Personificando recuerdos

Poco se habla, algo más frecuentemente se escribe, de aquello que nos decepciona o hiere. Tendemos a esconder los pequeños fracasos porque sentimos que, al abrirnos y exponerlos al resto del mundo, estamos dando una llave de nuestro dolor, de nuestras propias emociones. La debilidad, la famosa debilidad. La temida debilidad. Así que escondemos experiencias y emociones, como si alguien creyese o pudiera creer que en nuestros pensamientos, ideas más firmes y comportamientos, no reside una vida de experiencias y aprendizaje. Mal asunto, si no fuera así.

Relatamos con una exactitud irritante el enamoramiento, el fulgor de un viaje, una noche desenfadada o una hazaña que consideramos meritoria. Nos concentramos en los detalles, buscando que la veracidad llegue al lector u oyente. Lo podemos llevar a cabo, desde luego, con historias divertidas, moralistas y de profundo contenido filosófico, siempre y cuando no comprometan nuestro pesar. Si un error íntimo, con profundidad psicológica, queda expuesto, nos sentimos rápidamente avergonzados. Y recurrimos a la palabra “intimidad”, esa zona de espiritual introspección e individualismo. Es respetable, por supuesto. Incluso, según quién sea el interlocutor, podrá considerarse digno, laudable. Exento de la culpa que genera el exhibicionismo y la publicidad.

Pero qué manera de no ahondar en sensaciones reales. Cuántas conversaciones, reflexiones e instantes de meditación profunda se han perdido. Perdido. Recupera la mente esa idea de la pérdida, en ciertos aspectos tan asimilada y lejana, y en otros tan reciente. Seguro que en alguno o muchos momentos de tu vida, has sentido cómo se deshacía el monumento al sol que habías creado. Seguro que se ha derretido en tus manos la dulzura de un momento. Que tus ojos han perdido el brillo y han mudado, de una mañana de verano, a una aburrida tarde otoñal. Estoy convencida de que tus oídos han recibido una información que tu intelecto se negaba a procesar. Y esa memoria innata ha mantenido los datos en un cajón, llamado precaución. Apuesto lo que desees a que, en un momento dado, el cajón se ha abierto sin permiso. Y te has visto obligado a tener en cuenta lo que siquiera conocías plenamente.

Es humano, ni más ni menos. Porque interactuamos con otros humanos, y porque somos víctimas de nuestras ilusiones y expectativas, demasiado a menudo. Construimos, como decía siempre J. castillos en el aire. De él me quedé con dos pensamientos y un mantra, que me acompañaría de por vida. No está mal, para un amor tan joven, inexperto y deteriorado.

Pero hoy solo busco detenerme un momento en esa presión en el pecho, cuando algo ha desaparecido para siempre. Una idea, una decisión y todos los pensamientos que te han conducido a ella, ya han sido asimilados. Es la realidad, prematura y víctima de la gravedad, que cae como un plomo. Normalmente, lo hace a la altura del pecho porque busca aprisionar nuestros órganos vitales. De la mente ya se encargaron todos los pasos previos, los juicios anteriores. Es entonces cuando me siento, en la soledad del dormitorio. Cierro los ojos y busco lo positivo. En cada experiencia hay algo que devuelve la sonrisa, bien sea fruto de la imaginación o producto de la desvirtualización de una mente romántica.

Siempre llega, abrazando a la idea de que es lícito echar de menos. Aunque sea, únicamente, durante unos minutos más. El tiempo es lo único que no recuperamos, me repito aún ciega, con las facciones relajadas y la mente volando.

Los abro. Y ya no está. O un poco sí, porque ninguna experiencia se abandona del todo.

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