Un poco bien, en Assopla

Y ahí estamos. Vaivén, traqueteo del motor, y resalto, bache, resalto. Él se ríe. Después visualiza un enorme agujero en ese camino al que llamamos, no sin exceso de presunción, carretera. Abre los ojos, silencia las palabras. Su gesto es vago. Pasamos sin caer, ni morir, ni nada que se le parezca. Y sonríe de nuevo.

El conductor sonríe también. Nos ve desde el espejo retrovisor. Y yo le miro. Las miradas cómplices. Un aliado sin entender porqué.

Así el camino a alguna parte trascurre con relativa normalidad, dentro del trajín que nos traemos, y el baile que se marcan las caderas. Lo de los cuellos, no responde a términos conocidos.

Las ramas abrazan cada vez más al coche. El cielo deja de ser limpio y azul. Un verde abrupto nos envuelve. Ahora soy yo la que no para de mostrar los dientes. Sonrío tanto que duele la boca. Inevitable.

No hay cobertura. No hay ruido. Solo nosotros. Solo la naturaleza de Guinea Ecuatorial.

Pasamos por muchos pueblos. A la derecha dejamos “El Fin del Mundo”. Estoy deseando visitarlo, tal vez en otro viaje. De momento nos acercamos a algo más lejado que el fin. Más adentrado en la selva de lo que esperaba. Más auténtico que todo lo que haya podido vivir anteriormente.

Nos reciben casi dos horas y media después de iniciar el viaje con más sonrisas y algún cariñoso “gracias por llegar hasta aquí”. La respuesta es cordial y también sincera: “gracias por invitarnos”.

Un espacio amplio hace de campo de fútbol, carretera y centro del pueblo. Aproximadamente 25 personas lo habitan durante el año. Son las fiestas patronales de Assopla y allí somos muchos más. No sé si los 200 prometidos, pero más de 100 seguro.

San Martín de Porres protagoniza una misa preciosa y más largas que las que acostumbramos a ver en España. A la hora y media dejé de mirar el reloj. He de reconocer que estaba absorta por todo lo que nos rodeaba. Por un lado y a modo de curiosidad, durante la Misa se dividen hombres y mujeres a un lado y otro de la Iglesia. Me tocó en el lado de los hombres, como invitada. Por supuesto, en la primera fila. Santi a mi izquierda, Óscar a la derecha. A su vez, a su derecha estaba nuestro anfitrión, Santiago Obama.

El coro era alegre. Y bailaban mientras cantaban. Lo hacían con unos instrumentos que se parecen considerablemente a los pompones de las animadoras. Eran azules y blancos,  como sus vestidos. A la par, tocaban unos 7 u 8 chicos una especie de xilófonos de madera muy grandes, además del típico tambor fang al que mis visitas a este fascinante país ya me han acostumbrado.

El cura habló la mitad de tiempo en fang, y la otra mitad en español como deferencia a los invitados españoles que no hubiéramos entendido nada de otra manera.

Me sorprendieron detalles y gestos varios. Por ejemplo, el cura y los monaguillos (también catequistas) bajaron a darnos la Paz a los que ocupábamos las primeras filas. El Agua Bendita se virtió sobre todos nosotros con una rama de palmera cortada, de manera que solo quedaba la raíz de esta y el comienzo de las hojas. Tenía muchísimo calor y agradecí considerablemente la inesperada cantidad de agua.

Comulgué. Debo admitir que me supo extraña la hostia. Y más extraño fue el sentimiento de obligación moral. Debía comulgar tras años sin hacerlo, primero, por respeto a quiénes me habían invitado. Y después, porque me sentía verdaderamente agradecida al mundo, a mi padre, y a Dios (quién quiera que sea y dónde quiera que esté), por estar viviendo todo aquello.

Salimos haciendo una pequeña procesión tras la imagen del Santo. Y una vez fuera, caminando e intercambiando impresiones con Óscar y Santi, sentí que jamás olvidaría aquel momento. Aún siento el calor, el sudor, y la sensación de novedad.

En casa de Santiago, comimos. Tengo que admitir, algo avergonzada, que apenas quise probar nada por miedo a qué estaba comiendo. En Guinea Ecuatorial se comen caracoles (de un tamaño bastante mayor a los que vemos en Europa), ratas del bosque, pangolines, gatos, cocodrilos, monos,… Preguntar y elegir conforme a la respuesta, era de una profunda mala educación. No hacerlo, me exponía demasiado. Decidí comer aquello que reconocía. Debo añadir que días después volví, con menos tontería en el cuerpo, y comí de todo. Estaba buenísimo.

Santiago planeó la visita para otro día, con mi padre y en cayuco. Esta parte la dejaré para la próxima entrega.

Santiago, tal vez algún día leas estas líneas. Tal vez no. Pero mientras escribo, escucho tu risa, veo tus ojos amables y acogedores. Mi buen amigo, qué pena tenerte tan lejos. Qué ganas de verte de nuevo.

A la buena gente del pueblo de Assopla, que con su bienvenida y su acogida hicieron la experiencia preciosa, en las dos ocasiones. Sois tan especiales.

Santi, que no es el mismo aunque sean tocayos; gracias por tu amabilidad, por tu cariño respetuoso. Por compartir alguna breve confidencia, la historia de tu vida, de sus caminos y ahora carreteras. Recuerdo la carita de tus niños, y tu mirada orgullosa mientras me mostrabas las fotos. Espero verte de nuevo.

Óscar, gracias por la invitación y las risas. Hay personas que tienen el don de hacer sentir bien a cualquiera, y es el tuyo. Enormes gracias por abrirme la puerta a esa maravillosa experiencia, que se ha tatuado de una manera sutil pero eterna.

Papá, siempre gracias a ti. Por hacer esto posible, por ver a través de mis ojos y por permitirme ver a través de los tuyos. Te quiero.

 

 

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