Ideas pendientes

Abrazos legendarios

Aun no descubrí el motivo. Sin embargo, conozco y reconozco el pensamiento inmediato que cruzó por mí, por mi mente, horas después. No nos volveremos a ver. Parece absurdo y casi perseguido cuando se cuenta de una manera tan simple. Pero yo no conocí así la idea. Nos presentamos desde la melancolía y la inquietud que generan los por qués no respondidos, por porque no correspondidos.

Supe, desde que me abrazó por la espalda, suave, mientras ambos mirábamos el paisaje sureño; que estaba generando un recuerdo hermoso que no repetiría jamás con él. Grabé en la memoria su risa y la impaciencia que hoy casi he olvidado del todo. Lo que no olvido, todavía no, es la sensación del dichoso abrazo. Y es que estaba rodeado de dicha, de expectativas y dulzura. De intensidad silenciada y de muchas, muchas preguntas. Las preguntas que no se formulan son siempre las peores. Sobre todo cuando los que deciden no darles voz, son personas capaces de hacer hablar a un cangrejo macho, hembra; a un palo que parece una garza.

Así, en silencio, llenos de dudas, dejamos correr los minutos. Hoy ya no quedan, ni minutos, ni preguntas, ni dudas. No queda absolutamente nada y, sin embargo, aquí estoy. Escribiendo de mí, que no de ti. Porque me refiero brevemente a lo que pude haber sentido contigo cuando, claramente, ambos sabemos que no existió apenas nada.

Pienso, en realidad, en ese árbol que tapa un bosque. Arráncalo y toma consciencia de la magnitud frondosa y verde que se escondía detrás, sin intención y dependiendo, tan solo, del ángulo de tu mirada. Pienso entonces en el árbol de las narices. Que no eres tú, sino mi propia mente. Algo en claro hemos sacado de todo esto. Aunque sea, todo, un poco más áspero que hace unas semanas. Que hace unos instantes.

No esperes un gran título

Se hace pequeñita, sutil y ligera. Ocupa espacios discretos y mantiene la llama viva, bailando. La vida es suya. Es de la ilusión y las expectativas, duramente castigadas. No esperes nada de nadie. No te hagas ilusiones. No creas ciegamente nada. No te dejes llevar por las primeras impresiones. No trates de justificar todo lo que hacen los demás. No, no, no. ¿Y por qué no? ¿Qué tiene de malo esperar algo bueno de alguien? ¿O tener fe en que alguien pueda corregir sus errores, enmendar sus faltas, crecer y desarrollarse? Claro que no es siempre así. Claro que muchas veces la expectativa se ve acompañada, y abrazada, por la desilusión. Pero si, para valorar el rayo de sol, debemos convencernos de que la oscuridad se cierne sobre nuestra piel, robándonos vitaminas y emociones, ¿qué mundo estás decidiendo vivir? Que no digo yo que no sea el más sensato. ¿Pero es que a alguien le sugiere, la sensatez, una aproximación a la felicidad?

La incógnita crece si ponemos atención en el hecho de que nosotros confiamos en nuestro propio porvenir. Pensamos que podemos ser mejores. Cambiamos lo que somos, por lo que queremos ser. Y esta idea debe apreciarse solo como personal, autónoma y casi silenciosa. Evidenciarla sería verse sometido a otro duro debate: la consciencia de nuestra propia naturaleza. ¡Buf! Por qué seremos siempre tan trascendentalitos, y no nos dedicaremos a vivir.

En el fondo, somos un poco hipócritas. Tenemos miedo. Miedo de que no sea lo que esperamos, de estar equivocados, de que el brillo en los ojos se torne en agua repentina. Tenemos miedo de decepcionarnos. Y por eso, y solo por eso, seguiremos alegrándonos enormemente de que mañana haga calor. Como si no estuviéramos en España, en el mes de agosto. Tal vez, si lo das por hecho, comience a llover. Y la lluvia, a veces, no nos deja percatarnos de que sigue haciendo mucho, mucho calor.

Boom

Tenía la sensación de nunca perdonar sus errores del todo. De deberse siempre una nueva lección. Una angustia inmensa invadía su pecho, hasta llegar a la boca del estómago, anudándola con la soga del autoconocimiento. Ideas aprendidas, unas vividas y otras, otras no. Risas lejanas, lágrimas oxigenadas, un susurro perdido y aquel grito eterno en el interior de un vehículo que circulaba tan rápido como los demás.

Es el lugar perfecto para gritar y desgarrar mi garganta, pensaba. Y se dejaba llevar. Ajena a los ojos de una niña que, desde el asiento de atrás de un monovolumen rojo, observaba la escena. Apoderándose de ella las ganas de llorar, encogía las piernas y abrazaba sus rodillas. Por qué sufrir así. Su madre, que la observaba desde el retrovisor, interrumpió sus pensamientos. Eso es mal de amor. Veinte años después, en otro coche, más pequeño y coqueto, fluirían de nuevo sus lágrimas.

Al final, nos hemos dado cuenta. Aquellas sensaciones oprimentes que un día pasaron por delante de nuestros ojos, hoy pueden definirnos. Y no entendemos, porque no podemos, cómo el resultado de toda una vida se reduce a nada, frente a una pequeña vivencia. Será que el cuerpo tiene una tendencia natural que la mente puede dirigir y que, si lo suelta, pierde el rumbo y se deja llevar. Algo parecido expresaba hoy un amigo.

Sigo queriendo explotar.