Desnúdate

Va deslizándose, sin fluidez. Tiras de la tela, que tan liviana parecía, tan sexy quedaba hasta hace un par de minutos, que saliste de la piscina. El bañador de manga larga es comodísimo, pero no lo llevas por eso. Sabes que es diferente, favorecedor. Colorido como otros tantos de tirantes, pero este cubre más tu piel. Lo interesante no es aquello que tapa, sino lo que destapa. Sabes que los ojos van a la espalda, se fijan en el trasero; te divierte.
Pero en ese instatante, ya en la ducha, cuando tratas de quitártelo deprisa, te detienes en la sensación de la piel, desnudándose despacio. Y piensas que quizás, no sea tan cómodo. No, si tienes prisa. ¿Pero la tienes? ¿Hace cuánto que realmente no sientes esa ansiedad de no abarcarlo todo? Te has demostrado que sabes hacerlo, que puedes, si quieres. ¿El qué? Pues todo. Y ahí estás, medio pensativa, medio despistada. Recordando los motivos por los que nadaste y no hiciste nada más. Apenas mil metros, ni media hora. Solo ha sido una excusa para no acalorarte en la sala, tratando de correr. Aun sin fondo, pero fondona después de este añito tan dinámico mentalmente, y tan estático a nivel físico. Después te has sumergido en el spa, que siempre parece privado. Sola, bajo y entre los chorros. Pensativa y con la dermis templándose, ajena a todo lo demás. Has disfrutado. En esa sensación también te detuviste.
Qué raro: el décimo mes del año está a punto de concluir. Hace casi un año que estabas ultimando los detalles de un viaje intercontinental. Y hace poco más de un año que sabías que no volverías durante el 2020, con esa extraña seguridad que también te contó, hace una década, que la que fue tu casa, se convertiría en un recuerdo. Una desconocida, con su Mujer muerta, el color de sus playas, el olor de sus calles, la vida de sus días. Los días en los que crecí, morí, desaparecí, renací: la adolescencia.

Y todo esto me viene a la mente, mientras me bajo el bañador, recorriendo los muslos, rodillas, piernas. Lo saco al llegar a los tobillos y me planteo, si no sería más razonable nadar desnudos. No en la piscina del gimnasio, sino en la vida. Despojarnos de las tonterías, los miedos y las malas experiencias, para nadar provistos de muchas ganas y la excitación propia de la existencia.

Bata, Guinea Ecuatorial

Bata

Añoro estar allí, contigo, fotografiando la icónica Catedral de Bata. “Gótica colonial”, me dices. Y yo lo que veo es un chorro de color en medio del día a día de una ciudad con un ritmo frenético. Estoy feliz, recordándonos juntos, allí. Te añoro realmente, papá.

Por favor, no dejéis de leer la información del enlace que dejo aquí abajo. La increíble ventaja de movernos en este siglo, es poder conocer el mundo desde nuestro sofá, cama o silla. En este caso, consideradlo una pequeña ventana al universo maravilloso de Guinea Ecuatorial.

Sofía en София, Bulgaria

A pocos kilómetros de la ciudad se encuentra la montaña de Vitosha. Parque Natural desde 1938, era una de las recomendaciones que me repetían una y otra vez, guías y ciudadanos. No debía dejar de ir, no podía perderme sus hectáreas de bosque. Que si la fauna, los paisajes, el silencio, la poca dificultad de algunos tramos, la extrema de otros. Que no me la perdiese. Y me la perdí. Una de las pocas veces en que no hago ni caso de quienes saben más que yo.

Desde el balcón del hotel, la miré desde el primer instante en que apareció ante mis ojos. Tenía un mal presentimiento, o eso creía. Me repetía que no debía aventurarme, sin entender del todo los motivos de esta extraña decisión. Pero miraba hacia la montaña, como quien observa por primera vez un fenómeno cualquiera. Curiosa, intrigada, inquieta. Deseando acercarme y salir corriendo, en dirección a ella. Jamás me planteé la dirección contraria, en la que sí conocía lo que podía encontrar. Aquello que me acompañaba y de lo que no conseguía liberarme del todo.

Con el paso de las horas, de los pocos días que pasé allí, comenzó a parecerme cada vez más grande. La sentía más cercana a mí, al balcón, a mis temores, que tomaban forma. Su peso comenzaba a doblar mi espalda. Dura, fría, parecía restar grados a aquellos días tan agradables de un calor que podía sobrellevar. Se me hincaba en las lumbares, y no en otra zona de la espalda.

Concentré mi atención en esa zona, hasta que el suspiro que me acariciaba la nuca comenzó a despistarme de todo lo anterior. Noté paulatinamente cómo subía la tensión a las cervicales, asentándose en cada vértebra, músculo y centímetro de piel. Se adueñaba así de cada percepción posible, limitando mis movimientos. Siquiera pude girar el cuello y ver qué era. Siempre estuvo ahí, aferrado, inhumano.

Con el pasar de los meses, decidí buscar una medicación que me librase del dolor. Porque sí, aquella opresión era ya un dolor inmenso por entonces. La encontré, como ocurre con todo lo que se busca con ahínco. Me deshice del mal y su coacción. Y una noche de aquellas, en las que la melancolía restablecía la complexión primitiva, volví a pensar en Vitosha.

Continuaba siendo pesada, más calida y menos intimidante. Había dado un paso, y no tuve miedo de deshacer mis pasos, caminando hacia delante, pero mirando hacia atrás.

Pude constatarme entonces de varios hechos que, acompañados de matices y reflexiones, tornarían en indispensables para el resto de mi vida. Así lo decidí en aquel momento. Uno de ellos, el principal, era la presencia ineludible del sol. El otro, la frase que recordé llevar tatuada en el costado. Y, por último, la necesidad de tener espejos siempre conmigo: esas personas en las que uno refleja el brillo de una mirada, una lágrima que es silencio, un beso contenido, el abrazo nunca dado.

Somos

Somos lo que pasa entre decisión y decisión. No lo que pasa, sino el espacio entre una y otra. Una mezcla de querer ser libres y ser conscientes de la imposibilidad del asunto, al menos en términos absolutos. Unos términos que, por regla general, no existen.

Una decisión no tiene que ser siempre trascendental, no vamos por ahí. Decides cuando coges el libro y te acomodas, entre cojines y mantas, a dejar la mente trabajar y volar al mismo tiempo. Has decidido que dormirás menos, que un autor va a hacerse con tu imaginación, una letras van a ocupar tu mirada. ¿Influye en algo? Claro que sí. A corto plazo, mañana estarás más cansada, inconscientemente también más feliz. A medio plazo, desarrollarás la memoria, el pensamiento y tu creatividad, sobre todo si continúas haciéndolo con frecuencia. A largo plazo, tus palabras reflejarán lo que otras construyeron y será un verdadero placer escucharte, o incluso leerte, en el mejor de los casos.

Decidimos lo que comemos, con quién hablamos, si queremos jugar a algo, acariciar a nuestro gato cuando se apoya en nosotros, sonreír a un niño que nos mira atentamente, ayudar a alguien que lo necesita. O no. Decidimos implicarnos en las pequeñas cosas de la vida, o no. Y le damos un valor, porque definirá nuestra persona lenta, pero consecuente y consecutivamente.

Decidimos qué jersey vestiremos, si iremos a hacer deporte más tarde o si, por el contrario, dedicaremos unos instantes a tomar decisiones más importantes o definitivas. Y al final, todo es sumamente vital, porque es nuestro tiempo el que se compromete. Y todos, más o menos capaces de meditarlo, valoramos algo que pasa irremediablemente. Queremos pasarlo bien. Cuando decimos pasarlo bien, ese lo, ese complemento directo, se refiere al bendito tiempo.

Un buen día, decides que esa persona no va a seguir en tu vida, por una cosa u otra. Nada grave: esto incrementa la dificultad de la decisión. Y te das cuenta de que no habrá más horas aferrada a un teléfono o, lo que es lo mismo, aferrada a sus risas y pensamientos más diversos y, a menudo, dispersos. Te alejas irremediablemente no sólo de la magia que ha rodeado a esa especie de relación idealizada que manteníais, sino de lo ideal y realmente maravilloso que ha generado en tu persona. Una imagen bucólica, ¿no te parece? Ahí estás, sentada en una esquina del dormitorio, en el suelo, pensando un poco en todo y en nada a la vez. Decisión tomada, What’s past is prologue, y otra más que se avecina. ¿Olvidar o recordar? RecordarTE, siempre desde el respeto y el cariño más profundos porque, por más cosas que no hicieras bien, por muchas meteduras de pata absurdas que hubieran, estaba todo lo demás. Todo lo demás, es el afecto que te tengo, la admiración en innumerables sentidos, una simpatía cariñosa que no se va así como así.

Seguramente no hablaremos nunca más. Pero nunca dejaré de reconocer que contigo volví a sentir emociones olvidadas. Olvidadas a voluntad propia, sí, claro. Pero olvidadas. Y solo contigo decidí dejarlas atrás. Me quité un muro inmensamente grueso, bien construido, solo ante el calor de tu voz y el ingenio de tus frases, casi siempre acertadas.

Tengo la confianza absoluta de que, en algún momento, leerás todo esto. Gracias, pequeño gruñón. Porque lo eres. Y yo fui otras tantas cosas contigo. Algunas, espléndidas. Siento no haberlas expresado mejor. Es tarde, incluso para mí.

La tormenta

Aleksander Nicolaievich Ostrovski (Алекса́ндр Никола́евич Остро́вский, 1823-1886), genio y creador del “teatro de costumbres” ruso, publica Гроза (La tormenta), representada por primera vez en 1859. Este drama en cinco actos se considera una de sus obras maestras. En Kalinov, una pequeña ciudad a las orillas del Volga, transcurre la acción en apenas días, especificando el autor los diez que pasan del tercer al cuarto acto. Como vemos, es un periodo corto de tiempo, de manera que el ímpetu de cada diálogo y los cambios de actitud e ideas en algunos de los personajes, se perciben con particular intensidad. La crítica social, el miedo, la infelicidad, y la contraposición de los valores antiguos y modernos, constituyen la temática principal.

Los personajes representan, con una cierta evidencia, valores que el autor clasifica como negativos o positivos, en boca de Kuliguin, quien se yergue como voz de sabiduría, consciencia y ciencia. Este personaje, desde un primer momento exaltado con la belleza de la naturaleza, permite interesantes reflexiones. Así, por ejemplo, en su conversación con Dikói sobre la tormenta, él alude a la recepción hermosa de un hecho natural, donde Dikói interpreta un castigo divino. La belleza de su discurso, así como la coherencia, junto con las referencias culturales, hacen de él un personaje imprescindible y atrayente. Esta cultura se subraya en su capacidad para escribir en verso, o cuando cita los versos de Lomonósov en el tercer acto. Además, aconseja libremente y transmite valores como el
perdón y la moral verdadera. Una moral que, cuando se pierde, priva de humanidad: “[…] funcionarios que han dejado de tener el aspecto de personas”. Así Ostrovski, por medio de Kuliguin, critica las costumbres de la época, reiterando su rechazo hacia la crueldad de la pequeña burguesía, a la que además atribuye características como la “vulgaridad” y la “miseria”. Utilizando su voz, dará su perspectiva sobre el trato hacia el trabajador y el papel del comerciante burgués que se aprovecha y es responsable de su propio hundimiento económico. Pareciera que el autor pretendiera exponer a la sociedad su visión personal sobre el momento, así como su deseo de ayudar, tal y como lo hace el personaje, a la “burguesía pobre”.


Ya desde un primer momento, en el que el autor presenta la lista de personajes y los describe discretamente, llama la atención que especifica “Todos los personajes, salvo Borís, están vestidos a la rusa”. Así establece una primera distancia entre Borís, quien no se adapta a las costumbres de la zona, y el resto de los habitantes, habituados a sus maneras de proceder. Borís ya critica la brutalidad de la clase social burguesa desde la perspectiva noble de su madre, quien a su vez era rechazada por la familia de su padre (burguesa). Este personaje, que se siente prisionero de su situación vital y profundamente inadaptado e infeliz, observa a Kuliguin con agrado. Lo describe como soñador y feliz, acercando a los dos personajes que, además, tienen conversaciones interesantes en las que
recapacitan sobre el panorama social. Se enamorará de Katerina, mujer casada. Lo que comienza con el dolor por la ausencia de una amada que no se ha tenido, y apenas conoce de vista, terminará con la separación de esta. El sentido trágico de la historia reside en estos dos personajes. Sus monólogos internos reflejan un lenguaje más elevado, además de un juego de voces. Así, cuando usa la primera persona, está cuestionándose. Con el
empleo de la segunda persona, se increpa con mayor vehemencia.

Esa costumbre a la que Borís no consigue adaptarse (“[…] lo nuestro, que es ruso, familiar, pero de todas maneras no logro acostumbrarme”), es a la que se refiere constantemente su tío Dikói. Este personaje, violento y malhumorado, insulta a los campesinos, es tacaño e injusto con sus empleados. Es el responsable del destino de Borís, al menos en sentido práctico. Encontrará comprensión en Kabanova, con quien comparte las ideas antiguas y la tiranía. Ella critica la falta de respeto de hijos a padres, no considerándola necesariamente recíproca. El tópico del enfrentamiento entre nuera y suegra se eleva hasta convertirse, Kabanova, en la responsable de la infelicidad de Katerina. Esta anciana, que encuentra “en los usos antiguos las buenas costumbres”, contrapone las ideas anteriores con respecto al matrimonio, el amor, la violencia, las órdenes e incluso el miedo hacia la figura masculina; con las ideas más modernas de su hijo Kabanov. Unas diferencias generacionales relativamente difuminadas por la actitud de ella, quien se impone en todo momento.


A cada vicio, hay una oposición moralmente adecuada. Así en Kudriash tendremos una crítica a la violencia y una alusión a la necesidad de la conversación. Además, este personaje aporta la otra visión de la cultura popular, aconsejando con empatía y entonando canciones en los momentos de distensión y casi intimidad.

Los personajes suelen interactuar en parejas. Así Varvara se convierte en reseñable, no tanto por su objetividad casi fría en casi todas sus actitudes, como en la defensa del personaje femenino. Con un marcado individualismo, muestra una cierta empatía por Katerina, a quien abiertamente expone: “no tienes ninguna necesidad de atormentarte”.


Katerina representa un tópico literario: cualquier tiempo pasado siempre fue mejor. Deja atrás una felicidad ensoñadora, para sumirse en un miedo atroz y la profunda infelicidad en la que se ve inmersa. Con una honda religiosidad, presagia su muerte como consecuencia de sus actos que, ella misma, define como pecado. La misma religión supone un refugio para enfrentarse a un destino inevitable y labrado por ella misma. No es la única contraposición que encontramos en el personaje. Se dirige a su felicidad-pecado porque ansía libertad, mientras que trata de resistir a su deseo. Su honestidad absoluta con respecto a Borís se desmiente en el intento de autoengañarse en ocasiones. Además, sus actos son pecados, y al mismo tiempo el pecado y los pensamientos impuros son culpa del demonio.


Feklusha alaba al comerciante, piadoso y generoso. Representa la hipocresía y difamación. El pecado justifica las acciones, y hace una crítica a las costumbres y gobiernos extranjeros. Para la peregrina, el bullicio mundano anuncia el fin del mundo, y el progreso es sinónimo de perdición. En ella vemos un elemento interesante: la alusión a la mitología eslava con “la serpiente de fuego”, por ejemplo. Esto la sitúa como personaje casi mitológico que augura un oscuro futuro y se opone a los personajes más jóvenes: la tradición se enfrenta al progreso.


La dama hace un discurso interesante sobre el pecado y su consecuencia, y cómo la belleza de la protagonista acabará en el fondo del río, anunciándolo. Recuerda a otros muchos personajes dramáticos que observan la escena y anticipan el resultado de la acción. Aunque se trate de una obra y autor posteriores, podría asemejarse al discurso que hace la propia muerte en La dama del alba, de Alejandro Casona (1903-1965).


Como puede observarse; pecado, destino, religiosidad, moral y crítica social son motivos principales. Pero no debe olvidarse que ya en el título encontramos la referencia a la tormenta. Este elemento meteorológico, que acontecerá en el drama y será lo que desate el final de la acción, es además un recurso en prácticamente cada diálogo. Para cada uno de los personajes, la tormenta tiene un significado diferente. Hemos comentado anteriormente que Kuliguin la observa como un fenómeno natural, así como Varvara hará alusión a ella como ese pensamiento que nubla las ideas más pragmáticas del día a día, Kabanov la encuentra en su núcleo familiar y en el mundo que le rodea, Kabanova y Dikói la interpretan como un hecho divino y castigador. Interesante es ver cómo, en Katerina, la tormenta refleja la consecuencia de sus actos. Teme la tormenta porque conoce que, cuando se desate, su vida tendrá un fin. Este final, profundamente trágico, toma fuerza en la despedida de los amantes. En ese
breve diálogo él admite ser “un pájaro en libertad”, que no representa sino en anhelo de Katerina, que le fue privado y en ese momento, con gravedad, le llevará a la muerte.


Se observan situaciones familiares diferentes, todas ellas con elementos a discutir y manifestando discrepancias entre generaciones y posiciones. El lenguaje no hace giros profundos, más allá de cuando se recitan versos, canciones, referencias de mayor profundidad cultural en Kuliguin. Se puede leer en numerosas ocasiones el uso de “madrecita” y “padrecito”, tratamientos de respeto en Rusia. Así como el empleo de “tártaro” como insulto.