La Ciudad del Sol

Tommaso Campanella. (2005). La Città del Sole/La ciudad del Sol. Barcelona: Ediciones Abraxas. ISBN:84-96196-54-2

Empezaré por la edición, por una cuestión de reconocimiento y, para qué negarlo, profundo agradecimiento. Con el prólogo de Alberto Savinio, y una buena introducción de Louise Colet, da paso a la edición bilingüe de un diálogo cuya página izquierda muestra el texto en italiano, mientras la de la derecha lo hace en español. Sus múltiples anotaciones se recogen al final, detrás del apéndice “Cuestiones sobre la mejor de las repúblicas”, escrito en 1609. Por cierto, de nuevo en español solamente. Pertenece así a la Serie Utopía, encabezada por la obra del mismo nombre de Tomás Moro. Una portada sencilla, encuadernación rústica y papel reciclado: consistente, serio, retando ya desde fuera.

La Ciudad del Sol es una utopía absolutamente distópica que se presenta en una conversación relativamente breve, desordenada, en la que Hospitalario (un caballero de la Orden de los Hospitalarios), ejerce el papel de interlocutor e interactúa, como lo haría el lector (ya inmiscuido en la historia desde la primera página), con Genovés. Se aborda así la organización de la Ciudad, en sus siete círculos concéntricos, bautizados con los nombres de los planetas; de las creencias religiosas, que sustentan y justifican este Estado teocéntrico; el aprendizaje de las artes y oficios; las costumbres de salud y la sanidad en general; el reglamento de esta ciudad sin apenas leyes, asegura; la seguridad y el arte de la guerra; las bases económicas y sus medios de subsistencia; el Sumo Sacerdote, también llamado Sol, y Metafísico; y un largo etcétera de cuestiones que trata con bastante desorden y cierta repetición.

Sorprenden: la atención a la mujer, con un enfoque sexista cuando menos, limitada en su libertad, destinada a procrear, víctima del deseo del hombre; la idea del pecado y de nuestra tendencia al “no ser y al desorden”, contrarios al “ser y la eficiencia” de Dios; la confianza en la existencia de otros mundos, que no contradiga que en Dios no cabe “la nada”; la segregación social en un sistema que la evita a toda costa.

Ante algunas lecturas, cabe hacerse varias preguntas, sobre todo para simplificar y allanar la opinión:

¿Ha sido una lectura amena? Sí. ¿Ágil? No. ¿Ardua? Tampoco. ¿He aprendido algo de ella? Deja reflexiones que se nutren en la capacidad crítica. ¿Volvería a leerla? No. ¿Creo que otro lector, tal vez más aficionado a la filosofía y a la política, disfrutaría más y mejor de ella? Absolutamente.

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