3.

La siguiente vez que nos vimos, llevaba un corte de pelo diferente. Vestía unos vaqueros que le sentaban bien, y una blusa vaporosa, de esas que parecen decir que donde un hombro saluda, la espalda se ruboriza y vuelven a contar hasta diez los bordados del pecho. Qué podría yo decirle, tanto tiempo después. Una incertidumbre que me recorría pecho y labios. Labios ocultos por la mascarilla, resguardados, tímidos.

Me miró de lejos, como quien no ve nada de interés. La mirada estaba perdida o distraída, quién sabe. Salió sin comprar nada. No lo entendí.

Busqué en el historial de pedidos su número de teléfono. ¿Era demasiado atrevido mandarle un mensaje?

Sigo pensándomelo…

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