Te muerdo, me digo.

Tumbada en la cama, me acompaña Gretel, mi preciosa gata de unos diez años ya. Leal y cariñosa, dos rasgos que compagina con un carácter sorprendente y que no todo el mundo alcanza a comprender. A veces muerde, buscando atenciones y mimos que no llegan. Y ella mira fijamente, sin entender las reacciones. Es algo que observo desde fuera, alejada, pues nunca lo vivo en primera persona. Yo entiendo a Gretel, y ella parece entenderme a mí, al menos cuando se tumba a mi lado discretamente, como si supiera que justo ahora, la necesito.

Presumo de entender la naturaleza humana, tantas veces y otras también. Y sin embargo, no es cierto. Cada vez nos comprendo menos. He llegado a un punto de no retorno que me asusta, no os voy a engañar. Se me encoje el estómago cuando recuerdo las últimas experiencias románticas que he tenido, si es que se pueden llamar románticas. Seguramente, no.

He sentido posibles amores marchitarse por el efecto duradero de un embrujo anterior. He conocido y muy de cerca los anhelos silenciados de personas aparentemente simples y vacías. Finalmente lo estaban, pero sus deseos los dotaban de una sensación de humanidad casi perpetua, magnética si acaso. Y cuando me he logrado posicionar como conocedora de la verdadera naturaleza, la decepción se ha adueñado de mí.

No tengo treinta años, y sí he tenido treinta experiencias negativas, y más de treinta. Es cierto, yo me aferro a lo positivo como si fuera mi oxígeno. Pero también es cierto que empiezo a estar cansada y decepcionada. Percibo emociones varias como una selección caprichosa que solo coexiste entre la literatura y otras artes. Y amo la literatura, no me entendáis mal. Pero ese mundo real en el que bailo cada día, parece más frío, ahora despojado de ilusiones inocentes y casi infantiles.

Crecí con la idea de la esperanza y la fe en la humanidad. Y yo os pregunto: ¿os pensáis vivos por caminar así por el mundo?

Haceos responsables de vuestras propias ideas, reflexiones y percepciones. Y que no os las quiten. Pero vosotros… haceos responsables de algo. Que vais teniendo una edad.

Contigo más, y mejor.

Que sí, que no, que no te aclaras. Que en tu búsqueda eterna de peros inconclusos despistaste la única objeción: tú. Ya te has perdido, seguro: un discurso demasiado largo. Demasiadas palabras que retumban inconexas, distantes. No: equidistantes. Porque eres la perfección hecha ser… qué. Ser humano no eres, eso seguro. Tanta definición raquítica para que al final, escasee tu conciencia propia, la determinación de tu persona. Y es que personalmente te diré algo, un discurso mal entendido es tan complicado de aclarar, de explicar, como una de tus sumas. Sumas… qué sumas… Aún puedo mirarte a los ojos en aquella pradera, canturreando no sé qué canción; de qué artista de los tuyos, egocéntrico hasta la médula, estarías hablando. Prometiendo, entre estrofa y estrofa, que sumarías, que sumaríamos. Que la única resta que conocería, sería a mis males, ahora compartidos. Después intervinieron las divisiones y las multiplicaciones, cómo no. Parecías la página de frases enviadas por correo de la revista Super Pop. Que vaya mierda de revista y lo que me gustaba, por cierto. Aunque está visto que me molan las mierdas, si no de qué habría consentido estar contigo. ¡Papanatas!

Un momento, qué porquería de insulto es ese…, piensa sorprendida, aún enfrentando unos ojos vidriosos en el espejo del baño. De brazos cruzados, piernas ligeramente abiertas, rectas, firmes. El cuello estirado, alzando la barbilla: postura propia de foto de carné de identidad. Los labios entreabiertos, el aire sale caliente, el pecho sube y baja, agitado. Va a ir allí, y a decirle las cuatro cosas a la cara. Y no le va a importar si le levanta la voz, tampoco su mirada de penetrante asco. Va a poner un punto y final a esa locura que lleva consumiéndola años… Cinco años ya, de gritos e improperios. De aprovechar los ratos en soledad para abrazarse frente al espejo que ahora le infunde valor, para decirse a sí misma que es una preciosidad por dentro y, mucho menos importante, por fuera. Que se merece cosas buenas, que se merece ser feliz. Que no tiene que permitir nada de esto. Pensamientos que se interrumpen con sus portazos: ha llegado a casa. De nuevo un portazo, ha salido. Y regresa a su espejo, para asegurarse de que la cara no siga hinchada, tratando de ocultar los signos que él le recuerda siempre que son de debilidad. Debilidad, tu p*** madre, pero sí, se siente sin fuerzas, endeble, sola. Sabe que no lo está. Pero los suyos no conocen la verdad que oculta tras las sonrisas de visita de hora y media.

Distraída, recorriendo mentalmente las oportunidades pasadas de haber mandado todo a freír puñetas, vuelve el pensamiento consciente de que todo el mundo quiere a este tipo. Les parece chistoso, divertido, amable, bonachón. Les resulta protector, cercano, campechano. Estabas mirándolo mucho, te he visto. Seguía repitiéndole esa frase. Hacía referencia a nunca había sabido qué vendedor de una tienda deportiva. Nunca lo supo… Y qué si lo hubiera mirado. Que tal vez, y solo tal vez, no habría sentido que la luz se extinguía, que la noche se adueñaba de sus iris, ya no tan marrones. Tienes los ojos verdes. No, solo se le ponían absolutamente verdes cuando lloraba. Eso hacía últimamente: los últimos cuatro años y medio.

Del día que escogió para hacerle frente, nunca habló. Tampoco tuvo con quién. No fue aquel día en el espejo, ni tampoco los veinte siguientes. Tal vez, al que hizo veintiuno, él pasó la barrera de lo físico y le cruzó la cara. Dicen por ahí que ella, discreto cinturón verde en kárate pero con una mala leche que no se contenía en ningún objeto por estar alimentada en llantos de humillación, impidió la segunda. Lo derribó y corrió. Solo volvieron a enfrentarse una vez más, cuando sacó todos los objetos de aquella casa del terror. Llantos, súplicas y juramentos, hicieron de música de fondo para una novela que tenía un final más anunciado que el de la crónica del buen García Márquez.

La muerte fue solo emocional. Solo. Qué ironía. La resurrección llegó dos meses y medio más tarde. Despertó sin miedo, consciente de que la pesadilla había quedado atrás. Llegaron otras, y algunas combatieron durante largas jornadas con recuerdos mal adheridos. ¿Qué ganó? Nada: la pregunta es quién. Ella.


Los números ordinales

¡Hola a todos! Bienvenidos a Impara lo spagnolo de nuevo. Vamos, hoy, a ver los números ordinales.

Evidentemente por orden, intentaremos hacer todos del uno (1) al veinte (20), y de ahí en adelante veremos las decenas. Vamos con ellos: primero (1º), segundo (2º), tercero (3º), cuarto (4º), quinto (5º), sexto (6º), séptimo (7º), octavo (8º), noveno (9º), décimo (10º). ¡Seguimos: undécimo (11º), duodécimo (12º), decimotercero (13º), decimocuarto (14º), decimoquinto (15º), decimosexto (16º), decimoséptimo (17º), decimoctavo (18º), decimonoveno (19º), vigésimo (20º)! Tened en cuenta que todos estos números (decimosegundo, decimotercero, decimocuarto, etc.) se escriben juntos: es una sola palabra. De ahí en adelante:
– 30º trigésimo
– 40º cuadragésimo
– 50º quincuagésimo
– 60º sexagésimo
– 70ª septuagésimo
– 80º octogésimo
– 90º nonagésimo
– 100º centésimo
– 202º ducentésimo segundo (200º=ducentésimo + 2º= segundo)
– 500º quingentésimo
– 300º tricentésimo
– 400º cuadringentésimo
– 900º noningentésimo
– 1000º milésimo
– 2000º dosmilésimo
– 1 000 000 millonésimo

Cómo verás es muchísimo más fácil de lo que parece pero repítelo hasta que lo memorices. Lo importante es hacerte con una lista completa para verlos escritos. El truco es, como siempre, repetirlo una y otra vez hasta que lo tengamos muy, muy claro. Eso sí, debéis saber que prácticamente no utilizamos algunos de ellos, salvo en situaciones muy particulares (que estemos en un ámbito de matemáticas, de ciencia, trabajando con cifras muy grandes, …). Lo que sí es muy básico y necesario es que sepáis, sobre todo, del 1º al 10º.  

Muchas gracias por leerme. ¡Para dudas, comentarios y/o cualquier otra cosa, dirígete a la sección “Contacto”! Estaré feliz de responderte.

¡Hasta pronto!

La Ciudad del Sol

Tommaso Campanella. (2005). La Città del Sole/La ciudad del Sol. Barcelona: Ediciones Abraxas. ISBN:84-96196-54-2

Empezaré por la edición, por una cuestión de reconocimiento y, para qué negarlo, profundo agradecimiento. Con el prólogo de Alberto Savinio, y una buena introducción de Louise Colet, da paso a la edición bilingüe de un diálogo cuya página izquierda muestra el texto en italiano, mientras la de la derecha lo hace en español. Sus múltiples anotaciones se recogen al final, detrás del apéndice “Cuestiones sobre la mejor de las repúblicas”, escrito en 1609. Por cierto, de nuevo en español solamente. Pertenece así a la Serie Utopía, encabezada por la obra del mismo nombre de Tomás Moro. Una portada sencilla, encuadernación rústica y papel reciclado: consistente, serio, retando ya desde fuera.

La Ciudad del Sol es una utopía absolutamente distópica que se presenta en una conversación relativamente breve, desordenada, en la que Hospitalario (un caballero de la Orden de los Hospitalarios), ejerce el papel de interlocutor e interactúa, como lo haría el lector (ya inmiscuido en la historia desde la primera página), con Genovés. Se aborda así la organización de la Ciudad, en sus siete círculos concéntricos, bautizados con los nombres de los planetas; de las creencias religiosas, que sustentan y justifican este Estado teocéntrico; el aprendizaje de las artes y oficios; las costumbres de salud y la sanidad en general; el reglamento de esta ciudad sin apenas leyes, asegura; la seguridad y el arte de la guerra; las bases económicas y sus medios de subsistencia; el Sumo Sacerdote, también llamado Sol, y Metafísico; y un largo etcétera de cuestiones que trata con bastante desorden y cierta repetición.

Sorprenden: la atención a la mujer, con un enfoque sexista cuando menos, limitada en su libertad, destinada a procrear, víctima del deseo del hombre; la idea del pecado y de nuestra tendencia al “no ser y al desorden”, contrarios al “ser y la eficiencia” de Dios; la confianza en la existencia de otros mundos, que no contradiga que en Dios no cabe “la nada”; la segregación social en un sistema que la evita a toda costa.

Ante algunas lecturas, cabe hacerse varias preguntas, sobre todo para simplificar y allanar la opinión:

¿Ha sido una lectura amena? Sí. ¿Ágil? No. ¿Ardua? Tampoco. ¿He aprendido algo de ella? Deja reflexiones que se nutren en la capacidad crítica. ¿Volvería a leerla? No. ¿Creo que otro lector, tal vez más aficionado a la filosofía y a la política, disfrutaría más y mejor de ella? Absolutamente.