Un monigote, dos monigotes

El diccionario Larousse descansa sobre la mesa. No descansa del todo, puesto que está de pie y no tumbado, como cabría esperar. A su izquierda, pared. A la derecha, un monigote de madera con aspecto sospechoso, que hace las veces de tapa de una pequeña cajita, incapaz de contener nada de utilidad. Usado como sujetalibros, sujetalibro: solo hay uno. De nuevo cabe especificar que antes eran muchos, toneladas. De manera que solo queda uno. Solo queda un diccionario de vocabulario básico de una lengua extranjera que siquiera merece ser nombrada. O eso diría él, de estar aquí para poder defender su postura.

Antonio diría, sin lugar a dudas, que solo ver la portada le revuelve el estómago. Por eso, ahora que se ha mudado, que por fin ha recogido todas sus pertenencias, ha decidido que el regalo de bienvenida para el nuevo inquilino sea exactamente ese. Un jodido diccionario.

Todas las pertenencias es sinónimo de veinte cajas. Su estilo austero ha facilitado notablemente la tarea. Menos austero cuando estaba ella, recuerda con claridad. Así, mientras doblaba rápidamente la ropa, hacía un recuento de todo lo que había sido un regalo. Por supuesto, una mujer como aquella no regalaba ropa por un cumpleaños. Faltaría más. Eran los regalos espontáneos, acompañados de un “cariño, la camisa de ayer era muy espantosa, espantosísima” que parecía justificar el hecho de acoplarle una nueva. Al principio, él odiaba esta costumbre. Con el tiempo, le hacía gracia. La veía llegar con una bolsa sin logo, ni colores chillones, y ya sabía que estaba disimulando un regalo de los suyos. Observaba con cierto placer cómo dirigía la conversación lentamente hacia esa cosa horrorosísima que se hubiera puesto el día, o la semana anterior. Y empezó a amar también estas tonterías.

En el equilibrio de aquella relación, uno que costó alcanzar pero que, una vez establecido, podía asegurarse como lo más firme que un ser humano como él hubiera conocido antes; ella era la loca, él era pausado. Y aunque no le importaba demasiado ese adjetivo, no podía dejar de repetirse una y otra vez que la pausa, a semejante torbellino, podía resultarle aburrida. Y la miraba, sumido en la reflexión más lúgubre, hasta que ella saltaba encima, le mordía el cuello, o se entusiasmaba con cualquier historia.

Los regalos especiales eran los de los cumpleaños, aniversarios, San Valentín y su día favorito desde la invención de su loquita; San Tequieroymedalagana. Este último se celebraba después de una discusión grave, que era definida como esa en la que se iban a dormir sin darse las buenas noches, ni abrazarse. Podía ser tantas veces como discusiones hubiera. El caso es que no discutían demasiado. Pero cuando lo hacían, ella llegaba con lo que más le cautivaba, una carta, algo de puño y letra. Algo que expresaba lo que le costaba decir en voz alta. Algo que pudiera ser producto de una profunda reflexión, y no un manifiesto de cabreo, orgullo e impulsividad momentánea. Las guardaba en un archivador, disimulado con el escudo universitario. Por orden cronológico, perfectamente conservadas, durante diez años.

Cuando Lorena se fue de casa… Aquella fatídica tarde, cuando regresó y no encontró ni rastro de ella, comprendió que las palabras del día anterior, y en realidad, de toda la semana; no habían sido producto del momento. Esas no necesitaban ser escritas para ser reales. Lo abandonó, porque él dejó de hacerle reír. Estaba convencido de que había sido un paranoico en los últimos meses, hasta el punto de no disfrutar de ella, de su vitalidad. De tanto amor. La miraba con un cronómetro en la mano. Una cuenta atrás que no dejaba de alejarse gracias a su expresa colaboración, comprendió cuando era tarde. El día anterior a su desaparición, trató de explicarle este pensamiento-revelación, pero llegaba con tal retraso que ella, por primera vez en tantos años, no respondió. Simplemente, se acostó.

Estos recuerdos inundaron su mente durante muchos días, y semanas. La veía en cada rincón. Cocinando. Abrazándolo cuando era él el encargado de la cena o la comida. En ropa interior en el salón, invitándolo a no dormir. La recordaba en la cama, en la ducha, leyendo en el sofá. Abrazada a un cojín, canturreando como mi novio no me quiere, me tengo que abrazar a cualquier cosa. Antonio se tiraba encima de ella, se la comía a besos. Reían. Eran recuerdos hermosos. La veía también llorando, cuando colgaba el teléfono. Echaba de menos a su madre. Pero chin chin, con un botellín de cerveza en la mano. Celebraba que todos seguían bien. Irían a verlos juntos en dos semanas. Ella era todo eso eso, volátil, alegre, espontánea, pasional.

Cuando por fin decidió dejar atrás el piso, tras numerosos intentos de llamadas no recibidas en un teléfono que permanecía apagado, de preguntar a sus amigos por ella y que nadie supiera dónde estaba, o eso decían; tras cotillear sus redes sociales y descubrir, día tras día, que llevaba meses sin usarlas; decidió también que nunca trataría de volver a contactar. Fue entonces cuando ganó el orgullo, buscó otro alquiler, recogió todo, y se dispuso, por fin, a salir de allí.

En la mesa, el diccionario. Le devolvía a cuando recitaba en voz alta nociones teóricas. Y también a su empeño por hacerse un hueco en lo que hoy era su trabajo. Consiguió participar en la edición del diccionario, no sin esfuerzo. En la página de créditos figuraba claramente su nombre y apellidos, a la derecha de “Coordinación editorial:”. Junto a este, el monigote del viaje que hicieron a Chile.

Antonio tuvo el diccionario en las manos, antes de salir. Siquiera se detuvo en la idea del papel que sobresalía, aún sabiendo que ella no dejaba nunca papeles entre sus libros; ni del hecho de haberlo encontrado encima de una foto de ambos el día que Lorena se marchó. Prefirió dejarlo allí, junto con el monigote. Consideró que fueron objetos abandonados por ella. Tres, contando con él. Tal vez, si hubiera sido consciente de lo que significó para ella aquel primer gran trabajo, aquel primer gran viaje juntos, y aquel verdadero gran amor; no hubiera dejado nada de aquello allí. Habría sido capaz de abrirlo, al menos. Habría encontrado una nota, no muy extensa, desconocida ya para siempre para él.

Tu gato hiperactivo escondería la nota para siempre. Por eso la encuentras medio encajada en un libro, uno que espero me devuelvas.

Te quiero con todo mi corazón, pero nos estamos haciendo daño. Necesito aire. Estaré en la casa de la playa unos meses, dedicada a acabar el relato y a las dos publicaciones que tenemos pendientes, ya sabes. Te pido, por favor, que nos demos un poco de espacio. No te olvidaré por no escribirte, o llamarte. Reflexiona, si crees que debes hacerlo. Y pasadas unas semanas, si quieres volver conmigo, solo tienes que llamarme (al otro número, el habitual lo apago, que no quiero tener que dar explicaciones a nadie). Dejo la pelota en tu tejado porque, como bien sabes, esto no estaría pasando si no estuvieras absolutamente distante desde hace casi un año. He intentado, de todas las maneras posibles, traerte de vuelta. Pero parece que te has ido muy lejos. Si, por cualquier cosa, quieres o necesitas la llave de la vivienda, te he dejado la copia en la cajita. No hay una más fea, ni que traiga recuerdos más bonitos, ¿verdad? Espero que volvamos a verla juntos, desde nuestro sofá, no importa dónde. Te voy a echar de menos, cada día. Te adoro. Cuídate.

Y si decides dejarlo del todo, no te preocupes. Lo comprendo, te comprendo. En ese caso, se muy feliz.

Cómo iban a pensar los nuevos inquilinos que nunca fue leída. Les pareció tan triste, que ya el primer día allí intentaron sacar ese nudo de la garganta. Dejaron correr un par de semanas, y fue ella quien llamó a la agencia. Pidió el teléfono de la anterior mujer que vivió allí. Tras discutir con cinco personas por la Ley de protección de datos, consiguió que se pusieran en contacto con ella y le pidieran permiso. Y Lorena, sorprendida por recibir una llamada de la inmobiliaria, respondió con inquietud. Los nuevos inquilinos necesitaban hablar con ella. Sí, dio la autorización con lágrimas en los ojos. ¿Nuevos inquilinos? ¿Dónde estaba Antonio? Por supuesto, consiguieron hablar. Y ella, al colgar, creyó saber con total certeza que él, no solo había dado por perdida la relación, sino que además había dejado allí toda oportunidad de mantener algo. Su diccionario, lo recuperaría por correo, acordaron. Un monigote que pidió tirasen a la basura. Y una llave, que no serviría puesto que iba a cambiar la cerradura.
















¿Y si ella no se hubiera ido? ¿Y si él no se hubiera rendido? Porque tener miedo es lícito. Equivocarse, también. ¿Pero dejar marchitar una flor? Eso no tiene perdón, dicen.

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