Los asinápticos

Qué momento, señores, qué momento. Volví a recaer, volví a dejar de fumar. Pienso volver a intentarlo hasta que lo consiga. Es la filosofía de vida que profeso y, desde que me adherí al círculo de los cabezones, no me va nada mal.

No estoy contenta de haber recaído, claro que no. Pero estoy feliz de haber vuelto a coger impulso. La lucha continúa.

Entre los nuevos retos he encontrado una semana llena de ansiedad. Ya sabemos la ansiedad es la mejor amiga del fumador, siempre unido a sus buenas excusas. Y, desde luego, los idiotas. “Los idiotas”, bien podrían hacer un grupo cerrado y pagar cuota, son una serie de personas con poca empatía y menos capacidad, que cuando saben que estás haciendo un esfuerzo por no fumar te dicen cosas como: “venga, tonta, por uno no pasa nada”, “si no lo vas a conseguir”, “a ver lo que te dura”, “yo si fuera tú lo dejaba en una época de menos estrés”, etc. Qué pocas conexiones neuronales, en serio. Sinapsis, creo que se llamaban. Asinápticos.

 

Día 1

Hoy soy una exfumadora. Por mucho que lea en tropecientos libros y artículos que un fumador es fumador siempre, incluso cuando no fuma. Por mucho que sea consciente del tiempo que tarda el cuerpo en expulsar la nicotina y el resto de porquería. Para qué hablar de los años que mi capacidad pulmonar puede necesitar.

Ya sé todo eso. Y también sé que soy exfumadora hoy, que he fumado. ¡He fumado el último cigarro hace apenas cinco minutos! ¿Cómo tengo el descaro de afirmar que soy algo por lo que algunos llevan luchando media vida con la premisa de conseguirlo jamás por haber fumado previamente? Pues con tanto descaro como decisión. Yo hoy decido que ya no fumo. Que lo voy a pasar fatal, voy a sentir ansiedad, y en muchos momentos voy a no ser capaz de controlar mis emociones o reacciones por puro “mono”. Pero soy consciente de todo eso, del perjuicio del tabaco, y de lo mal que huelo. Soy muy conocedora de que cuando apenas puedo ir corriendo de un sitio a otro, no es por falta de capacidad física, sino por el maldito tabaco. No distingo un perfume sobre mi piel. Y tampoco puedo gastarme los, aproximadamente, 9 000 euros que he tirado en un vicio. Qué locura.

Así que sí, hoy soy ya una exfumadora. Preparada para subirme por las paredes, tener dudas en muchos  momentos, sentirme débil e incapaz, seguramente comer más. Y por supuesto, para soportar que tanta gente diga cosas como: “Ah, X días no son nada. Te queda un largo camino”;”Nunca se consigue del todo. Al final caes y lo vuelves a dejar”; “Qué estupidez, si de algo hay que morir”; “Anda, échate uno, si por uno no pasa nada”; “¿Seguro que no quieres uno? Mira que tienes mucha ansiedad”. Y todos esos imbéciles que caminan con el mundo con más lengua que coherencia.

Si te unes a la causa, recuerda que lo que te esté pasando a partir de mañana no será, ni muchísimo menos, excepcional. Inspírate en las personas que consiguen sus metas. No focalices solo en esta puta droga cara. Piensa en el que cambia su estilo de vida, en aquel que consigue correr una media maratón por primera vez, en el que deja de ir a las cadenas de comida rápida porque quiere comer sano, en el que saca unos exámenes muy complicados, en aquel que supera una enfermedad psicológica, en ese que ha pasado una época malísima y ahora ríe todo el día. Visualiza casos de éxito con esfuerzo. Mañana puedes empezar el tuyo.

Qué nervios. Encima mañana tengo una cita (una cita con un amigo también es una cita) y estar en la calle me dará más ganas de fumar. Inestabilidad. La idea acaba con un recuerdo. Casualmente mi amigo dejó de fumar hace un año. Inspiración  otra vez. ¿Se puede? Claro, yo puedo.