Más si algo nos evoca un recuerdo grato, la imagen de los momentos de lectura acurrucada en la cama, hasta altas horas de la noche. De manera que, sumergida en estos pensamientos, decidí adentrarme de nuevo en el universo de Carlos Ruiz Zafón.

-¿Por qué se queman los libros? Por estupidez, por ignorancia, por odio…vaya usted a saber.
– ¿Por qué cree usted? -insistí.
– Julián vivía en sus libros. Aquel cuerpo que acabó en la morgue era sólo una parte de él. Su alma está en sus historias. En una ocasión le pregunté en quién se inspiraba para crear sus personajes y me respondió que en nadie. Que todos sus personajes eran él mismo
.

Daniel Sempere y su padre nos estrechan la mano acompañándonos ya en los primeros pasos hacia un lugar donde el respeto, la intriga y la calidez, se mezclan con el olor de los libros, nuevos y usados. Pronto la historia coge un ritmo casi frenético. Los nombres empiezan a aparecer y los personajes toman forma, con un don que hay que atribuir al autor: jamás olvida el lector de quién se trata. La trama está presentada por el protagonista aparente en primera persona, que nos permite conocer cada detalle y reflexión. Digo aparente, porque cuando los marcos narrativos comienzan a encontrar su lugar y a encajar, como piezas de un puzzle inmenso, uno comprende que no es la historia de una persona, sino de muchas ellas. Personas que evolucionan y no se mantienen en el mismo rol durante todo el desarrollo. Incluso el relato femenino de Nuria Monfort, del que no adelantaré nada por si te animas a sumergirte en esta aventura, ocupa una posición de relevancia y presenta valores que, si bien en todo momento se pincelan, ella los dibuja con precisión. Pero volviendo a sus personajes, parecen tener una pareja, distante en el tiempo y, sobre todo, en el momento vital que comparten, pero parejos al fin y al cabo. Así Daniel y Julián Carax, el padre de cada uno de ellos, de alguna manera sus madres también, Bea y Penélope, Tomás y Miquel, enfrentarán al inspector Fumero en una aventura que comienza en 1945, para Daniel, y finalizan, Daniel y Carax, en 1955. Si ya lo has leído, pensarás que nada tienen que ver los personajes que aparecen en esta comparación rápida, y tienes razón. Gracias al aprendizaje, a la vida, y a la compañía que ejercen en Daniel, los finales son muy diferentes a aquellos que conformaron la dramática existencia de Julián. Debo decir que, gracias a un entorno familiar sano, también el punto de origen difiere y facilita la transición vital de Daniel. Las palabras con que se envenena el corazón de un hijo, por mezquindad o por ignorancia, se quedan enquistadas en la memoria y tarde o temprano le queman el alma.

Ejército, matrimonio, Iglesia y banca: los cuatro jinetes del Apocalipsis: las críticas hacia ciertos aspectos o modos de vida, como los asilos, son evidentes aunque no constituyen la trama. Sin embargo, sin construyen personajes muy humanos, personajes que conocen las miserias a las que se ven sometidos por la sociedad, los deseos, las decepciones y el miedo.

Me sentí rodeado de millones de páginas abandonadas, de universos y almas sin dueño, que se hundían en un océano de oscuridad mientras el mundo que palpitaba fuera de aquellos muros perdía la memoria sin darse cuenta día tras día, sintiéndose más sabio cuanto más olvidaba.

El lenguaje es cuidado. Sin embargo, la novela está repleta de diálogos que, bendita la pluma, son ocupados muy frecuentemente por el que posiblemente sea el mejor personaje de todos y que, en ciertas ocasiones, parece haber salido de una obra dramática por su lenguaje comunicativo: Fermín Romero de Torres, como se hace llamar. Consecuencia de la picaresca española, de sus tiempos y la experiencia, es una especie de Pepito Grillo, un visionario vapuleado por el sistema, profundamente fiel, compasivo y bondadoso, y con los comentarios más ingeniosos de toda la obra. Divertido, optimista y fuerte. Incluso en cierta escena aparece como un héroe en un coche, una imagen que, imagino, el señor Ruiz Zafón debió terminar con una sonrisa socarrona.

El modo más eficaz de hacer inofensivos a los pobres es enseñarles a querer imitar a los ricos.

Destacaría, además del recorrido por Barcelona que en más de una ocasión me hizo recurrir a mapas y fotografías en línea, y los paseos por París, […]la única ciudad del mundo donde morirse de hambre todavía es considerado un arte; la inmersión en el mundo editorial. El día que comprenda usted que el negocio de los libros es miseria y compañía y decida aprender a robar un banco, o a crear uno, que viene a ser lo mismo, venga a verme y le explicaré cuatro cosas sobre cerrojos. Uno masca y saborea el proceso de escritura, detalles de la edición, entresijos del mundillo, la publicación, la compra-venta y, por encima de todo, el valor del libro, el poder de la palabra. Tanto es así, que el almacén de libros, la librería, así como los escritorios y, por supuesto, la pluma de Víctor Hugo, dejan un sabor impactante. Por supuesto, también el cementerio.

[…] porque en esta vida lo único que sienta cátedra es el prejuicio.

Además, las referencias históricas son frecuentes, y también las literarias. Incluso, desarrollando más la sensibilidad que uno experimenta con el pasar de las páginas, los olores forman parte del recorrido. El olor a muerto o a vida en el mismo lugar según el momento; el papel nuevo, usado o quemado; las calles de la ciudad ahumadas o espléndidas de sol.

La televisión, amigo Daniel, es el Anticristo […]. Este mundo no se morirá de una bomba atómica como dicen los diarios, se morirá de risa, de banalidad, haciendo un chiste de todo, y además un chiste malo.

En la España del siglo XX nos situamos porque la propia novela nos introduce y, además, los capítulos se ordenan en bloques presentados cronológicamente. Pero por si queda algún resquicio de duda, los comentarios sobre la mujer como el sexo débil, la manera de referirse a la tauromaquia, y las triquiñuelas de las que se sirven para desenvolverse, nos sitúan de nuevo en la época. Debo admitir que, a mi parecer, la mujer también juega el papel indispensable en la obra de ser descubierta, como esencia y fuente de profundas pasiones y sentimientos, por el joven Sempere.

Hay pocas razones para decir la verdad, pero para mentir el número es infinito.

La memoria, el alma y el destino, serán los otros tres pilares sobre los que se sustente el recorrido narrativo. Recurrentes y trascendentales, serán la masa madre de cada movimiento e idea, de cada intención. Pero, llegados a este punto, de qué va todo esto, querrás saber. Tomando prestado otro párrafo del libro: De libros malditos, del hombre que los escribió, de un personaje que se escapó de las páginas de una novela para quemarla, de una traición y de una amistad perdida. Es una historia de amor, de odio y de los sueños que viven en la sombra del viento.

Te invito a descubrir la que posiblemente sea mi novela favorita.

Sofía en София, Bulgaria

A pocos kilómetros de la ciudad se encuentra la montaña de Vitosha. Parque Natural desde 1938, era una de las recomendaciones que me repetían una y otra vez, guías y ciudadanos. No debía dejar de ir, no podía perderme sus hectáreas de bosque. Que si la fauna, los paisajes, el silencio, la poca dificultad de algunos tramos, la extrema de otros. Que no me la perdiese. Y me la perdí. Una de las pocas veces en que no hago ni caso de quienes saben más que yo.

Desde el balcón del hotel, la miré desde el primer instante en que apareció ante mis ojos. Tenía un mal presentimiento, o eso creía. Me repetía que no debía aventurarme, sin entender del todo los motivos de esta extraña decisión. Pero miraba hacia la montaña, como quien observa por primera vez un fenómeno cualquiera. Curiosa, intrigada, inquieta. Deseando acercarme y salir corriendo, en dirección a ella. Jamás me planteé la dirección contraria, en la que sí conocía lo que podía encontrar. Aquello que me acompañaba y de lo que no conseguía liberarme del todo.

Con el paso de las horas, de los pocos días que pasé allí, comenzó a parecerme cada vez más grande. La sentía más cercana a mí, al balcón, a mis temores, que tomaban forma. Su peso comenzaba a doblar mi espalda. Dura, fría, parecía restar grados a aquellos días tan agradables de un calor que podía sobrellevar. Se me hincaba en las lumbares, y no en otra zona de la espalda.

Concentré mi atención en esa zona, hasta que el suspiro que me acariciaba la nuca comenzó a despistarme de todo lo anterior. Noté paulatinamente cómo subía la tensión a las cervicales, asentándose en cada vértebra, músculo y centímetro de piel. Se adueñaba así de cada percepción posible, limitando mis movimientos. Siquiera pude girar el cuello y ver qué era. Siempre estuvo ahí, aferrado, inhumano.

Con el pasar de los meses, decidí buscar una medicación que me librase del dolor. Porque sí, aquella opresión era ya un dolor inmenso por entonces. La encontré, como ocurre con todo lo que se busca con ahínco. Me deshice del mal y su coacción. Y una noche de aquellas, en las que la melancolía restablecía la complexión primitiva, volví a pensar en Vitosha.

Continuaba siendo pesada, más calida y menos intimidante. Había dado un paso, y no tuve miedo de deshacer mis pasos, caminando hacia delante, pero mirando hacia atrás.

Pude constatarme entonces de varios hechos que, acompañados de matices y reflexiones, tornarían en indispensables para el resto de mi vida. Así lo decidí en aquel momento. Uno de ellos, el principal, era la presencia ineludible del sol. El otro, la frase que recordé llevar tatuada en el costado. Y, por último, la necesidad de tener espejos siempre conmigo: esas personas en las que uno refleja el brillo de una mirada, una lágrima que es silencio, un beso contenido, el abrazo nunca dado.

Somos

Somos lo que pasa entre decisión y decisión. No lo que pasa, sino el espacio entre una y otra. Una mezcla de querer ser libres y ser conscientes de la imposibilidad del asunto, al menos en términos absolutos. Unos términos que, por regla general, no existen.

Una decisión no tiene que ser siempre trascendental, no vamos por ahí. Decides cuando coges el libro y te acomodas, entre cojines y mantas, a dejar la mente trabajar y volar al mismo tiempo. Has decidido que dormirás menos, que un autor va a hacerse con tu imaginación, una letras van a ocupar tu mirada. ¿Influye en algo? Claro que sí. A corto plazo, mañana estarás más cansada, inconscientemente también más feliz. A medio plazo, desarrollarás la memoria, el pensamiento y tu creatividad, sobre todo si continúas haciéndolo con frecuencia. A largo plazo, tus palabras reflejarán lo que otras construyeron y será un verdadero placer escucharte, o incluso leerte, en el mejor de los casos.

Decidimos lo que comemos, con quién hablamos, si queremos jugar a algo, acariciar a nuestro gato cuando se apoya en nosotros, sonreír a un niño que nos mira atentamente, ayudar a alguien que lo necesita. O no. Decidimos implicarnos en las pequeñas cosas de la vida, o no. Y le damos un valor, porque definirá nuestra persona lenta, pero consecuente y consecutivamente.

Decidimos qué jersey vestiremos, si iremos a hacer deporte más tarde o si, por el contrario, dedicaremos unos instantes a tomar decisiones más importantes o definitivas. Y al final, todo es sumamente vital, porque es nuestro tiempo el que se compromete. Y todos, más o menos capaces de meditarlo, valoramos algo que pasa irremediablemente. Queremos pasarlo bien. Cuando decimos pasarlo bien, ese lo, ese complemento directo, se refiere al bendito tiempo.

Un buen día, decides que esa persona no va a seguir en tu vida, por una cosa u otra. Nada grave: esto incrementa la dificultad de la decisión. Y te das cuenta de que no habrá más horas aferrada a un teléfono o, lo que es lo mismo, aferrada a sus risas y pensamientos más diversos y, a menudo, dispersos. Te alejas irremediablemente no sólo de la magia que ha rodeado a esa especie de relación idealizada que manteníais, sino de lo ideal y realmente maravilloso que ha generado en tu persona. Una imagen bucólica, ¿no te parece? Ahí estás, sentada en una esquina del dormitorio, en el suelo, pensando un poco en todo y en nada a la vez. Decisión tomada, What’s past is prologue, y otra más que se avecina. ¿Olvidar o recordar? RecordarTE, siempre desde el respeto y el cariño más profundos porque, por más cosas que no hicieras bien, por muchas meteduras de pata absurdas que hubieran, estaba todo lo demás. Todo lo demás, es el afecto que te tengo, la admiración en innumerables sentidos, una simpatía cariñosa que no se va así como así.

Seguramente no hablaremos nunca más. Pero nunca dejaré de reconocer que contigo volví a sentir emociones olvidadas. Olvidadas a voluntad propia, sí, claro. Pero olvidadas. Y solo contigo decidí dejarlas atrás. Me quité un muro inmensamente grueso, bien construido, solo ante el calor de tu voz y el ingenio de tus frases, casi siempre acertadas.

Tengo la confianza absoluta de que, en algún momento, leerás todo esto. Gracias, pequeño gruñón. Porque lo eres. Y yo fui otras tantas cosas contigo. Algunas, espléndidas. Siento no haberlas expresado mejor. Es tarde, incluso para mí.

Y mientras tanto…

Mañana se quemarán las yemas de tus dedos inexpertos. Hoy notas la piel más dura. Ayer, ayer solo era un cosquilleo.

El peso de una palabra puede anclarla en lo más profundo de tu corazón. Sacarla es imposible. Quizás sea más sencillo rajar las paredes rojas que tanto amor guardaron. Así dejar caer el ancla y la palabra. Y aprovechar el momento para seguir vaciándonos.

En estos tiempos, los gritos son peligrosos porque portan virus. Por aquel entonces, llevaban rabia, ira, anhelos, deseos, dolor, nervios, amor, desamor, celos, decepciones, y un sinfín de cosas que sentían aquellos seres extraños: los seres humanos.

Ahora, también es arriesgado reírse muy alto, o con la boca muy abierta. Para lo segundo, han inventado la mascarilla. Para lo primero, ya os habréis dado cuenta: están ensayando cada día. Y cada día nos reímos más bajo.

Vamos a manifestarnos. Juntos, en dos bandos. Juntos, frente al otro. ¿Los otros dos? Están ajenos, observándonos con diversión. De vez en cuando, Poder mueve algunos hilos. Ignorancia pasea alrededor, buscando la paz de espíritu. Poder le ofrece una marioneta. Ignorancia sonríe, agradecida, sintiéndose bendecida por semejante honor.

Un monigote, dos monigotes

El diccionario Larousse descansa sobre la mesa. No descansa del todo, puesto que está de pie y no tumbado, como cabría esperar. A su izquierda, pared. A la derecha, un monigote de madera con aspecto sospechoso, que hace las veces de tapa de una pequeña cajita, incapaz de contener nada de utilidad. Usado como sujetalibros, sujetalibro: solo hay uno. De nuevo cabe especificar que antes eran muchos, toneladas. De manera que solo queda uno. Solo queda un diccionario de vocabulario básico de una lengua extranjera que siquiera merece ser nombrada. O eso diría él, de estar aquí para poder defender su postura.

Antonio diría, sin lugar a dudas, que solo ver la portada le revuelve el estómago. Por eso, ahora que se ha mudado, que por fin ha recogido todas sus pertenencias, ha decidido que el regalo de bienvenida para el nuevo inquilino sea exactamente ese. Un jodido diccionario.

Todas las pertenencias es sinónimo de veinte cajas. Su estilo austero ha facilitado notablemente la tarea. Menos austero cuando estaba ella, recuerda con claridad. Así, mientras doblaba rápidamente la ropa, hacía un recuento de todo lo que había sido un regalo. Por supuesto, una mujer como aquella no regalaba ropa por un cumpleaños. Faltaría más. Eran los regalos espontáneos, acompañados de un “cariño, la camisa de ayer era muy espantosa, espantosísima” que parecía justificar el hecho de acoplarle una nueva. Al principio, él odiaba esta costumbre. Con el tiempo, le hacía gracia. La veía llegar con una bolsa sin logo, ni colores chillones, y ya sabía que estaba disimulando un regalo de los suyos. Observaba con cierto placer cómo dirigía la conversación lentamente hacia esa cosa horrorosísima que se hubiera puesto el día, o la semana anterior. Y empezó a amar también estas tonterías.

En el equilibrio de aquella relación, uno que costó alcanzar pero que, una vez establecido, podía asegurarse como lo más firme que un ser humano como él hubiera conocido antes; ella era la loca, él era pausado. Y aunque no le importaba demasiado ese adjetivo, no podía dejar de repetirse una y otra vez que la pausa, a semejante torbellino, podía resultarle aburrida. Y la miraba, sumido en la reflexión más lúgubre, hasta que ella saltaba encima, le mordía el cuello, o se entusiasmaba con cualquier historia.

Los regalos especiales eran los de los cumpleaños, aniversarios, San Valentín y su día favorito desde la invención de su loquita; San Tequieroymedalagana. Este último se celebraba después de una discusión grave, que era definida como esa en la que se iban a dormir sin darse las buenas noches, ni abrazarse. Podía ser tantas veces como discusiones hubiera. El caso es que no discutían demasiado. Pero cuando lo hacían, ella llegaba con lo que más le cautivaba, una carta, algo de puño y letra. Algo que expresaba lo que le costaba decir en voz alta. Algo que pudiera ser producto de una profunda reflexión, y no un manifiesto de cabreo, orgullo e impulsividad momentánea. Las guardaba en un archivador, disimulado con el escudo universitario. Por orden cronológico, perfectamente conservadas, durante diez años.

Cuando Lorena se fue de casa… Aquella fatídica tarde, cuando regresó y no encontró ni rastro de ella, comprendió que las palabras del día anterior, y en realidad, de toda la semana; no habían sido producto del momento. Esas no necesitaban ser escritas para ser reales. Lo abandonó, porque él dejó de hacerle reír. Estaba convencido de que había sido un paranoico en los últimos meses, hasta el punto de no disfrutar de ella, de su vitalidad. De tanto amor. La miraba con un cronómetro en la mano. Una cuenta atrás que no dejaba de alejarse gracias a su expresa colaboración, comprendió cuando era tarde. El día anterior a su desaparición, trató de explicarle este pensamiento-revelación, pero llegaba con tal retraso que ella, por primera vez en tantos años, no respondió. Simplemente, se acostó.

Estos recuerdos inundaron su mente durante muchos días, y semanas. La veía en cada rincón. Cocinando. Abrazándolo cuando era él el encargado de la cena o la comida. En ropa interior en el salón, invitándolo a no dormir. La recordaba en la cama, en la ducha, leyendo en el sofá. Abrazada a un cojín, canturreando como mi novio no me quiere, me tengo que abrazar a cualquier cosa. Antonio se tiraba encima de ella, se la comía a besos. Reían. Eran recuerdos hermosos. La veía también llorando, cuando colgaba el teléfono. Echaba de menos a su madre. Pero chin chin, con un botellín de cerveza en la mano. Celebraba que todos seguían bien. Irían a verlos juntos en dos semanas. Ella era todo eso eso, volátil, alegre, espontánea, pasional.

Cuando por fin decidió dejar atrás el piso, tras numerosos intentos de llamadas no recibidas en un teléfono que permanecía apagado, de preguntar a sus amigos por ella y que nadie supiera dónde estaba, o eso decían; tras cotillear sus redes sociales y descubrir, día tras día, que llevaba meses sin usarlas; decidió también que nunca trataría de volver a contactar. Fue entonces cuando ganó el orgullo, buscó otro alquiler, recogió todo, y se dispuso, por fin, a salir de allí.

En la mesa, el diccionario. Le devolvía a cuando recitaba en voz alta nociones teóricas. Y también a su empeño por hacerse un hueco en lo que hoy era su trabajo. Consiguió participar en la edición del diccionario, no sin esfuerzo. En la página de créditos figuraba claramente su nombre y apellidos, a la derecha de “Coordinación editorial:”. Junto a este, el monigote del viaje que hicieron a Chile.

Antonio tuvo el diccionario en las manos, antes de salir. Siquiera se detuvo en la idea del papel que sobresalía, aún sabiendo que ella no dejaba nunca papeles entre sus libros; ni del hecho de haberlo encontrado encima de una foto de ambos el día que Lorena se marchó. Prefirió dejarlo allí, junto con el monigote. Consideró que fueron objetos abandonados por ella. Tres, contando con él. Tal vez, si hubiera sido consciente de lo que significó para ella aquel primer gran trabajo, aquel primer gran viaje juntos, y aquel verdadero gran amor; no hubiera dejado nada de aquello allí. Habría sido capaz de abrirlo, al menos. Habría encontrado una nota, no muy extensa, desconocida ya para siempre para él.

Tu gato hiperactivo escondería la nota para siempre. Por eso la encuentras medio encajada en un libro, uno que espero me devuelvas.

Te quiero con todo mi corazón, pero nos estamos haciendo daño. Necesito aire. Estaré en la casa de la playa unos meses, dedicada a acabar el relato y a las dos publicaciones que tenemos pendientes, ya sabes. Te pido, por favor, que nos demos un poco de espacio. No te olvidaré por no escribirte, o llamarte. Reflexiona, si crees que debes hacerlo. Y pasadas unas semanas, si quieres volver conmigo, solo tienes que llamarme (al otro número, el habitual lo apago, que no quiero tener que dar explicaciones a nadie). Dejo la pelota en tu tejado porque, como bien sabes, esto no estaría pasando si no estuvieras absolutamente distante desde hace casi un año. He intentado, de todas las maneras posibles, traerte de vuelta. Pero parece que te has ido muy lejos. Si, por cualquier cosa, quieres o necesitas la llave de la vivienda, te he dejado la copia en la cajita. No hay una más fea, ni que traiga recuerdos más bonitos, ¿verdad? Espero que volvamos a verla juntos, desde nuestro sofá, no importa dónde. Te voy a echar de menos, cada día. Te adoro. Cuídate.

Y si decides dejarlo del todo, no te preocupes. Lo comprendo, te comprendo. En ese caso, se muy feliz.

Cómo iban a pensar los nuevos inquilinos que nunca fue leída. Les pareció tan triste, que ya el primer día allí intentaron sacar ese nudo de la garganta. Dejaron correr un par de semanas, y fue ella quien llamó a la agencia. Pidió el teléfono de la anterior mujer que vivió allí. Tras discutir con cinco personas por la Ley de protección de datos, consiguió que se pusieran en contacto con ella y le pidieran permiso. Y Lorena, sorprendida por recibir una llamada de la inmobiliaria, respondió con inquietud. Los nuevos inquilinos necesitaban hablar con ella. Sí, dio la autorización con lágrimas en los ojos. ¿Nuevos inquilinos? ¿Dónde estaba Antonio? Por supuesto, consiguieron hablar. Y ella, al colgar, creyó saber con total certeza que él, no solo había dado por perdida la relación, sino que además había dejado allí toda oportunidad de mantener algo. Su diccionario, lo recuperaría por correo, acordaron. Un monigote que pidió tirasen a la basura. Y una llave, que no serviría puesto que iba a cambiar la cerradura.
















¿Y si ella no se hubiera ido? ¿Y si él no se hubiera rendido? Porque tener miedo es lícito. Equivocarse, también. ¿Pero dejar marchitar una flor? Eso no tiene perdón, dicen.

N.Gaiman: Mitos nórdicos literaturakilométrica

La mitología de los pueblos nórdicos llega esta vez de la mano (o la voz) de Lectorem, que se ha dejado entrevistar un poquito. Está fascinado con este descubrimiento que, esperamos, os enganche también a vosotros. No olvidéis que estamos en las redes sociales (@literaturakm en twitter; @literaturakilometrica en Instagram) y nos encantaría recibir sugerencias o comentarios vuestros. Os mandamos un abrazo inmenso y os deseamos un buen comienzo de semana. ¡Ah, y que sigáis leyendo! Muacks! 
  1. N.Gaiman: Mitos nórdicos
  2. N.Gógol: El inspector
  3. Sherlock Holmes: Estudio en escarlata

¡Hola a todos! Os dejo por aquí un discreto pódcast que vamos haciendo un gran amigo y yo. Deciros que está en proceso, y que responde a nuestra afición absoluta por la literatura. Si tenéis alguna sugerencia, ya sea de la ejecución, como de obras, autores o cualquier otra idea que cruce vuestra mente, estaremos encantados de responderos a través de la sección de contacto de esta misma web.

Por último, deciros que estamos en twitter (@literaturakm) e Instagram (@literaturakilometrica).

¡Espero que os guste!

Invece se…

No esperes que sea el jueves, el día en que los colores se mezclen armónicamente. Tampoco el viernes, ni el sábado, ni el domingo. No pienses que todo vendrá porque sí, porque la vida te dota de la bendición engañosa de acceder a la verdad, como si fuera tan fácil, tan tuya, tan de nosotros. Seres humanos complejos, despistados del correr de las horas, del pasar de los días. Y te preguntas si estoy hablando de lo mismo. Seguramente, no. Somos tan diversos como nuestros ADN, capricho de la genética y del destino. No quieras entender todo. A menudo es suficiente con entenderse a uno mismo.

El prisionero de Zenda

“El prisionero de Zenda” (“The prisoner of Zenda” en su versión original) es una novela publicada en 1894 por Sir Anthony Hopes (1863-1933). Una novela de aventuras, viajes y valores morales entrelazados con sentimientos puros que luchan contra ideas, a menudo menos puras. Y vencen, siempre. Porque el coraje, el amor, la lealtad y la lucha, predominan sobre cualquier otro detalle de la trama. Transcurre en el territorio de Ruritania, un país ficticio en el que Rodolfo Rassendyll deberá, valiéndose de su estrecho parecido, salvar a su primo (el rey), secuestrado por el primo de este (el duque Miguel) porque, por supuesto, desea quedarse con el trono y la mujer que lo acompañará en él.

Ya sabrás que no me gusta revelar el final, principalmente por no privarte del placer de la lectura, así que tampoco lo haré ahora. Sin embargo, sí te contaré algunos detalles. Para empezar, estamos hablando de una obra breve, apenas de 143 páginas en la edición que he tenido en mis manos (una de impresión bajo demanda, de Amazon, bastante mejorable en términos de maquetación y traducción). Son páginas que corretean a caballo, en tren, a pie; a ratos entre acciones ágiles, otras tantas con sigilo y atención. El movimiento se mantiene y el ritmo acelera, haciendo de la última tercera parte la porción idónea de un relato adecuado para niños y adultos. Rencillas familiares, tradiciones y cambios generacionales se enuncian en boca del protagonista, que no solo habla en primera persona, sino también comparte sus pensamientos y emociones durante la narración. Éste, movido por la curiosidad y el deseo, se embarca en una aventura que relata en el libro. Un detalle que llama especialmente la atención es que el protagonista anticipa el resultado de la mayoría de sus acciones, de manera que el placer de la lectura no se haya en la intriga, sino en el proceso mental y románticamente – una palabra que hará sonreír a cierta persona, cuando llegue hasta aquí- caballeresco, que nos guía y divierte a partes iguales. Estrelsau y Zenda, ciudades que acogen castillos heroicos y antagónicos, constituyen los centros de acción de este caballero inglés que se define a sí mismo como un “segundón de buena casa; hombre sin gran fortuna, posición, ni rango”.

La princesa Flavia será fuente de distracción y pasiones certeras. De ella también se vale el autor para evidenciar la época en la que se data esta historia. “¿Pero somos mujerzuelas o qué?”, “[…] porque nunca está de más infundir cierto grado de temor a las mujeres que nos quieren […]”. Pero, dejando a un lado lo evidente, es un personaje que destaca por su hermosura y nobleza, tal y como Rodolfo la define, así como por la firmeza de sus decisiones y la sencillez de su amor.

Federico de Tarlein y el coronel Sarto son dignos compañeros de viaje y mejores representaciones de la naturaleza del ser humano, siendo la del primero más limpia y fiel; la de Sarto, relativamente puesta en duda por Rodolfo, quien observa en repetidas ocasiones que el coronel se mueve por una valentía incomparable y por sentimientos no tan honorables como cabría presumir.

El papel de la consciencia, para discernir entre el bien y el mal, lo honorable y lo cuestionable, es imprescindible. Así como el hado, el porvenir y Dios, compiten por el destino de los hombres, quienes no dejan nada a su suerte y, sin embargo, aluden a ellos constantemente. Además, se percibe un cierto simbolismo en el uso de colores como el negro (empleado para los pensamientos más oscuros, y para apodar al duque) y el rojo (en el cabello; “¡Es rojo, luego es bueno!”); en la división de la ciudad en dos partes, siendo la nueva adepta al rey, y la vieja, al duque.

Una cierta comicidad se deja entrever en multitud de diálogos. La interacción entre todos ellos resulta imprescindible. El resumen que el propio Rodolfo hace al final de la obra devuelve al lector al principio, creando una estructura cíclica y cerrada.

Por último, me gustaría admitir y a título personal, que he leído cada página con la cálida certeza de que las disfrutaste antes tú, E. Me encanta que compartas conmigo tu vida desde hace tantos años y, desde hace no tanto, también las lecturas. Te quiero, mucho.

“No siempre- dijo-, hace Reyes el Cielo a quienes deberían llevar corona”.

Te muerdo, me digo.

Tumbada en la cama, me acompaña Gretel, mi preciosa gata de unos diez años ya. Leal y cariñosa, dos rasgos que compagina con un carácter sorprendente y que no todo el mundo alcanza a comprender. A veces muerde, buscando atenciones y mimos que no llegan. Y ella mira fijamente, sin entender las reacciones. Es algo que observo desde fuera, alejada, pues nunca lo vivo en primera persona. Yo entiendo a Gretel, y ella parece entenderme a mí, al menos cuando se tumba a mi lado discretamente, como si supiera que justo ahora, la necesito.

Presumo de entender la naturaleza humana, tantas veces y otras también. Y sin embargo, no es cierto. Cada vez nos comprendo menos. He llegado a un punto de no retorno que me asusta, no os voy a engañar. Se me encoje el estómago cuando recuerdo las últimas experiencias románticas que he tenido, si es que se pueden llamar románticas. Seguramente, no.

He sentido posibles amores marchitarse por el efecto duradero de un embrujo anterior. He conocido y muy de cerca los anhelos silenciados de personas aparentemente simples y vacías. Finalmente lo estaban, pero sus deseos los dotaban de una sensación de humanidad casi perpetua, magnética si acaso. Y cuando me he logrado posicionar como conocedora de la verdadera naturaleza, la decepción se ha adueñado de mí.

No tengo treinta años, y sí he tenido treinta experiencias negativas, y más de treinta. Es cierto, yo me aferro a lo positivo como si fuera mi oxígeno. Pero también es cierto que empiezo a estar cansada y decepcionada. Percibo emociones varias como una selección caprichosa que solo coexiste entre la literatura y otras artes. Y amo la literatura, no me entendáis mal. Pero ese mundo real en el que bailo cada día, parece más frío, ahora despojado de ilusiones inocentes y casi infantiles.

Crecí con la idea de la esperanza y la fe en la humanidad. Y yo os pregunto: ¿os pensáis vivos por caminar así por el mundo?

Haceos responsables de vuestras propias ideas, reflexiones y percepciones. Y que no os las quiten. Pero vosotros… haceos responsables de algo. Que vais teniendo una edad.