El Príncipe

Il Principe, o El Príncipe, como queráis. En cualquier caso Macchiavelli o Maquiavelo me ha producido un interesante dolor de cabeza durante una semana.

Lo primero que debo aclarar es que leí una edición bilingüe, con el mero objeto de comprender todo. Debo también admitir que llevaba esta lectura a examen, lo cual obligó a detenerse en puntos múltiples y, en ocasiones, a releer uno y otro fragmento.

Un manual que enumera, punto por punto, cómo llegar a ser un “buen” Príncipe. Entendiéndose por “bueno” aquel que tiene éxito en su misión, siendo esta la de gobernar. Nos presenta los tipos de principados y cómo se accede a cada uno de ellos. Cómo, estando ya en el poder, debe mantenerse. Las ventajas y desventajas de recurrir a ejércitos de otros, propios, o puros mercenarios. Habla de la violencia, la religión como poder político, y el importante papel del miedo.

Cómo la amistad oscila, pero el temor persiste. El factor determinante que produce el predominio del miedo ante cualquier otra posible opción: y es que el miedo depende de uno mismo, mientras que la amistad, depende de los demás.

Cada uno de estos puntos, tratados en capítulos independientes y perfectamente enumerados y ordenados, se apoya en numerosos ejemplos que abarcan desde emperadores, hasta Papas, o valientes luchadores en la batalla. Héroes cuyas mayores virtudes son, según el autor, la astucia, la crueldad, la ferocidad,…

En definitiva, es un libro breve que se hace extenso por la carga emocional que muchos ejemplos con casi evidentes reflexiones producen en el lector que no tiene una profunda visión política, filosófica o histórica.

Debo añadir que es una de esas lecturas pendientes en toda lista de lector que se precie y aún no ha tenido ese pequeño rato para dedicárselo. Una vez acabado, mis respetos a un italiano del siglo XVI que se entiende a la perfección. Por supuesto, un aplauso a la representación perfecta de una sociedad dual en la que los papeles de nobleza y pueblo llano quedan perfecamente dibujados, así como las necesidades de cada uno. Os sugiero, por supuesto, que lo leáis.

 

 

L’Aura

Tengo ganas de abrir lor ojos, de ver lo que miro. Me esfuerzo por recordar realidades y no puedo. Fascina, la mente humana. Detecta sufrimiento, incapacidad de reacción. Coge todo ello y borra. Resetea. Al fin y al cabo, es información inútil. Y tantos dirían que nada es inútil, que de todo se aprende. Y queda la última cuestión: ¿hasta qué punto necesitamos aprender tanto? Desaprendida, se vive mejor. Lo prometo.

Es una tarde de confesiones, de lluvia y café. De risas y magdalenas rellenas de dulce de leche. Las mejores magdalenas de dulce de leche. Se desmenuzan entre los dedos, dejando un rastro de almíbar. Después, explosión de sabor en la boca. Odiaría llamarlas muffins o cupcakes. Son las magdalenas de la cafetería donde todo es hipercalórico y las letras saltan de harina a té. Todos leen, o comparten impresiones de un buen libro. Todos parecen estar en su propio mundo y, a su vez, todos deben tener la intención de abrirse en algún momento a alguien. ¿Pero cuándo? ¿Cómo? ¿A quién? Es la última de las preocupaciones que acompañan a cada sorbo. A menudo se cruzan dos miradas. Un suspiro se enciende, una vela se apaga. Siguen en su universo paralelo con el color de unos ojos nuevos. Qué poética la vida para quienes no se conforman con la programación que les concedieron al nacer.

Que yo no soy millenial, dice Laura. Ni Z, ni Y, ni mierdas. Que yo me llamo Laura y no respondo a patrón ni idea preestablecida. ¿Pero estamos tontos o qué?

Estamos muy tontos, L’Aura, pero Petrarca no te creó para hablar de esta vida insulsa, sino de tanta vida que escondes. Alma, alma de la naturaleza, del amor, de la literatura, del mundo. Eres poesía. Eres L’Aura. Bienvenida a este universo de perdición.