Carta al escritor

He terminado otra lectura. Esta era diferente: rompedora, original, crítica, satírica y chocante. De nuevo, Mijaíl Bulgákov ha sido el fruto de mis obsesiones durante unas horas, pocas, que me parecieron poquísimas. Corazón de perro, qué maravilla: os la recomiendo.

Por fin puedo hablar de rasgos comunes en sus novelas. Ya noto esos diálogos predominantes, las crónicas bien introducidas. Escenifica cada momento con una maestría que yo, sencillamente te adoro. Ahora vendría esa frasecita de si yo hubiera podido vivir en tu época y conocerte. Pues de haber sido así, nada. Porque la censura soviética te hizo la vida imposible. La que es considerada tu obra maestra, vio la luz cuando tú ya no podías hacerlo. Y las otras, vaya, siquiera podías publicarlas con libertad, ni los textos completos. Aunque los compartieran por ahí, a escondidas. Tu fama, como la de muchos grandes hombres y mujeres, tomó fuerza cuando tú ya no estabas para verlo. Qué sensación de desasosiego siento cuando lo pienso fríamente. Tú, que llevaste el drama a la novela, la novela al drama, la vida al papel.

Leo, leo y releo. Me hace sonreír cuando te diriges al lector, a mí en ese momento y lugar. Si tu prosa ya eleva y transporta del espacio que sea, a aquel que tú elegiste hace casi un siglo ya; cuando el guiño toma forma, no puedo evitar pensar en cómo gesticularías tú. Cómo se te habrán ocurrido algunas similitudes, metáforas. De dónde sacaste el humor, en una vida que no dejaba reír. Ni comer, según que momentos.

Es extraño escribir a alguien que nunca conocí, que perteneció a otros ríos y montañas, que siquiera hablaba el mismo idioma que hablo yo. Y sin embargo, siento que te conozco. Que el estudio de las lenguas tiene sentido cuando uno es capaz de, poco a poco, leerte en versión original. Y me siento melancólica y afortunada a partes iguales. ¿Se te pasaría por la cabeza en algún momento que serías tan respetado y admirado por la exigente comunidad lectora?

Esto pretendía ser una reseña literaria, y mira cómo ha terminado. Escribiéndote yo a ti. Las agallas de saber que no me puedes leer. Qué valiente es la ignorancia, y mucho más el conocimiento.

“No. Nunca más, ni siquiera cuando me venza el sueño, murmuraré con arrogancia que ya lo he visto todo. No. Ha pasado un año, y pasará otro y será tan rico en nuevas experiencias como el anterior… Una verdadera lección de humildad” (Diario de un joven médico, Mijaíl Bulgákov).

Y de ilusión.

Y más preguntas.

A través de la pantallita del teléfono móvil, de la interfaz ya repetitiva de la aplicación de mensajería instantánea, he vuelto a imaginar lo que ya creí real hace un año, hace dos, hace tres, hace tanto. ¿Cuántos años llevamos jugando a la vida? ¿Qué sentido tiene?

Esta vez, regresé yo. Y lo hice sin saberlo. Sintiendo un impulso natural, una consecuencia del recuerdo, que se repetía en el curso de los días. Volví y pensé “ya he vuelto a meter la pata”. Y equivocándome contigo, de nuevo encontré un rincón más confortable que cualquier otro recuerdo. Pero qué pasa…

Siempre fuiste ese “algo” pendiente, llámalo amor platónico, llámalo asignatura pendiente. Pero siempre fuiste. Y yo intenté ser. Hoy me pregunto, realmente me interrogo, si esto no es más que un tonteo adolescente que pasó de rosca, o es algo más en dos cobardes. Seguramente sea lo primero, no te entusiasmes. Qué poco me gusta la idea de aceptar una supuesta cobardía.

Y había olvidado tu voz.

¿Elegiste la realidad que te convenía creer?