El silencio automático

No todos los días tiene una la suerte de poder ver a cámara lenta su proceso de despido.

Y es que a mí, nunca me han echado. Nunca hasta mañana, sospecho. Y lo mejor es el motivo: me he dado cuenta sin querer de que las cosas no se han hecho muy bien desde hace años. En el “muy” incluyo horas. En el “bien”, las no disfrutadas. Dejémoslo así para no dar detalles que no vienen al caso. Tampoco hacen variar la realidad.

Me he dado cuenta del poder de la palabra cuando cae en los oídos de alguien extraño. Extraño a un pensamiento humilde y coherente, por ejemplo.

He visto cómo debía callarme porque no había nadie escuchando. Si yo decía una frase tan larga como deletrear el abecedario, esa persona cogía dos letras y creaba un cuento de terror. Una pesadilla. Otra mala decisión.

Estoy un poco cansada de las malas decisiones laborales y me pregunto si soy solo yo, o es que medio mundo está loco. Y el otro medio no habrá leído ni un libro.

Es desesperante, frustrante y decepcionante. Pero sí, sigo teniendo razón. Y me importa poco, si no nada, vuestra necedad orgullosa.

No sois nada, ni nadie.

Frankenstein o el moderno Prometeo

Descubrí a Mary Shelley con tantas prisas que olvidé compartir el disfrute.

Siempre que leemos u oímos hablar de Frankenstein, lo siguiente es el subtítulo que a lo largo de la historia nos hemos empeñado en darle: “la primera novela gótica de la historia”. Hay quienes hablan incluso de ciencia ficción.

Si nos situamos un instante en el siglo XIX, exactamente en 1818, una mujer publica una novela que va más allá de cualquier concepción literaria hasta el momento. Ella abarca, con una mente creativa y una pluma fiel, el controvertido tema del destino, la moral, la vida, la creación de la vida. La ciencia, versus Dios. El destino, versus la voluntad del hombre. Las consecuencias de las acciones. Incluso la propia búsqueda de la felicidad. Las desgracias, escritas y justamente perseguidas según nuestro trazo vital.

La estructura es lógica  y su léxico, sencillo. Los personajes tienen la profundidad psicológica precisa para empatizar con ellos y compartir sus tormentos y anhelos. Los paisajes son el perfume de una imagen hermosa. 

El lector es a ratos criatura, a veces científico, otras muchas Mary. Pasea entre los marcos narrativos con un ojo apasionado y crítico. Rabia, compasión, angustia, horror. Ella puntúa, y según avanzas te adecúas a sus pausas.

No pensé nunca que fuera a cautivarme de esta manera una historia versionada y, considero, frivolizada a lo largo de los años. Pero tengo que decirlo: hablar de Mary Shelley como una lectura ficticia o fantasiosa es restarle un escalón completo de calidad, amplitud y complejidad.

 

 

Luismi

En La Chocita del Loro, Luismi ayer hizo que olvidáramos el día a día, los problemas, las nubes y hasta las expectativas. Rompió los esquemas y desde el Satisfyer, hasta los viajes, pasando por Guinea Ecuatorial (de nuevo, no puede ser casualidad), captó la atención y la risa de un público participativo; consiguió un espectáculo de 10. Tengo que reconocer, que no lo conocía. Pero uno va a un espectáculo con buenas referencias ya con una especie de confianza ciega. Más aún cuando en la taquilla nos recuerdan que es un cómico maravilloso, y que además da clases de comedia. Un detalle curioso.

Luismi

La Chocita del Loro es, casi siempre, una apuesta segura. No puedo desvelar detalles de ese ratito, solo recomendarlo. Es original, tiene un humor absolutamente sano y conecta desde el minuto uno.

https://tickets-senator.lachocitadelloro.com/ficha-evento/-/view/131466/-colocado-cabe-luismi

 

 

Los asinápticos

Qué momento, señores, qué momento. Volví a recaer, volví a dejar de fumar. Pienso volver a intentarlo hasta que lo consiga. Es la filosofía de vida que profeso y, desde que me adherí al círculo de los cabezones, no me va nada mal.

No estoy contenta de haber recaído, claro que no. Pero estoy feliz de haber vuelto a coger impulso. La lucha continúa.

Entre los nuevos retos he encontrado una semana llena de ansiedad. Ya sabemos la ansiedad es la mejor amiga del fumador, siempre unido a sus buenas excusas. Y, desde luego, los idiotas. “Los idiotas”, bien podrían hacer un grupo cerrado y pagar cuota, son una serie de personas con poca empatía y menos capacidad, que cuando saben que estás haciendo un esfuerzo por no fumar te dicen cosas como: “venga, tonta, por uno no pasa nada”, “si no lo vas a conseguir”, “a ver lo que te dura”, “yo si fuera tú lo dejaba en una época de menos estrés”, etc. Qué pocas conexiones neuronales, en serio. Sinapsis, creo que se llamaban. Asinápticos.