Como si nunca hubieras existido

Cómo vas a evitar un leísmo, si no sabes lo que es. Cómo ibas a entender mis confesiones, si solo has conocido los confesionarios católicos. Cómo íbamos a querernos bien, si eres más de adverbios de cantidad, que de modo. Cómo fuiste capaz de versionar mis canciones, de modificar mis versos. De proyectar una imagen oscura mientras yo trataba de conservar la tuya. Ya no lo hago más, ya cuento la verdad. Ahora ya es tarde.

Cómo fueron los cielos tan azules, si la noche los absorbía. Cómo las estrellas se veían tan fuerte, porque se hacía cada sensación “fuerte”. ¿Conociste más adjetivos? Cómo el espacio era finito e infinito al mismo tiempo. Cómo se puede decir “te quiero” con tanta facilidad. Con la misma que dejamos de decirlo. Qué natural, ¿no?

¿Cómo puedes darte por aludido en todo esto?

Es probable que una frase sea tuya; otra, mía; aquella, suya. No sería de extrañar que alguna incluso resultase común. Recuerdo ahora el mechero de mi amiga. Es rojo y cita con claridad en blanco: “La sabiduría me persigue, pero yo soy más rápida”. Ojalá regalarte uno sin letras, sin mensaje, sin promesas de tinta sin papel.

Tengo tu perfil dibujado en mis ojos. Tu perfil, tumbados al mismo nivel. Sonreías. Yo te miraba. Y me reía, porque estabas diciendo otra tontería. Como buen tonto, tonterías. Claro que sí. Tengo tus silencios tatuados en el alma: porque un tonto está más guapo callado. No te engañes, ni te dejes engañar.

Y aunque tengo todo esto –las reflexiones absurdas, preguntas infinitas, un poco de rabia gracias a tu comportamiento posterior–, la melancolía es más grande. Es una melancolía egoísta, demandante de atención y cuidados. Es una agonía chillona: ¡otra vez! Sí, tía, otra vez. Otra vez la he liado, y no es que me importe demasiado. Es más, no me importa nada. Pero durante unos días, menos horas de lo que me hubiera deseado, me importó lo suficiente como para abstraerme del mundo. Fue … como si … Porque no fue nada, en realidad. Pero cuando los “cómos” se transforman en “como si”, cómo no: ¡pum! Nunca existieron.

Gandhi ganó una guerra sin violencia, con paz. Yo ya hice lo propio contigo. Y en la paz del silencio te digo algo: como si no hubiera sabido siempre que esto acabaría así.

Quién diría qué, cómo y cuándo, dónde. Qué más da; cuando el silencio es como si allá donde estuvieras, lo que dijera quien quiera que fuera, no existiera.

Verano 2021

Algún día, cuando tenga tiempo real, os contaré qué hace esta organización, de la que tuve la suerte de formar parte este año. Durante el mes de agosto se materializó todo el esfuerzo que llevamos a cabo durante muchos meses.
Solo os puedo recomendar que entréis aquí: https://www.rutainti.com y os dejéis cautivar por el espíritu –siempre vivo– de la Ruta Quetzal, ahora recuperado y conservado entre los inteños.

Ojalá más proyectos nos abrieran los ojos y la mente al mundo.

Pasa página

Alguien me dijo hace unos días que cuando pasa página, se afeita. Utilizó mal la expresión. No quería decir lo que quiere decir. Pero se afeitó, como quien se propone cambiar aquellas características que no le hacen tan feliz, o no le aportan tanta estabilidad. Algo así.
Hoy me he preguntado cómo paso página yo. He encontrado la respuesta, claro que sí. Y lo he llevado a cabo. Por supuesto, me refería a cambiar algo que no me gusta. He aprendido que podemos usar la expresión también para eso. ¿Por qué seguir cerrándome a aquello que conozco, si se me abren las puertas de un mundo inmenso alrededor?
Al final, somos momentos. Somos lo que pensamos por la noche, cuando ya nos hemos tumbado en la cama con objeto de dormir. Somos esa última idea que atraviesa la mente y, afortunadamente, a veces nos hace sonreír.

Sigo confiando en el plan, aunque hoy no tenga tanto sentido.