El bosque 0.0.0.9

Ha regado ese bosque cada mañana, con esmero y dedicación. Calculando la proporción exacta de agua que cada ciprés puede necesitar para seguir creciendo con garbo. Adaptando esos litros a los metros de vida que llevó y se ha quedado. Que ha transformado en un tallo fuerte y unas ramas discretas que se proyectan hacia arriba, como queriendo acariciar el cielo. Y el verde, asoma. Asoma discreto y firme. Es un recuerdo. Es una melancólica imagen de lo que había sido y ahora es.

Pobre Juan, Pobre Ruth, Pobre Rita. Pobres todos, para terminar ahí. Eso decían, mientras los entregaban. Llorando y agarrando fuerte la mano del que tenían al lado, sin importar quién. Pero de pobres, nada. Todos ricos y afortunados, todos juntos canten ya.

Es su coro de marionetas rotas. De destinos fracasados y conflictos sin resolver. Es un baile de máscaras deterioradas por el cansancio, por la vida. Siempre intensa, tan intensa. Es un placer verlos desarrollarse, acceder a ellos en silencio. Saber lo que nadie más sabe. El deleite de la superioridad, incluso circunstancial.

Porque, ¿qué hace ahí? ¿Qué sentido tiene? Ninguno. Y sigue tan entretenida.

-Hola, Pobre Pablo.

Oye una risa. Se abre a sus pies un agujero en la tierra. Limpio y, aparentemente, seguro.

Salta.

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