La sociedad del silencio

Hace unos días viví una de esas conversaciones que me desagradan. La persona con la que hablaba ha tenido y tiene, siempre, mi cariño y mi respeto. Pero hizo aquello que no perdonamos los creyentes de mi religión. La religión del respeto. Según nuestro libro sagrado, la educación no se pierde por la evidente libertad para expresar opiniones personales. Este mandato, sagrado desde que el mundo es mundo, se desdibuja en el siglo del “porque yo digo/hago lo que quiero”.

Me ha resultado siempre irónico que quienes luchan sin descanso por la libertad (libertad de pensamiento, de obra, de fe, sexual, de género, y un largo etcétera) sean los más dictatoriales en cuanto a las opiniones ajenas. Puedes pensar lo que quieras, siempre y cuando no pienses determinadas cosas. El argumento es básico: “es que eso atenta contra los derechos humanos”, “aquello es cuestión de humanidad”. Y dudo que muchas de las personas a las que dicen lo mismo, una y otra vez, carezcan de buenos sentimientos y fundamentadas razones. Pero da mucho poder, aferrarse a la nueva moda preestablecida: tengo razón, y si no me la das, eres un gran hijo de. Puede ser un hijo de la experiencia, de la consciencia, o diferir simple y llanamente en tantas cuestiones. Pero eso, ya no está bien visto.

Las mismas personas unas veces, y otras tantas son otro colectivo bien diferenciado, gozan de los comentarios despreocupados. Esto es otro arte: consiste en pronunciar comentarios que pueden resultar ofensivos o conflictivos, según con quién hablen, con una total tranquilidad. Lo que tiene en común con la gracia anterior, es la consideración de los comentarios en un marco de sabiduría colectiva generosa. Generosa consigo misma. Sabiduría acotada, me temo. Nadie lo sabe todo: esto sí es indiscutible. Pero volviendo al don de los Dones, el funcionamiento es sencillo. Canturrean la nueva verdad absoluta que han estado cociendo a fuego lento a golpe de conversaciones previas, lecturas respaldantes e imágenes evocadoras. Si el que la escucha, baila al son de su musiquita, bien. Si no, es que eres un/una/uno/une/unx/yanoséquémásponer… Y más allá de lo que el cantante estime, el oyente se ve obligado a tomar una decisión: obviar el comentario de turno y correr el riesgo de parecer indiferente o, lo que es peor, de acuerdo; discutir educadamente con la conciencia plena (que da la experiencia) de saber que no vale para absolutamente nada y que, seguramente, tamposo será escuchado; soltar su opinión con la misma despreocupación que el cantante y entrar en toda una pelea de gallos, porque evidentemente, no va a gustar lo que tiene que decir.

He de reconocer que, a título personal, prefiero la primera opción. No me inquieta demasiado que alguien que lleva a cabo determinadas actitudes piense una u otra cosa de mí. Siquiera me interesa el tema de conversación tantísimas veces. Pero cuando una mira alrededor y ve a tantas personas silenciadas por no pertenecer a un colectivo radical… Y es que en “radical” englobo muchos colores, siglas, iconos, banderas,…

Nunca he conocido a nadie que resalte como cualidad un “es tan extremista que nadie quiere hablar con él” (o ella, sí, sí, sí). Y ahí estáis, construyendo la sociedad del silencio. Parece que los bandos resurgieran y el poder lo tuvieran los que antes no podían expresarse. Parece como si ellos, taparan el resto de bocas. Pero no, claro. Decir esto, tampoco está bien visto.

Irónicamente, comparto el setenta por cierto de las opiniones de esta gente. Pero ya no me apetece que me identifiquen con ellos. Hay palabras que se están convirtiendo en insultos, por la pobre representación que hacen de una multitud.

Cuánto daño hacéis.

 

2 comentarios en “La sociedad del silencio

  1. Absolutamente de acuerdo.
    (Yo añadiría a la lista de ‘luchadores de la libertad de…’ a los vegetarianos y veganos integristas – desde hace unos años me traen negro).
    Me encanta discutir (en el sentido inglés de la palabra discuss – intercambio educado de argumentos, razones y opiniones) y detesto discutir (en el sentido de la palabra inglesa argue – el más extendido en España, el atacar con encono para vencer e imponer). Con quienes practican la primera acepción puedo discutir horas con mucho placer; de los que practican la segunda acepción aprendí (y les estoy agradecido) que esas discusiones siempre se ganan sonriendo y levantándose de la mesa. Se gana en salud, felicidad, tiempo, energía y educación.

    Y hablando de libertades y puntos de vista encontrados: Me encanta aquella frase que atribuyen a Voltaire: «No estoy de acuerdo con lo que usted dice, pero lucharé hasta la muerte para que nadie le impida decirlo.» Recoge muy bien el espíritu de la Revolución (la parte ilustrada de ella).
    No sé si la diría o no Voltaire. Pero sea de quien sea, seguro que no era español 🙂

    Le gusta a 1 persona

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s