Somos

Somos lo que pasa entre decisión y decisión. No lo que pasa, sino el espacio entre una y otra. Una mezcla de querer ser libres y ser conscientes de la imposibilidad del asunto, al menos en términos absolutos. Unos términos que, por regla general, no existen.

Una decisión no tiene que ser siempre trascendental, no vamos por ahí. Decides cuando coges el libro y te acomodas, entre cojines y mantas, a dejar la mente trabajar y volar al mismo tiempo. Has decidido que dormirás menos, que un autor va a hacerse con tu imaginación, una letras van a ocupar tu mirada. ¿Influye en algo? Claro que sí. A corto plazo, mañana estarás más cansada, inconscientemente también más feliz. A medio plazo, desarrollarás la memoria, el pensamiento y tu creatividad, sobre todo si continúas haciéndolo con frecuencia. A largo plazo, tus palabras reflejarán lo que otras construyeron y será un verdadero placer escucharte, o incluso leerte, en el mejor de los casos.

Decidimos lo que comemos, con quién hablamos, si queremos jugar a algo, acariciar a nuestro gato cuando se apoya en nosotros, sonreír a un niño que nos mira atentamente, ayudar a alguien que lo necesita. O no. Decidimos implicarnos en las pequeñas cosas de la vida, o no. Y le damos un valor, porque definirá nuestra persona lenta, pero consecuente y consecutivamente.

Decidimos qué jersey vestiremos, si iremos a hacer deporte más tarde o si, por el contrario, dedicaremos unos instantes a tomar decisiones más importantes o definitivas. Y al final, todo es sumamente vital, porque es nuestro tiempo el que se compromete. Y todos, más o menos capaces de meditarlo, valoramos algo que pasa irremediablemente. Queremos pasarlo bien. Cuando decimos pasarlo bien, ese lo, ese complemento directo, se refiere al bendito tiempo.

Un buen día, decides que esa persona no va a seguir en tu vida, por una cosa u otra. Nada grave: esto incrementa la dificultad de la decisión. Y te das cuenta de que no habrá más horas aferrada a un teléfono o, lo que es lo mismo, aferrada a sus risas y pensamientos más diversos y, a menudo, dispersos. Te alejas irremediablemente no sólo de la magia que ha rodeado a esa especie de relación idealizada que manteníais, sino de lo ideal y realmente maravilloso que ha generado en tu persona. Una imagen bucólica, ¿no te parece? Ahí estás, sentada en una esquina del dormitorio, en el suelo, pensando un poco en todo y en nada a la vez. Decisión tomada, What’s past is prologue, y otra más que se avecina. ¿Olvidar o recordar? RecordarTE, siempre desde el respeto y el cariño más profundos porque, por más cosas que no hicieras bien, por muchas meteduras de pata absurdas que hubieran, estaba todo lo demás. Todo lo demás, es el afecto que te tengo, la admiración en innumerables sentidos, una simpatía cariñosa que no se va así como así.

Seguramente no hablaremos nunca más. Pero nunca dejaré de reconocer que contigo volví a sentir emociones olvidadas. Olvidadas a voluntad propia, sí, claro. Pero olvidadas. Y solo contigo decidí dejarlas atrás. Me quité un muro inmensamente grueso, bien construido, solo ante el calor de tu voz y el ingenio de tus frases, casi siempre acertadas.

Tengo la confianza absoluta de que, en algún momento, leerás todo esto. Gracias, pequeño gruñón. Porque lo eres. Y yo fui otras tantas cosas contigo. Algunas, espléndidas. Siento no haberlas expresado mejor. Es tarde, incluso para mí.

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