Resurrección (Воскресение)

Esta maravilla de la literatura rusa es publicada en 1899 por Lev N. Tolstói (Лев Николаевич Толстой, 1828-1910). Dividida en tres partes, cada una de ellas de longitud considerable, narra tres etapas en un viaje de crecimiento y desarrollo moral y espititual del propio protagonista. Breves capítulos justifican cambios de escena que favorecen, tanto el seguimiento cronológico de la trama, como las pausas que el lector puede necesitar (y necesita) para acompañar a narrador y personajes en sus reflexiones, tan abundantes como fundamentales. Un narrador omnisciente juega con los personajes principales de Nejliudov y Katiusha, para intercambiar perspectivas y, junto consigo mismo, encaminar al lector hacia una idea propia final.

Los personajes componen, mediante sus propias biografías, ideas y pensamientos, un escenario complejo de transición ante los ojos de un protagonista que, por su pasado y experiencias, es tratado por el autor con una cierta compasión y una mirada respetuosa. Esta mirada se repite con cada uno de los personajes, a quienes dota de voz y opinión.

Una obra que comienza con versos de San Mateo, San Juan y San Lucas; y finaliza con los preceptos de San Mateo. Esta percepción de relativa ciclicidad se pierde, ante el proceso evolutivo que verdaderamente experimenta Nejliudov, quien posee ciertas notas autobiográficas del autor. Así se suceden una juventud religiosa, la madurez en la que cree en Dios pero se siente ajeno de los dogmas de la Iglesia (descritos, por cierto, con ironía y rechazo), para encontrar por fin una suerte de revelación, en la que descubre el sentido de la vida y la felicidad, por fin en el último capítulo. En toda la trama aun así destacan las descripciones detalladas de ritos y
símbolos, evidenciando aún más la religiosidad de Tolstoi.

Emplea numerosas fechas cristianas para establecer la cronología. Entre ellas, es el domingo de Resurrección el elegido para regresar a Maslova y desatar el desastre, además de para dar título a la obra. Dios, de nuevo, será causa de la iluminación que experimenta el protagonista, además de dibujar una constante dualidad “Dios-destino”, más o menos polarizada según el personaje.

La trama, contenida en un primer marco romántico, se desvanece rápidamente, dejando paso a la espiritualidad y la moral, en un marco social dramático. Las descripciones destacan por su precisión, tanto de los espacios, como de las personas. Aquellas referentes a la naturaleza resultarán particularmente poéticas y detalladas, orientando hacia sentimientos elevados y reflexiones de mayor profundidad y claridad espiritual. Además, la naturaleza aparece como la luz en medio de un mundo oscuro: aquello en lo que los seres humanos no pueden influir. En las personas, por ejemplo, destaca la referencia a los ojos de Katiusha. En múltiples ocasiones se refiere al color negro y la orientación, puesto que es bizca. El énfasis repetitivo del narrador, que incluso admite inquietarse con su mirada por medio de Nejliudov, recuerda a la idea renacentista tan referida en autores como Petrarca, de la expresión del alma por medio de la mirada. “[…] los ojos expresaban algo distinto y mucho más importante de lo que dijeran los labios”. Parece indicar que sus ojos revelan así el estado de su alma, desviada por los sucesos que han ido aconteciendo en su vida. Además, otorga un significado respetuoso a las lágrimas. Esta idea podría ser considerada también renacentista, manteniendo que la vía de expresión del dolor más profundo y sincero son los ojos, por medio de las lágrimas.


La contraposición de ambientes sociales elevados y las cárceles consiguen traspasar las páginas y tienen un efecto real en el lector, que recuerda a las propias impresiones del personaje principal. “[…] aquel intenso asco moral que casi se convertía en una sensación física” al que se refiere en muchas ocasiones. Además, alude a fenómenos del reino animal para ilustrar acciones humanas y su proceder social, convirtiendo así la sociedad en un cuadro de figuras predecibles y repetitivas en una serie de comportamientos ampliamente criticados desde un tono irónico y mordaz.

El lenguaje que atribuye a los personajes es el adecuado según la posición y rango que desempeñan, poniendo atención tanto en el uso de las palabras, como en los modales. Recurren al francés constantemente, incluso haciendo juegos de palabras. No obstante, los diálogos interiores del protagonista, así como la carga descriptiva y la narración en sí misma, cuentan con un lenguaje escogido y delicado. Se observan hermosas figuras y giros lingüísticos: “Nejliudov miraba y escuchaba, pero veía y oía algo muy distinto de lo que sucedía ante él”.
Las referencias a otros autores son habituales, destacando aquellas a sus coetáneos (Dostoievski y Turgueniev). En cuanto a las cuestiones que aborda la novela, son de diversa índole, pero todas en el marco de la sociedad rusa. Pone un foco particular sobre la cuestión de la propiedad de tierras y el sufrimiento de los campesinos, oprimidos por el sistema; el injusto sistema judicial, que obra con indiferencia y desidia hacia la vida ajena, imponiendo penas severas de manera normativa a inocentes; la inutilidad de los juicios, inmorales; el decadente estado de las cárceles; los militares, exentos de capacidad de sentir culpa, a diferencia del hombre civil. Incluso ahonda en cuestiones menores, en el ámbito de la novela, como la revolución, el amor, el matrimonio, la hipocresía, la demagogia o la superficialidad. Presenta una sociedad rusa racista, que considera superiores a algunos miembros de clase social alta (reconocidos como una raza diferente), y que se divide en radicales y liberales, ortodoxos y no religiosos, locos y cuerdos, incluso partidarios de Darwin o Moisés.
La crítica social se basa, sobre todo, en una falta de humanidad que, junto con el egoísmo, constituyen la pérdida moral. Así entiende la diferencia entre la obligación judicial, y la responsabilidad, judicial y moral, de la que carecen. Se detiene en los detalles, como el agachar la cabeza por vergüenza, para escenificar la parafernalia que eligen vivir determinados sectores.

Nejliudov avanza desde la no consciencia de la realidad, hacia el temor por la crueldad que lo rodea y la falta de humanidad, de las que se percatará a medida que se desarrolle a nivel espiritual. De la mano de Katiusha, tomará consciencia del dolor que ha provocado en su alma, y se desarrollará en él una dualidad constante, hasta el final de la trama. Esta dualidad se presenta de numerosas formas. La primera de ellas, será el pensamiento. En cada reflexión, combate la idea propia, con la costumbre. Una búsqueda de lo superfluo y el hecho de sumirse en una decadencia espiritual, se convierten en consecuencias de la búsqueda de la aceptación social. Se abandona a sí mismo, para no ser criticado. Este declive será luego reconducido, recuperando sus antiguos valores y fortaleciéndolos en la fe. Los debates entre el hombre espiritual y animal, el egoísmo y la humanidad, el miedo y la actitud moral; muestran finalmente a un hombre que se reconoce libre y verdadero.

En el momento en el que comienza a ver la realidad que le rodea, cambia todo su sistema. “Desde el momento en que Nejliudov comprendió que era un miserable, y sintió repulsión hacia sí mismo dejó de despreciar a los demás.” Él no es considerado un ser digno en su nueva escala de valores, que lo avergüenza y culpabiliza de cara a los presos. A su vez, esa repulsión, la expresa también hacia lo que le rodea. Critica su propio estilo de vida y escala social, pareciéndole exento de significado. “¿Soy yo el que está loco por ver lo que los demás no ven, o los locos son los que hacen lo que veo?’”. Esta sensación de conocer una realidad distinta, que nadie más parece observar, acerca a la idea del loco que expresa A.Chejov posteriormente en La sala número 6. También se observa una cierta analogía entre ambos autores en la cuestión de cómo la sociedad decide a quién encerrar y a quién dejar en libertad. Aunque en Tolstoi la cuestión religiosa terminará de explicar cómo el propio sistema será responsable de la delincuencia.

Especialmente interesantes resultan las reflexiones sobre la naturaleza del hombre. Estos monólogos recuerdan vagamente a los de Primo Levi (1919-1987), con la diferencia fundamental de que el autor italiano hablaría de su propia experiencia. Nejliudov narra aún así unas actitudes cuya naturaleza no responden a lo que se espera de un ser humano, con una mirada llena de dolor y decepción.

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