Sofía en София, Bulgaria

A pocos kilómetros de la ciudad se encuentra la montaña de Vitosha. Parque Natural desde 1938, era una de las recomendaciones que me repetían una y otra vez, guías y ciudadanos. No debía dejar de ir, no podía perderme sus hectáreas de bosque. Que si la fauna, los paisajes, el silencio, la poca dificultad de algunos tramos, la extrema de otros. Que no me la perdiese. Y me la perdí. Una de las pocas veces en que no hago ni caso de quienes saben más que yo.

Desde el balcón del hotel, la miré desde el primer instante en que apareció ante mis ojos. Tenía un mal presentimiento, o eso creía. Me repetía que no debía aventurarme, sin entender del todo los motivos de esta extraña decisión. Pero miraba hacia la montaña, como quien observa por primera vez un fenómeno cualquiera. Curiosa, intrigada, inquieta. Deseando acercarme y salir corriendo, en dirección a ella. Jamás me planteé la dirección contraria, en la que sí conocía lo que podía encontrar. Aquello que me acompañaba y de lo que no conseguía liberarme del todo.

Con el paso de las horas, de los pocos días que pasé allí, comenzó a parecerme cada vez más grande. La sentía más cercana a mí, al balcón, a mis temores, que tomaban forma. Su peso comenzaba a doblar mi espalda. Dura, fría, parecía restar grados a aquellos días tan agradables de un calor que podía sobrellevar. Se me hincaba en las lumbares, y no en otra zona de la espalda.

Concentré mi atención en esa zona, hasta que el suspiro que me acariciaba la nuca comenzó a despistarme de todo lo anterior. Noté paulatinamente cómo subía la tensión a las cervicales, asentándose en cada vértebra, músculo y centímetro de piel. Se adueñaba así de cada percepción posible, limitando mis movimientos. Siquiera pude girar el cuello y ver qué era. Siempre estuvo ahí, aferrado, inhumano.

Con el pasar de los meses, decidí buscar una medicación que me librase del dolor. Porque sí, aquella opresión era ya un dolor inmenso por entonces. La encontré, como ocurre con todo lo que se busca con ahínco. Me deshice del mal y su coacción. Y una noche de aquellas, en las que la melancolía restablecía la complexión primitiva, volví a pensar en Vitosha.

Continuaba siendo pesada, más calida y menos intimidante. Había dado un paso, y no tuve miedo de deshacer mis pasos, caminando hacia delante, pero mirando hacia atrás.

Pude constatarme entonces de varios hechos que, acompañados de matices y reflexiones, tornarían en indispensables para el resto de mi vida. Así lo decidí en aquel momento. Uno de ellos, el principal, era la presencia ineludible del sol. El otro, la frase que recordé llevar tatuada en el costado. Y, por último, la necesidad de tener espejos siempre conmigo: esas personas en las que uno refleja el brillo de una mirada, una lágrima que es silencio, un beso contenido, el abrazo nunca dado.

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