El prisionero de Zenda

“El prisionero de Zenda” (“The prisoner of Zenda” en su versión original) es una novela publicada en 1894 por Sir Anthony Hopes (1863-1933). Una novela de aventuras, viajes y valores morales entrelazados con sentimientos puros que luchan contra ideas, a menudo menos puras. Y vencen, siempre. Porque el coraje, el amor, la lealtad y la lucha, predominan sobre cualquier otro detalle de la trama. Transcurre en el territorio de Ruritania, un país ficticio en el que Rodolfo Rassendyll deberá, valiéndose de su estrecho parecido, salvar a su primo (el rey), secuestrado por el primo de este (el duque Miguel) porque, por supuesto, desea quedarse con el trono y la mujer que lo acompañará en él.

Ya sabrás que no me gusta revelar el final, principalmente por no privarte del placer de la lectura, así que tampoco lo haré ahora. Sin embargo, sí te contaré algunos detalles. Para empezar, estamos hablando de una obra breve, apenas de 143 páginas en la edición que he tenido en mis manos (una de impresión bajo demanda, de Amazon, bastante mejorable en términos de maquetación y traducción). Son páginas que corretean a caballo, en tren, a pie; a ratos entre acciones ágiles, otras tantas con sigilo y atención. El movimiento se mantiene y el ritmo acelera, haciendo de la última tercera parte la porción idónea de un relato adecuado para niños y adultos. Rencillas familiares, tradiciones y cambios generacionales se enuncian en boca del protagonista, que no solo habla en primera persona, sino también comparte sus pensamientos y emociones durante la narración. Éste, movido por la curiosidad y el deseo, se embarca en una aventura que relata en el libro. Un detalle que llama especialmente la atención es que el protagonista anticipa el resultado de la mayoría de sus acciones, de manera que el placer de la lectura no se haya en la intriga, sino en el proceso mental y románticamente – una palabra que hará sonreír a cierta persona, cuando llegue hasta aquí- caballeresco, que nos guía y divierte a partes iguales. Estrelsau y Zenda, ciudades que acogen castillos heroicos y antagónicos, constituyen los centros de acción de este caballero inglés que se define a sí mismo como un “segundón de buena casa; hombre sin gran fortuna, posición, ni rango”.

La princesa Flavia será fuente de distracción y pasiones certeras. De ella también se vale el autor para evidenciar la época en la que se data esta historia. “¿Pero somos mujerzuelas o qué?”, “[…] porque nunca está de más infundir cierto grado de temor a las mujeres que nos quieren […]”. Pero, dejando a un lado lo evidente, es un personaje que destaca por su hermosura y nobleza, tal y como Rodolfo la define, así como por la firmeza de sus decisiones y la sencillez de su amor.

Federico de Tarlein y el coronel Sarto son dignos compañeros de viaje y mejores representaciones de la naturaleza del ser humano, siendo la del primero más limpia y fiel; la de Sarto, relativamente puesta en duda por Rodolfo, quien observa en repetidas ocasiones que el coronel se mueve por una valentía incomparable y por sentimientos no tan honorables como cabría presumir.

El papel de la consciencia, para discernir entre el bien y el mal, lo honorable y lo cuestionable, es imprescindible. Así como el hado, el porvenir y Dios, compiten por el destino de los hombres, quienes no dejan nada a su suerte y, sin embargo, aluden a ellos constantemente. Además, se percibe un cierto simbolismo en el uso de colores como el negro (empleado para los pensamientos más oscuros, y para apodar al duque) y el rojo (en el cabello; “¡Es rojo, luego es bueno!”); en la división de la ciudad en dos partes, siendo la nueva adepta al rey, y la vieja, al duque.

Una cierta comicidad se deja entrever en multitud de diálogos. La interacción entre todos ellos resulta imprescindible. El resumen que el propio Rodolfo hace al final de la obra devuelve al lector al principio, creando una estructura cíclica y cerrada.

Por último, me gustaría admitir y a título personal, que he leído cada página con la cálida certeza de que las disfrutaste antes tú, E. Me encanta que compartas conmigo tu vida desde hace tantos años y, desde hace no tanto, también las lecturas. Te quiero, mucho.

“No siempre- dijo-, hace Reyes el Cielo a quienes deberían llevar corona”.

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