Contigo más, y mejor.

Que sí, que no, que no te aclaras. Que en tu búsqueda eterna de peros inconclusos despistaste la única objeción: tú. Ya te has perdido, seguro: un discurso demasiado largo. Demasiadas palabras que retumban inconexas, distantes. No: equidistantes. Porque eres la perfección hecha ser… qué. Ser humano no eres, eso seguro. Tanta definición raquítica para que al final, escasee tu conciencia propia, la determinación de tu persona. Y es que personalmente te diré algo, un discurso mal entendido es tan complicado de aclarar, de explicar, como una de tus sumas. Sumas… qué sumas… Aún puedo mirarte a los ojos en aquella pradera, canturreando no sé qué canción; de qué artista de los tuyos, egocéntrico hasta la médula, estarías hablando. Prometiendo, entre estrofa y estrofa, que sumarías, que sumaríamos. Que la única resta que conocería, sería a mis males, ahora compartidos. Después intervinieron las divisiones y las multiplicaciones, cómo no. Parecías la página de frases enviadas por correo de la revista Super Pop. Que vaya mierda de revista y lo que me gustaba, por cierto. Aunque está visto que me molan las mierdas, si no de qué habría consentido estar contigo. ¡Papanatas!

Un momento, qué porquería de insulto es ese…, piensa sorprendida, aún enfrentando unos ojos vidriosos en el espejo del baño. De brazos cruzados, piernas ligeramente abiertas, rectas, firmes. El cuello estirado, alzando la barbilla: postura propia de foto de carné de identidad. Los labios entreabiertos, el aire sale caliente, el pecho sube y baja, agitado. Va a ir allí, y a decirle las cuatro cosas a la cara. Y no le va a importar si le levanta la voz, tampoco su mirada de penetrante asco. Va a poner un punto y final a esa locura que lleva consumiéndola años… Cinco años ya, de gritos e improperios. De aprovechar los ratos en soledad para abrazarse frente al espejo que ahora le infunde valor, para decirse a sí misma que es una preciosidad por dentro y, mucho menos importante, por fuera. Que se merece cosas buenas, que se merece ser feliz. Que no tiene que permitir nada de esto. Pensamientos que se interrumpen con sus portazos: ha llegado a casa. De nuevo un portazo, ha salido. Y regresa a su espejo, para asegurarse de que la cara no siga hinchada, tratando de ocultar los signos que él le recuerda siempre que son de debilidad. Debilidad, tu p*** madre, pero sí, se siente sin fuerzas, endeble, sola. Sabe que no lo está. Pero los suyos no conocen la verdad que oculta tras las sonrisas de visita de hora y media.

Distraída, recorriendo mentalmente las oportunidades pasadas de haber mandado todo a freír puñetas, vuelve el pensamiento consciente de que todo el mundo quiere a este tipo. Les parece chistoso, divertido, amable, bonachón. Les resulta protector, cercano, campechano. Estabas mirándolo mucho, te he visto. Seguía repitiéndole esa frase. Hacía referencia a nunca había sabido qué vendedor de una tienda deportiva. Nunca lo supo… Y qué si lo hubiera mirado. Que tal vez, y solo tal vez, no habría sentido que la luz se extinguía, que la noche se adueñaba de sus iris, ya no tan marrones. Tienes los ojos verdes. No, solo se le ponían absolutamente verdes cuando lloraba. Eso hacía últimamente: los últimos cuatro años y medio.

Del día que escogió para hacerle frente, nunca habló. Tampoco tuvo con quién. No fue aquel día en el espejo, ni tampoco los veinte siguientes. Tal vez, al que hizo veintiuno, él pasó la barrera de lo físico y le cruzó la cara. Dicen por ahí que ella, discreto cinturón verde en kárate pero con una mala leche que no se contenía en ningún objeto por estar alimentada en llantos de humillación, impidió la segunda. Lo derribó y corrió. Solo volvieron a enfrentarse una vez más, cuando sacó todos los objetos de aquella casa del terror. Llantos, súplicas y juramentos, hicieron de música de fondo para una novela que tenía un final más anunciado que el de la crónica del buen García Márquez.

La muerte fue solo emocional. Solo. Qué ironía. La resurrección llegó dos meses y medio más tarde. Despertó sin miedo, consciente de que la pesadilla había quedado atrás. Llegaron otras, y algunas combatieron durante largas jornadas con recuerdos mal adheridos. ¿Qué ganó? Nada: la pregunta es quién. Ella.


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