Mucha letra

Mucha ilusión me hizo, el encontrar el corazón en el filo de una historia. La recuperaba por amor al arte, lealtad a las cosas más hermosas. El corazón, dibujado, protagonista de una página. Sencillo, carente de intenciones elevadas, dispuesto a jugar. El despiste era su terreno, me habías dicho siempre. Así hablabas en tercera persona de ti mismo, de tu faceta de escritor.

Creí ser afortunada por conocer ese lado oculto tuyo. Me engañé, los años que dura un sueño. El tiempo que una necesita para darse cuenta de que no existe. Ni tiempo, ni años, ni lado conocido, ni lado oculto. Existe el arte, útil, de la ironía engañosa. E incluso ayer me aferré a ella. ¿Cobarde? No. Valiente. Sedienta de riesgo y placer.

Tú no eres especial porque sepas empuñar una pluma, ni por interpretar un texto complejo. Tú eres especial, porque yo te doto de unicidad y éxito. Escojo a mis víctimas, que también son vencedoras. En qué contexto, debes interpretarlo tú. Yo tengo una labor diferente, bien lo sabes. Yo tengo poder. Yo soy la letra. Aquí mando yo.

Hasta que…

Resurrección (Воскресение)

Esta maravilla de la literatura rusa es publicada en 1899 por Lev N. Tolstói (Лев Николаевич Толстой, 1828-1910). Dividida en tres partes, cada una de ellas de longitud considerable, narra tres etapas en un viaje de crecimiento y desarrollo moral y espititual del propio protagonista. Breves capítulos justifican cambios de escena que favorecen, tanto el seguimiento cronológico de la trama, como las pausas que el lector puede necesitar (y necesita) para acompañar a narrador y personajes en sus reflexiones, tan abundantes como fundamentales. Un narrador omnisciente juega con los personajes principales de Nejliudov y Katiusha, para intercambiar perspectivas y, junto consigo mismo, encaminar al lector hacia una idea propia final.

Los personajes componen, mediante sus propias biografías, ideas y pensamientos, un escenario complejo de transición ante los ojos de un protagonista que, por su pasado y experiencias, es tratado por el autor con una cierta compasión y una mirada respetuosa. Esta mirada se repite con cada uno de los personajes, a quienes dota de voz y opinión.

Una obra que comienza con versos de San Mateo, San Juan y San Lucas; y finaliza con los preceptos de San Mateo. Esta percepción de relativa ciclicidad se pierde, ante el proceso evolutivo que verdaderamente experimenta Nejliudov, quien posee ciertas notas autobiográficas del autor. Así se suceden una juventud religiosa, la madurez en la que cree en Dios pero se siente ajeno de los dogmas de la Iglesia (descritos, por cierto, con ironía y rechazo), para encontrar por fin una suerte de revelación, en la que descubre el sentido de la vida y la felicidad, por fin en el último capítulo. En toda la trama aun así destacan las descripciones detalladas de ritos y
símbolos, evidenciando aún más la religiosidad de Tolstoi.

Emplea numerosas fechas cristianas para establecer la cronología. Entre ellas, es el domingo de Resurrección el elegido para regresar a Maslova y desatar el desastre, además de para dar título a la obra. Dios, de nuevo, será causa de la iluminación que experimenta el protagonista, además de dibujar una constante dualidad “Dios-destino”, más o menos polarizada según el personaje.

La trama, contenida en un primer marco romántico, se desvanece rápidamente, dejando paso a la espiritualidad y la moral, en un marco social dramático. Las descripciones destacan por su precisión, tanto de los espacios, como de las personas. Aquellas referentes a la naturaleza resultarán particularmente poéticas y detalladas, orientando hacia sentimientos elevados y reflexiones de mayor profundidad y claridad espiritual. Además, la naturaleza aparece como la luz en medio de un mundo oscuro: aquello en lo que los seres humanos no pueden influir. En las personas, por ejemplo, destaca la referencia a los ojos de Katiusha. En múltiples ocasiones se refiere al color negro y la orientación, puesto que es bizca. El énfasis repetitivo del narrador, que incluso admite inquietarse con su mirada por medio de Nejliudov, recuerda a la idea renacentista tan referida en autores como Petrarca, de la expresión del alma por medio de la mirada. “[…] los ojos expresaban algo distinto y mucho más importante de lo que dijeran los labios”. Parece indicar que sus ojos revelan así el estado de su alma, desviada por los sucesos que han ido aconteciendo en su vida. Además, otorga un significado respetuoso a las lágrimas. Esta idea podría ser considerada también renacentista, manteniendo que la vía de expresión del dolor más profundo y sincero son los ojos, por medio de las lágrimas.


La contraposición de ambientes sociales elevados y las cárceles consiguen traspasar las páginas y tienen un efecto real en el lector, que recuerda a las propias impresiones del personaje principal. “[…] aquel intenso asco moral que casi se convertía en una sensación física” al que se refiere en muchas ocasiones. Además, alude a fenómenos del reino animal para ilustrar acciones humanas y su proceder social, convirtiendo así la sociedad en un cuadro de figuras predecibles y repetitivas en una serie de comportamientos ampliamente criticados desde un tono irónico y mordaz.

El lenguaje que atribuye a los personajes es el adecuado según la posición y rango que desempeñan, poniendo atención tanto en el uso de las palabras, como en los modales. Recurren al francés constantemente, incluso haciendo juegos de palabras. No obstante, los diálogos interiores del protagonista, así como la carga descriptiva y la narración en sí misma, cuentan con un lenguaje escogido y delicado. Se observan hermosas figuras y giros lingüísticos: “Nejliudov miraba y escuchaba, pero veía y oía algo muy distinto de lo que sucedía ante él”.
Las referencias a otros autores son habituales, destacando aquellas a sus coetáneos (Dostoievski y Turgueniev). En cuanto a las cuestiones que aborda la novela, son de diversa índole, pero todas en el marco de la sociedad rusa. Pone un foco particular sobre la cuestión de la propiedad de tierras y el sufrimiento de los campesinos, oprimidos por el sistema; el injusto sistema judicial, que obra con indiferencia y desidia hacia la vida ajena, imponiendo penas severas de manera normativa a inocentes; la inutilidad de los juicios, inmorales; el decadente estado de las cárceles; los militares, exentos de capacidad de sentir culpa, a diferencia del hombre civil. Incluso ahonda en cuestiones menores, en el ámbito de la novela, como la revolución, el amor, el matrimonio, la hipocresía, la demagogia o la superficialidad. Presenta una sociedad rusa racista, que considera superiores a algunos miembros de clase social alta (reconocidos como una raza diferente), y que se divide en radicales y liberales, ortodoxos y no religiosos, locos y cuerdos, incluso partidarios de Darwin o Moisés.
La crítica social se basa, sobre todo, en una falta de humanidad que, junto con el egoísmo, constituyen la pérdida moral. Así entiende la diferencia entre la obligación judicial, y la responsabilidad, judicial y moral, de la que carecen. Se detiene en los detalles, como el agachar la cabeza por vergüenza, para escenificar la parafernalia que eligen vivir determinados sectores.

Nejliudov avanza desde la no consciencia de la realidad, hacia el temor por la crueldad que lo rodea y la falta de humanidad, de las que se percatará a medida que se desarrolle a nivel espiritual. De la mano de Katiusha, tomará consciencia del dolor que ha provocado en su alma, y se desarrollará en él una dualidad constante, hasta el final de la trama. Esta dualidad se presenta de numerosas formas. La primera de ellas, será el pensamiento. En cada reflexión, combate la idea propia, con la costumbre. Una búsqueda de lo superfluo y el hecho de sumirse en una decadencia espiritual, se convierten en consecuencias de la búsqueda de la aceptación social. Se abandona a sí mismo, para no ser criticado. Este declive será luego reconducido, recuperando sus antiguos valores y fortaleciéndolos en la fe. Los debates entre el hombre espiritual y animal, el egoísmo y la humanidad, el miedo y la actitud moral; muestran finalmente a un hombre que se reconoce libre y verdadero.

En el momento en el que comienza a ver la realidad que le rodea, cambia todo su sistema. “Desde el momento en que Nejliudov comprendió que era un miserable, y sintió repulsión hacia sí mismo dejó de despreciar a los demás.” Él no es considerado un ser digno en su nueva escala de valores, que lo avergüenza y culpabiliza de cara a los presos. A su vez, esa repulsión, la expresa también hacia lo que le rodea. Critica su propio estilo de vida y escala social, pareciéndole exento de significado. “¿Soy yo el que está loco por ver lo que los demás no ven, o los locos son los que hacen lo que veo?’”. Esta sensación de conocer una realidad distinta, que nadie más parece observar, acerca a la idea del loco que expresa A.Chejov posteriormente en La sala número 6. También se observa una cierta analogía entre ambos autores en la cuestión de cómo la sociedad decide a quién encerrar y a quién dejar en libertad. Aunque en Tolstoi la cuestión religiosa terminará de explicar cómo el propio sistema será responsable de la delincuencia.

Especialmente interesantes resultan las reflexiones sobre la naturaleza del hombre. Estos monólogos recuerdan vagamente a los de Primo Levi (1919-1987), con la diferencia fundamental de que el autor italiano hablaría de su propia experiencia. Nejliudov narra aún así unas actitudes cuya naturaleza no responden a lo que se espera de un ser humano, con una mirada llena de dolor y decepción.

Un monigote, dos monigotes

El diccionario Larousse descansa sobre la mesa. No descansa del todo, puesto que está de pie y no tumbado, como cabría esperar. A su izquierda, pared. A la derecha, un monigote de madera con aspecto sospechoso, que hace las veces de tapa de una pequeña cajita, incapaz de contener nada de utilidad. Usado como sujetalibros, sujetalibro: solo hay uno. De nuevo cabe especificar que antes eran muchos, toneladas. De manera que solo queda uno. Solo queda un diccionario de vocabulario básico de una lengua extranjera que siquiera merece ser nombrada. O eso diría él, de estar aquí para poder defender su postura.

Antonio diría, sin lugar a dudas, que solo ver la portada le revuelve el estómago. Por eso, ahora que se ha mudado, que por fin ha recogido todas sus pertenencias, ha decidido que el regalo de bienvenida para el nuevo inquilino sea exactamente ese. Un jodido diccionario.

Todas las pertenencias es sinónimo de veinte cajas. Su estilo austero ha facilitado notablemente la tarea. Menos austero cuando estaba ella, recuerda con claridad. Así, mientras doblaba rápidamente la ropa, hacía un recuento de todo lo que había sido un regalo. Por supuesto, una mujer como aquella no regalaba ropa por un cumpleaños. Faltaría más. Eran los regalos espontáneos, acompañados de un “cariño, la camisa de ayer era muy espantosa, espantosísima” que parecía justificar el hecho de acoplarle una nueva. Al principio, él odiaba esta costumbre. Con el tiempo, le hacía gracia. La veía llegar con una bolsa sin logo, ni colores chillones, y ya sabía que estaba disimulando un regalo de los suyos. Observaba con cierto placer cómo dirigía la conversación lentamente hacia esa cosa horrorosísima que se hubiera puesto el día, o la semana anterior. Y empezó a amar también estas tonterías.

En el equilibrio de aquella relación, uno que costó alcanzar pero que, una vez establecido, podía asegurarse como lo más firme que un ser humano como él hubiera conocido antes; ella era la loca, él era pausado. Y aunque no le importaba demasiado ese adjetivo, no podía dejar de repetirse una y otra vez que la pausa, a semejante torbellino, podía resultarle aburrida. Y la miraba, sumido en la reflexión más lúgubre, hasta que ella saltaba encima, le mordía el cuello, o se entusiasmaba con cualquier historia.

Los regalos especiales eran los de los cumpleaños, aniversarios, San Valentín y su día favorito desde la invención de su loquita; San Tequieroymedalagana. Este último se celebraba después de una discusión grave, que era definida como esa en la que se iban a dormir sin darse las buenas noches, ni abrazarse. Podía ser tantas veces como discusiones hubiera. El caso es que no discutían demasiado. Pero cuando lo hacían, ella llegaba con lo que más le cautivaba, una carta, algo de puño y letra. Algo que expresaba lo que le costaba decir en voz alta. Algo que pudiera ser producto de una profunda reflexión, y no un manifiesto de cabreo, orgullo e impulsividad momentánea. Las guardaba en un archivador, disimulado con el escudo universitario. Por orden cronológico, perfectamente conservadas, durante diez años.

Cuando Lorena se fue de casa… Aquella fatídica tarde, cuando regresó y no encontró ni rastro de ella, comprendió que las palabras del día anterior, y en realidad, de toda la semana; no habían sido producto del momento. Esas no necesitaban ser escritas para ser reales. Lo abandonó, porque él dejó de hacerle reír. Estaba convencido de que había sido un paranoico en los últimos meses, hasta el punto de no disfrutar de ella, de su vitalidad. De tanto amor. La miraba con un cronómetro en la mano. Una cuenta atrás que no dejaba de alejarse gracias a su expresa colaboración, comprendió cuando era tarde. El día anterior a su desaparición, trató de explicarle este pensamiento-revelación, pero llegaba con tal retraso que ella, por primera vez en tantos años, no respondió. Simplemente, se acostó.

Estos recuerdos inundaron su mente durante muchos días, y semanas. La veía en cada rincón. Cocinando. Abrazándolo cuando era él el encargado de la cena o la comida. En ropa interior en el salón, invitándolo a no dormir. La recordaba en la cama, en la ducha, leyendo en el sofá. Abrazada a un cojín, canturreando como mi novio no me quiere, me tengo que abrazar a cualquier cosa. Antonio se tiraba encima de ella, se la comía a besos. Reían. Eran recuerdos hermosos. La veía también llorando, cuando colgaba el teléfono. Echaba de menos a su madre. Pero chin chin, con un botellín de cerveza en la mano. Celebraba que todos seguían bien. Irían a verlos juntos en dos semanas. Ella era todo eso eso, volátil, alegre, espontánea, pasional.

Cuando por fin decidió dejar atrás el piso, tras numerosos intentos de llamadas no recibidas en un teléfono que permanecía apagado, de preguntar a sus amigos por ella y que nadie supiera dónde estaba, o eso decían; tras cotillear sus redes sociales y descubrir, día tras día, que llevaba meses sin usarlas; decidió también que nunca trataría de volver a contactar. Fue entonces cuando ganó el orgullo, buscó otro alquiler, recogió todo, y se dispuso, por fin, a salir de allí.

En la mesa, el diccionario. Le devolvía a cuando recitaba en voz alta nociones teóricas. Y también a su empeño por hacerse un hueco en lo que hoy era su trabajo. Consiguió participar en la edición del diccionario, no sin esfuerzo. En la página de créditos figuraba claramente su nombre y apellidos, a la derecha de “Coordinación editorial:”. Junto a este, el monigote del viaje que hicieron a Chile.

Antonio tuvo el diccionario en las manos, antes de salir. Siquiera se detuvo en la idea del papel que sobresalía, aún sabiendo que ella no dejaba nunca papeles entre sus libros; ni del hecho de haberlo encontrado encima de una foto de ambos el día que Lorena se marchó. Prefirió dejarlo allí, junto con el monigote. Consideró que fueron objetos abandonados por ella. Tres, contando con él. Tal vez, si hubiera sido consciente de lo que significó para ella aquel primer gran trabajo, aquel primer gran viaje juntos, y aquel verdadero gran amor; no hubiera dejado nada de aquello allí. Habría sido capaz de abrirlo, al menos. Habría encontrado una nota, no muy extensa, desconocida ya para siempre para él.

Tu gato hiperactivo escondería la nota para siempre. Por eso la encuentras medio encajada en un libro, uno que espero me devuelvas.

Te quiero con todo mi corazón, pero nos estamos haciendo daño. Necesito aire. Estaré en la casa de la playa unos meses, dedicada a acabar el relato y a las dos publicaciones que tenemos pendientes, ya sabes. Te pido, por favor, que nos demos un poco de espacio. No te olvidaré por no escribirte, o llamarte. Reflexiona, si crees que debes hacerlo. Y pasadas unas semanas, si quieres volver conmigo, solo tienes que llamarme (al otro número, el habitual lo apago, que no quiero tener que dar explicaciones a nadie). Dejo la pelota en tu tejado porque, como bien sabes, esto no estaría pasando si no estuvieras absolutamente distante desde hace casi un año. He intentado, de todas las maneras posibles, traerte de vuelta. Pero parece que te has ido muy lejos. Si, por cualquier cosa, quieres o necesitas la llave de la vivienda, te he dejado la copia en la cajita. No hay una más fea, ni que traiga recuerdos más bonitos, ¿verdad? Espero que volvamos a verla juntos, desde nuestro sofá, no importa dónde. Te voy a echar de menos, cada día. Te adoro. Cuídate.

Y si decides dejarlo del todo, no te preocupes. Lo comprendo, te comprendo. En ese caso, se muy feliz.

Cómo iban a pensar los nuevos inquilinos que nunca fue leída. Les pareció tan triste, que ya el primer día allí intentaron sacar ese nudo de la garganta. Dejaron correr un par de semanas, y fue ella quien llamó a la agencia. Pidió el teléfono de la anterior mujer que vivió allí. Tras discutir con cinco personas por la Ley de protección de datos, consiguió que se pusieran en contacto con ella y le pidieran permiso. Y Lorena, sorprendida por recibir una llamada de la inmobiliaria, respondió con inquietud. Los nuevos inquilinos necesitaban hablar con ella. Sí, dio la autorización con lágrimas en los ojos. ¿Nuevos inquilinos? ¿Dónde estaba Antonio? Por supuesto, consiguieron hablar. Y ella, al colgar, creyó saber con total certeza que él, no solo había dado por perdida la relación, sino que además había dejado allí toda oportunidad de mantener algo. Su diccionario, lo recuperaría por correo, acordaron. Un monigote que pidió tirasen a la basura. Y una llave, que no serviría puesto que iba a cambiar la cerradura.
















¿Y si ella no se hubiera ido? ¿Y si él no se hubiera rendido? Porque tener miedo es lícito. Equivocarse, también. ¿Pero dejar marchitar una flor? Eso no tiene perdón, dicen.