Braulio

El ardor helado. Un oxímoron que el alma conoce cuando se ha despedazado y reconstruido. Deconstructa. Siempre me ha parecido interesante cómo suena la palabra en unos labios espontáneos.

Tú. Con los cabellos rojizos y un brillo verde en la mirada. De esperanza, pensamientos divertidos y cerveza. Ese dices que es tu color. El de un personaje peligroso en una película de hadas, o el del todo de los árboles en cualquier lugar del mundo. Especial y universal. Exclusiva.

Eres prepotente y divertida. Segura de ti misma, bailas alrededor de los miedos ajenos. No te inmutas, no te afectan. Podrías ayudar a cualquiera a superar el trauma más perverso y el recuerdo más dañino. Por tu generosa capacidad, no por tu implicación. Egocéntrica. Paseas con estas ideas en mente mientras meneas la cadera y propones una sonrisa maliciosa que deja entrever la lengua.

No temes que te miren y tampoco que se acerquen. Ajena al peligro, confías ciegamente en que tu imagen te hace respetada. Estás jugando con fuego, jovencita.

Dejas los libros en los bancos de los parques, en las paradas de autobús y en cualquier rincón donde no se mojen, una vez los has leído. Crees que alguien lo encontrará y sentirá que tiene un tesoro en sus manos. Así los sientes tú. Llena de sana locura, sueñas con que alguien lo sostendrá en sus manos y susurrará hacia sí mismo lo especial del momento. Tú deseas crear ese momento.

Los tacones de aguja te dan un aspecto esbelto, una apariencia sexy y elegante. En el fondo estás incómoda y te hacen daño. Pero es poder, lo que desprendes. O eso imaginas, claro. De vez en cuando los sutituyes por unas botas, obviamente de tacón. Y piensas que obligan a seguir los kilómetros que generan en la mente esas piernas.

Segura, bonita, inteligente. Esto pretendes esconderlo. Ya te has dado cuenta de que parece brillar aquel que no es demasiado observador, analítico, decidido y elocuente. Así que escondes tus aficiones, nadie puede verte. Cuanndo vas al cine, al teatro, a una exposición o a la biblioteca, te disfrazas de otra. El pelo se recoge, en un cuerpo discreto de una moderada estatura. La ropa es ancha. Las lentillas van fuera y dos avellanas ocupan una tersa piel de, como dice tu abuela, “cara lavada”. Los gestos son naturales y tiendes a estar en tu mundo de magia, autores y descubrimientos. Tan en tu mundo estás, que a menudo te tropiezas. Y es así como más me gustas: graciosa, natural, cultivada. Lejos de esa fachada absurda, de la página que ocupas en un catálogo que, Rosa, no te pega nada.

Es probable que no llegues a leerme nunca, pero y si lo hicieras. Y si fueras tú quien encuentra este libro en tu sillón favorito de la biblioteca. Justo al fondo a la izquierda, donde las letras eslavas se juntan con algunos clásicos dramáticos españoles. Ahí te acurrucas y abstraes durante horas. ¿Sabrás que te observo cada día? ¿Que este libro es un regalo y es para ti? Es mi novela favorita, desde que era bien niño. Tu verdadero Tú sabrá entender que significa una llave hacia un espacio personal, que abriste tú al darme paz en mis tormentos. Al inspirarme mis letras dormidas con tu facilidad para deshacerte de tal fachada.

Disfrútalo.

 

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