Ignorantes

El coche avanzaba con el volumen de la música verdaderamente elevado. Las ventanillas estaban subidas, no por evitar al mundo el estruendo del interior, sino por la temperatura exterior. El calor del verano se burlaba de todos, ahora castigados y enfundados en unas incómodas mascarillas. En esas condiciones, el aire acondicionado era un verdadero aliado.

Se incorporó a la calle lentamente. Por el retrovisor izquierdo veía a “otro tonto” haciendo alguna maniobra estúpida, como era habitual. Por otro lado, sin esa maniobra nunca habría tenido la consideración de “tonto”, ni ninguna otra en su vida. Afortunado, irónicamente. Mejor llamar la atención que ser ignorado, dicen. Y aunque muchos nieguen y renieguen de esta idea, no puede ser más cierta. No hay más que mirar alrededor para darse cuenta de cómo el ser humano lucha para obtener miradas, a ser posible de sentimientos límite. Véase la admiración, el amor, un desprecio profundo, o envidias incofesables. Elevadas sensaciones en almas corrompidas, sin duda.

Apenas cien metros, e intermitente derecho. Girando, paso de peatones, barrera subida. La facultad. Más de tres meses después, el reencuentro más esperado. Un reencuentro que no fue como deseaba, desde el primer instante. No solo aparcó fácilmente, sino que apenas pudo contar otros diez o doce coches. Sin duda, personal de la universidad y algún otro ansioso por pisarla. Admirando durante unos segundos el verde de unos espacios que nunca le parecieron tan verdes como entonces, ni tan grandes, hermosos y vivos, se bajó del vehículo. Caminó, decidida, hasta la puerta. Y guiada por una fuerza melancólica, se giró bruscamente, como queriendo sentir lo mismo que al salir de clase, mosqueada a veces, cansada otras tantas, siempre feliz de encontrarse con ellas. La imagen se tornó tan triste, que unas lágrimas asomaron, tímidas, mientras un nudo se formaba en la garganta. Quiso dibujar personas, recordar el ruido. Voces, risas, escuchar alguna ordinariez. Incluso hablar de un profesor que justo salía, al lado, y temer que lo hubiera escuchado. Compartir una impresión. El frío del invierno no era doloroso, ni el calor, que no era necesario traer de vuelta desde la memoria, resultaba molesto. Solo quería volver a vivir las sensaciones que antes eran tan frecuentes y despreciadas. La nueva normalidad era una anormalidad, un maldito asco.

Dio la vuelta y encontró a una señora, enfundada en una mascarilla que casi le cubría la mitad de los ojos, y la miraba, inquisitiva.

  • ¿A qué viene? – preguntó con sencillez.

¿A qué se viene a casa? Era su segunda casa, y esa pregunta le sonó irónica, absurda. Casi ofensiva. Después recordó las nuevas normas y se preguntó cuál sería la novedad allí.

  • A la biblioteca. A coger un libro y dejar otro- respondió sonriente. Las sonrisas desde hacía meses eran más sinceras que nunca, puesto que de no alcanzar la mirada, no se distinguirían. La preciosa mascarilla, ya sabéis.
  • Dejar, no puedes. ¿Has reservado cita para el que quieres coger prestado?
  • Sí. Es en cinco minutos.
  • DNI, nombre y apellidos, por favor.

Permitió que pasara. Las flechas en el suelo la distrajeron del silencio absoluto que reinaba dentro del edificio. “Siga esta dirección”. “Mantenga la distancia de seguridad”. ¿Con quién? Oscuro, triste, lúgubre. Era una vivienda abandonada. Una herida extraña. Recordó de inmediato aquel día, tres años antes. Quedaban pocos días para poder preinscribirse en la universidad. Había tenido una experiencia nefasta en el ámbito académico recientemente y a escasos kilómetros, dos como mucho. Nunca llegó a sentirse cómoda en aquella facultad. Así que antes de tomar la decisión de si matricularse o no, quiso acercarse hasta allí. De los cuatro edificios que la integran, conoció solo el principal. Le pareció antiguo, avejentado, dispar. La gente paseaba en todas direcciones, distraida. Tuvo la sensación de ver a gente de unas quince nacionalidades en menos de veinte minutos. Con los años dejó de percatarse de ello, que era parte del encanto de aquel entorno. Idiomas por todas partes, muchos libros, risas. Alguna queja. No supo bien por qué, pero recorrió parte del pasillo acariciando los azulejos azules que protegían las paredes con la mano. “Sí, aquí me siento bien”. Una especie de sexto sentido, un presentimiento. Tenía que quedarse allí. Y aunque no le habló a nadie de aquella experiencia breve y aparentemente vacía de significado, marcó un poquito su futuro, su destino.

Tres años después, parecía algo absolutamente diferente aunque, sin duda, se hubiera quedado. De no ser porque tenía cita y estaban esperándole para volver a dejar sus datos a la salida, prevista en diez minutos.

La puerta de la biblioteca, por primera vez, permanecía abierta. Un señor amable, desde dentro, la invitaba a pasar. Le dio su nombre, y él a ella, sus libros. Le consultó si podía dejar el libro y, pese a la norma de la entrada, podía hacerlo. Solo que el libro permanecería quince días en cuarentena y, por tanto, en el sistema. Amable, le preguntó qué tal se encontraba, tanto él, como la señora que estaba a su lado. Se sorprendieron tanto que se sonrojaron. Era una pregunta sencilla, pero estaba claro que no solían hacérsela con frecuencia. La humanidad, con esa necesidad imperiosa de socializar, tan hipócrita siempre. Se marchó con la sensación de haber acariciado, lejanamente, alguna de esas sensaciones que albergaba allí.

Dio su DNI en la puerta, de nuevo. Salió, con los libros en el brazo. Miles de imágenes se agolpaban en su mente y la constante duda, que la atormentaba: ¿por qué la gente podía reunirse con precaución en un bar y no en una biblioteca? ¿Por qué se podía ir al gimnasio manteniendo normas extremas de higiene y precaución, y no a la facultad? ¿Por qué el botellón en el parque estaba bien visto, si la cafetería de la universidad seguía cerrada? ¿Por qué contagiarse de lo que fuera en un transporte público era lícito, y no lo era entre letras, sueños, proyectos vitales y objetivos reales? ¿Por qué el mundo lo lideraban esos ignorantes?

Personificando recuerdos

Poco se habla, algo más frecuentemente se escribe, de aquello que nos decepciona o hiere. Tendemos a esconder los pequeños fracasos porque sentimos que, al abrirnos y exponerlos al resto del mundo, estamos dando una llave de nuestro dolor, de nuestras propias emociones. La debilidad, la famosa debilidad. La temida debilidad. Así que escondemos experiencias y emociones, como si alguien creyese o pudiera creer que en nuestros pensamientos, ideas más firmes y comportamientos, no reside una vida de experiencias y aprendizaje. Mal asunto, si no fuera así.

Relatamos con una exactitud irritante el enamoramiento, el fulgor de un viaje, una noche desenfadada o una hazaña que consideramos meritoria. Nos concentramos en los detalles, buscando que la veracidad llegue al lector u oyente. Lo podemos llevar a cabo, desde luego, con historias divertidas, moralistas y de profundo contenido filosófico, siempre y cuando no comprometan nuestro pesar. Si un error íntimo, con profundidad psicológica, queda expuesto, nos sentimos rápidamente avergonzados. Y recurrimos a la palabra “intimidad”, esa zona de espiritual introspección e individualismo. Es respetable, por supuesto. Incluso, según quién sea el interlocutor, podrá considerarse digno, laudable. Exento de la culpa que genera el exhibicionismo y la publicidad.

Pero qué manera de no ahondar en sensaciones reales. Cuántas conversaciones, reflexiones e instantes de meditación profunda se han perdido. Perdido. Recupera la mente esa idea de la pérdida, en ciertos aspectos tan asimilada y lejana, y en otros tan reciente. Seguro que en alguno o muchos momentos de tu vida, has sentido cómo se deshacía el monumento al sol que habías creado. Seguro que se ha derretido en tus manos la dulzura de un momento. Que tus ojos han perdido el brillo y han mudado, de una mañana de verano, a una aburrida tarde otoñal. Estoy convencida de que tus oídos han recibido una información que tu intelecto se negaba a procesar. Y esa memoria innata ha mantenido los datos en un cajón, llamado precaución. Apuesto lo que desees a que, en un momento dado, el cajón se ha abierto sin permiso. Y te has visto obligado a tener en cuenta lo que siquiera conocías plenamente.

Es humano, ni más ni menos. Porque interactuamos con otros humanos, y porque somos víctimas de nuestras ilusiones y expectativas, demasiado a menudo. Construimos, como decía siempre J. castillos en el aire. De él me quedé con dos pensamientos y un mantra, que me acompañaría de por vida. No está mal, para un amor tan joven, inexperto y deteriorado.

Pero hoy solo busco detenerme un momento en esa presión en el pecho, cuando algo ha desaparecido para siempre. Una idea, una decisión y todos los pensamientos que te han conducido a ella, ya han sido asimilados. Es la realidad, prematura y víctima de la gravedad, que cae como un plomo. Normalmente, lo hace a la altura del pecho porque busca aprisionar nuestros órganos vitales. De la mente ya se encargaron todos los pasos previos, los juicios anteriores. Es entonces cuando me siento, en la soledad del dormitorio. Cierro los ojos y busco lo positivo. En cada experiencia hay algo que devuelve la sonrisa, bien sea fruto de la imaginación o producto de la desvirtualización de una mente romántica.

Siempre llega, abrazando a la idea de que es lícito echar de menos. Aunque sea, únicamente, durante unos minutos más. El tiempo es lo único que no recuperamos, me repito aún ciega, con las facciones relajadas y la mente volando.

Los abro. Y ya no está. O un poco sí, porque ninguna experiencia se abandona del todo.