Levemente suya, tuya, mía.

Aviso a navegantes: contenido levemente erótico, altamente imaginativo, apenas endulzado por las casualidades y el ritmo frenético del tiempo.

Las cuñas están haciendo rozaduras en los pies. Por qué se ha puesto esos zapatos y no algo cómodo. Ah sí, porque él presumía de medir más de dos metros. Pensaba que, si tenía que mirar mucho para abajo, no la tomaría demasiado en serio al principio. Con la estúpida idea de hacerse respetar, se las calza. Se pasea, meneando el culo (culazo, sabe) de derecha a izquierda. Finalmente no es tan alto, y esto la sitúa exactamente a la misma altura. Se siente absurda, por haberlo creído. Aunque la lógica e imaginarlo moviéndose en un barco le gritaran que era una tomadura de pelo.

Se plantea entonces su propia estética. Si no tenía que haberse vestido más sexy, menos tapada, más femenina. Pero debe ser que no. Primero, porque la teoría de ser una misma, la tiene por bandera. Sabe que ser una misma, en su caso, es dejar caer la larga melena y jugar con unos ojos rasgados que emiten tanta luz que los deja atontados. No necesita ser vulgar, aprendió con los años. Y segundo, porque se da cuenta. Cuando se apoya en la encimera de la cocina y lo mira, choca con unos ojos tan lejanos durante tantos meses, unos ojos que ya son reales y profundos, más que en las fotos, videos o la imaginación. Él se la está comiendo. La mira fijamente. Parece pensar que sus sospechas son ciertas. Que no había un ápice de mentira en aquella expresividad. Ella disfruta con ello. Y él, solo extiende el brazo derecho y le acerca una copa. Sigue manteniendo dos metros de distancia. Y la mirada clavada. Bromea, hace muecas. Percibe que ella está respondiendo a sus preguntas sin exceso. Lamentablemente discreta, conoce demasiado bien sus reacciones y esos nervios que le suben por la espina dorsal pueden jugar una mala pasada a la lengua. A su lengua. Se está descentrando. ¿Por qué está incómoda?

Se sientan alrededor de una pequeña mesa. Dos sillas, se orientan el uno hacia el otro, pero sigue habiendo demasiada distancia física. Irónicamente, el deseo de abalanzarse sobre él se apodera de la serenidad que suele pasear y sí, no es incomodidad. Tiene calor. Si no estuvieran en la costa y con 30º, sino en el invierno más frío del continente, seguiría teniendo el mismo calor. Al menos puede medio justificarlo. Pero él está de vuelta. Está de vuelta de la vida. Está percibiéndolo seguro, joder. “Ponte en tu sitio, ponte en tu sitio. Relájate”. No funciona. Coge aire tan fuerte que, al soltarlo, emite un suspiro. “Joder”. Y suelta la estupidez que se cruza por su mente: “¿Damos un paseo?” Acaba de interrumpirle y no le ha sentado demasiado bien. Al menos hasta que, divertido, observa que está realmente fuera de sí. Se aprovecha un poco de la situación y al levantarse, le roza ligeramente el brazo. Reacciona mirándolo fijamente apenas dos segundos y baja la cabeza. Confirmado. El paseo es una huida. Qué cobarde. Qué mona. Ríe gamberro.

Nada pasa desapercibido. Ella gira hacia la venta, simulando que busca el bolso. Él se acerca. Coloca la cabeza justo encima del hombro que un vestido ancho y ligero deja desnudo. Nota como contrae el abdomen y corta la respiración. Los brazos, que deja caer estirados hacia el suelo, la aprisionan sin gestos violentos, ni agarres. La tiene donde quiere, pegada y quieta, sin necesidad de que las manos la rodeen y pueda asustarse. Suave, le dice al oído: “Nerviosa estás muy guapa”.

“Coge al toro por los cuernos”. Irónicamente, sigue repitiéndose esa expresión espantosa cuando está tensa. Lo mira, de medio lado, y responde aparentando relajación: “¿Qué te hace pensar que estoy nerviosa?”. Decidida, se gira y lo enfrenta. Lo hace a la misma distancia que estaban antes. Apenas unos centímetros y podría besarlo, acariciarlo, abrazarlo. Se contiene. Mientras él se queda pétreo, ella se fija en el nacimiento de su pelo. Las canas se mezclan con un cabello negro. Qué sexy. Recorre la frente y descubre algunas arrugas de expresión. Imaginárselo con el ceño fruncido le hace sonreír. ¡Y él frunce el ceño! “¿Por qué se sonríe esta mujer? Joder, si yo no puedo ni respirar teniéndola tan…cerca”. Las cejas son finas, no están superpobladas. Y los ojos son grandes y expresivos. Atentos, al acecho. No pestañea. Sigue recorriendo la nariz, grande y, hay que admitirlo, viril. En él todo es viril. El bigote y la barba, que parece cuidar bastante, al menos cuando tiene una cita, rodean los labios. Está tenso. Los aprieta. Levanta la mirada a la vez que, decidida, la mano derecha empieza a subir. Recorre los vaqueros por encima, todo parece sin querer. Cómo evitar un roce si apenas tiene espacio para moverse. Y él, sorprendido, extiende los brazos y se apoya en la encimera, inclinándose más hacia ella. Ahora la tiene entre el mueble y su cuerpo. “Pero qué juguetona, qué hace”, piensa. Recorre la camisa. Y lo hace demasiado despacio. Está pudiendo con su paciencia, pero siente tanto asombro como excitación, no se quiere retirar. Cuando alcanza el cuello, deposita la mano, confiada. Y lo acaricia, sin dejar de mirarle a los ojos. La mano roza la mejilla y después, el labio de abajo. Hasta que lo destensa.

De repente, parece darse cuenta de la situación y trata de dar un paso atrás. La encimera. Y él, que se aproxima y la besa fugazmente. La observa. No se ha asustado, no se aleja. Repite la acción, y esta vez son cinco segundos en los que, contenidos y con los ojos cerrados, se besan. Vuelve a mirarla. Los ojos han cambiado, el semblante le ha cambiado. Ahora está tranquila y excitada al mismo tiempo, sumergida en una expresión seria y pausada. ¿Esta mujer tiene veintisiete años? Parece absorta en él. Cuánto le gusta. Y le come la boca. Lo hace tan delicado, a ratos tan pasional, a veces tan sensual, que cuando se da cuenta y para, no es consciente de que la tiene absolutamente apretada contra la encimera, con los brazos rodeando su cuello y las pupilas tan dilatadas que el pardo de sus ojos es negro. Abre la boca con la intención de decirle que está preciosa, pero no le da tiempo. Está perdiendo el control absoluto de la situación y ella no se está dejando llevar, lo está guiando. ¿En qué momento giraron las tornas? Las lenguas se enredan, húmedas, suaves, inconscientes. Y aprovechándose de su fuerza, la sube a la encimera. El primer pensamiento es rasgarle el vestidito hippie. Luego reflexiona fugazmente que tal vez pueda molestarla. ¿Y si es su vestido favorito o algo así? ¿Y si simplemente no quiere tratarla de esta manera por nada del mundo? Es tan sensual, tan inteligente y atractiva. Se niega a perderla por un gesto tan animal y, ella ya se ha subido el vestido. Con un brazo, rodea su espalda y la atrae hacia sí mismo. Con la otra, recorre el muslo. Arde a medida que sube. Y a la altura de la cadera encuentra la tela de la ropa interior. Juega con ella tratando de analizar sus reacciones. Y en un suspiro, un “quítamelo” acaricia su oído. Sus deseos son órdenes para él y cuánto, además. El tanga baja fácilmente y él evita dejar de mirarla a los ojos, a la boca. Bajo ningún concepto quiere que se sienta incómoda. Quiere que se sienta suya. Él ya es suyo, no entiende cómo. Besa el cuello y ella se yergue. Decidida, le desabrocha el cinturón, el botón del pantalón y le baja la cremallera. Cuando rodea su cadera con los pies, engancha entre los dedos los vaqueros y los calzoncillos, que baja burlona sin dejar de sonreírse.

  • No sabía que tenías la habilidad de quitar ropa con los pies- se ríe, ronco.
  • Yo tampoco- y con los pies le rodea el trasero y la atrae hacia ella.

Se pone el condón con tanta ansiedad como la que empiezo a tener yo. Y decidido, entra. Entra, sale, entra y me vuelve a observar. Soy consciente, pero estoy perdiendo la cabeza. Solo quiero que siga. Lo miro un momento, está preocupado.

  • ¿Qué? – digo entre jadeos. Este hombre es un descontrol.
  • ¿Estás bien? ¿te sientes cómoda…conmigo? – el acento gallego esta vez no tiene que ver con el vino.
  • Excepcional, ya lo sabes- y enderezándome, le beso suave en los labios.

A partir de ese momento, solo se oyen susurros, jadeos, pequeños gritos ahogados, dos bocas devorándose y unos brazos que mantienen los cuerpos pegados, sin importar el sudor, ni el calor. A veces nos miramos un segundo, otras nos mordemos el cuello, nos chupamos el labio, nos reímos cuando chocamos o al emitir gemidos extraños. Y yo me dejo ir primero. No me lo espero, y me deshago en sus brazos ante mi sorpresa. Yo tiemblo, y el gruñe. Le gusta sentirme suya, no hay ninguna duda. Y sin decir nada más, absorbiendo mi boca y apretando mis muslos, se vacía dentro de mí.

Apenas puedo abrir los ojos. Respiro agitada, sintiendo su aliento en mi cuello. Aun está acelerado. El pecho le sube y baja. Y el subconsciente me traiciona: lo abrazo cariñosamente contra mí. Separa entonces la cabeza, sale de mí, y se gira. Aprovecho el instante para bajarme de la encimera, también el vestido, y recuperar mi tanga, que me pongo con una prisa anormal. Cuando me pongo recta, está a mi lado, con los vaqueros subidos pero desabrochados. Coge mi cara con las dos manos, me acaricia en la melena, y besa. Primero en la frente, después en la nariz, en cada mejilla, un mordisco en el lóbulo de cada oreja, y por fin, en la boca. Es un beso distinto. Es profundo, lento, mojado, pero sin prisa. No sé cuánto tiempo estamos así. Pero nunca olvidaré sus palabras al alejarse de mi boca: “eres la casualidad más bonita y sexy que he encontrado nunca. No te vayas”.

Ese fue el último día que lo vi. ¿Por qué? No sabría explicarlo. Aún siento el calor de sus labios y el ardor de las manos recorriendo la cara interna de mis muslos. Su absoluto interés en mi persona, y las confesiones entrecortadas por el placer y las risas. La seguridad, la agitación. Incluso el olor de su cuerpo, el sabor del sudor. Su sabor.

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