El silencio automático

No todos los días tiene una la suerte de poder ver a cámara lenta su proceso de despido.

Y es que a mí, nunca me han echado. Nunca hasta mañana, sospecho. Y lo mejor es el motivo: me he dado cuenta sin querer de que las cosas no se han hecho muy bien desde hace años. En el “muy” incluyo horas. En el “bien”, las no disfrutadas. Dejémoslo así para no dar detalles que no vienen al caso. Tampoco hacen variar la realidad.

Me he dado cuenta del poder de la palabra cuando cae en los oídos de alguien extraño. Extraño a un pensamiento humilde y coherente, por ejemplo.

He visto cómo debía callarme porque no había nadie escuchando. Si yo decía una frase tan larga como deletrear el abecedario, esa persona cogía dos letras y creaba un cuento de terror. Una pesadilla. Otra mala decisión.

Estoy un poco cansada de las malas decisiones laborales y me pregunto si soy solo yo, o es que medio mundo está loco. Y el otro medio no habrá leído ni un libro.

Es desesperante, frustrante y decepcionante. Pero sí, sigo teniendo razón. Y me importa poco, si no nada, vuestra necedad orgullosa.

No sois nada, ni nadie.

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