Un poco bien, muy bien

Con Diana (en realidad es Rihanna, pero todo el tiempo entendí lo primero) se cumple un sueño. Ya estudiaba veterinaria y sentía una fascinación absoluta por el trabajo de Jane Goodall y, todo hay que decirlo, de la licenciada en la Universidad Complutense de Madrid, Rebeca Atencia. Curiosamente, jamás he olvidado ninguno de los dos nombres. Un día, soñé ser la que siguiera sus pasos. Y unos años después, habiendo dejado sin acabar esa carrera, me encuentro en pleno campo de las Humanidades que, como bien describe Nuccio Ordine en su “La Utilidad de lo Inútil: Manifiesto”, serán la salvación de la robotización estúpida que sufre la sociedad actual. Estas últimas palabras son mías, por cierto. La prepotencia del escritor, y el egoísmo del lector. De esto escribiré otro día.

El caso es que llevo toda mi existencia deseando ver primates en libertad. Que tres chimpancés vengan voluntariamente a saludarnos, en un hotel de ensueño en medio de África. Sigo sin encontrar la manera de describirlo.

Diana y Sam, y el pequeño cuyo nombre no recuerdo. Simplemente los llamaron por el nombre, y salieron de la selva donde viven en libertad. La sensación de verlos correr, saltar, jugar, quitarnos los cordones, treparnos, mirarnos a los ojos, llevarnos de la mano. Consigue una experiencia limpiar el alma de las impurezas del día a día.

Oía a mi padre reír. Sufría levemente cuando le veía con esos treinta amables kilos sobre los hombros. Luego volvía a mirarlo y sentía cómo él también se divertía, despreocupado. Diana me absorbió casi todo el tiempo. Los ojos de un animal. Los ojos de un igual.

No recomendaría ir al Hotel Djibloho (Oyala, Guinea Ecuatorial) por lo bonito que es, lo bien que se está, que se come, que se duerme. Diría que hay dos experiencias que limpian el corazón: el contacto con estos pequeños, y el atardecer desde la piscina del spa. Allí no anochece despacio, lo hace de golpe. El sol cae como si pesara y una siente que realmente algo cambia con cada caída, y cada amanecer después. En esa piscina, en ese hotel, con los cristales permitiendo mirar la selva, vi la puesta más mágica del mundo. De arriba a abajo: azul oscuro, morado, rosa, tonos grises, árboles que parecían negros, amarillo pastel entre sus ramas, la noche por fin.

Hagamos una pequeña mención a las miradas que se reflejan en los vidrios, los encuentros breves que perduran en la memoria, las intenciones silenciadas.

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Rihanna2

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