Invece se…

No esperes que sea el jueves, el día en que los colores se mezclen armónicamente. Tampoco el viernes, ni el sábado, ni el domingo. No pienses que todo vendrá porque sí, porque la vida te dota de la bendición engañosa de acceder a la verdad, como si fuera tan fácil, tan tuya, tan de nosotros. Seres humanos complejos, despistados del correr de las horas, del pasar de los días. Y te preguntas si estoy hablando de lo mismo. Seguramente, no. Somos tan diversos como nuestros ADN, capricho de la genética y del destino. No quieras entender todo. A menudo es suficiente con entenderse a uno mismo.

Te muerdo, me digo.

Tumbada en la cama, me acompaña Gretel, mi preciosa gata de unos diez años ya. Leal y cariñosa, dos rasgos que compagina con un carácter sorprendente y que no todo el mundo alcanza a comprender. A veces muerde, buscando atenciones y mimos que no llegan. Y ella mira fijamente, sin entender las reacciones. Es algo que observo desde fuera, alejada, pues nunca lo vivo en primera persona. Yo entiendo a Gretel, y ella parece entenderme a mí, al menos cuando se tumba a mi lado discretamente, como si supiera que justo ahora, la necesito.

Presumo de entender la naturaleza humana, tantas veces y otras también. Y sin embargo, no es cierto. Cada vez nos comprendo menos. He llegado a un punto de no retorno que me asusta, no os voy a engañar. Se me encoje el estómago cuando recuerdo las últimas experiencias románticas que he tenido, si es que se pueden llamar románticas. Seguramente, no.

He sentido posibles amores marchitarse por el efecto duradero de un embrujo anterior. He conocido y muy de cerca los anhelos silenciados de personas aparentemente simples y vacías. Finalmente lo estaban, pero sus deseos los dotaban de una sensación de humanidad casi perpetua, magnética si acaso. Y cuando me he logrado posicionar como conocedora de la verdadera naturaleza, la decepción se ha adueñado de mí.

No tengo treinta años, y sí he tenido treinta experiencias negativas, y más de treinta. Es cierto, yo me aferro a lo positivo como si fuera mi oxígeno. Pero también es cierto que empiezo a estar cansada y decepcionada. Percibo emociones varias como una selección caprichosa que solo coexiste entre la literatura y otras artes. Y amo la literatura, no me entendáis mal. Pero ese mundo real en el que bailo cada día, parece más frío, ahora despojado de ilusiones inocentes y casi infantiles.

Crecí con la idea de la esperanza y la fe en la humanidad. Y yo os pregunto: ¿os pensáis vivos por caminar así por el mundo?

Haceos responsables de vuestras propias ideas, reflexiones y percepciones. Y que no os las quiten. Pero vosotros… haceos responsables de algo. Que vais teniendo una edad.

Contigo más, y mejor.

Que sí, que no, que no te aclaras. Que en tu búsqueda eterna de peros inconclusos despistaste la única objeción: tú. Ya te has perdido, seguro: un discurso demasiado largo. Demasiadas palabras que retumban inconexas, distantes. No: equidistantes. Porque eres la perfección hecha ser… qué. Ser humano no eres, eso seguro. Tanta definición raquítica para que al final, escasee tu conciencia propia, la determinación de tu persona. Y es que personalmente te diré algo, un discurso mal entendido es tan complicado de aclarar, de explicar, como una de tus sumas. Sumas… qué sumas… Aún puedo mirarte a los ojos en aquella pradera, canturreando no sé qué canción; de qué artista de los tuyos, egocéntrico hasta la médula, estarías hablando. Prometiendo, entre estrofa y estrofa, que sumarías, que sumaríamos. Que la única resta que conocería, sería a mis males, ahora compartidos. Después intervinieron las divisiones y las multiplicaciones, cómo no. Parecías la página de frases enviadas por correo de la revista Super Pop. Que vaya mierda de revista y lo que me gustaba, por cierto. Aunque está visto que me molan las mierdas, si no de qué habría consentido estar contigo. ¡Papanatas!

Un momento, qué porquería de insulto es ese…, piensa sorprendida, aún enfrentando unos ojos vidriosos en el espejo del baño. De brazos cruzados, piernas ligeramente abiertas, rectas, firmes. El cuello estirado, alzando la barbilla: postura propia de foto de carné de identidad. Los labios entreabiertos, el aire sale caliente, el pecho sube y baja, agitado. Va a ir allí, y a decirle las cuatro cosas a la cara. Y no le va a importar si le levanta la voz, tampoco su mirada de penetrante asco. Va a poner un punto y final a esa locura que lleva consumiéndola años… Cinco años ya, de gritos e improperios. De aprovechar los ratos en soledad para abrazarse frente al espejo que ahora le infunde valor, para decirse a sí misma que es una preciosidad por dentro y, mucho menos importante, por fuera. Que se merece cosas buenas, que se merece ser feliz. Que no tiene que permitir nada de esto. Pensamientos que se interrumpen con sus portazos: ha llegado a casa. De nuevo un portazo, ha salido. Y regresa a su espejo, para asegurarse de que la cara no siga hinchada, tratando de ocultar los signos que él le recuerda siempre que son de debilidad. Debilidad, tu p*** madre, pero sí, se siente sin fuerzas, endeble, sola. Sabe que no lo está. Pero los suyos no conocen la verdad que oculta tras las sonrisas de visita de hora y media.

Distraída, recorriendo mentalmente las oportunidades pasadas de haber mandado todo a freír puñetas, vuelve el pensamiento consciente de que todo el mundo quiere a este tipo. Les parece chistoso, divertido, amable, bonachón. Les resulta protector, cercano, campechano. Estabas mirándolo mucho, te he visto. Seguía repitiéndole esa frase. Hacía referencia a nunca había sabido qué vendedor de una tienda deportiva. Nunca lo supo… Y qué si lo hubiera mirado. Que tal vez, y solo tal vez, no habría sentido que la luz se extinguía, que la noche se adueñaba de sus iris, ya no tan marrones. Tienes los ojos verdes. No, solo se le ponían absolutamente verdes cuando lloraba. Eso hacía últimamente: los últimos cuatro años y medio.

Del día que escogió para hacerle frente, nunca habló. Tampoco tuvo con quién. No fue aquel día en el espejo, ni tampoco los veinte siguientes. Tal vez, al que hizo veintiuno, él pasó la barrera de lo físico y le cruzó la cara. Dicen por ahí que ella, discreto cinturón verde en kárate pero con una mala leche que no se contenía en ningún objeto por estar alimentada en llantos de humillación, impidió la segunda. Lo derribó y corrió. Solo volvieron a enfrentarse una vez más, cuando sacó todos los objetos de aquella casa del terror. Llantos, súplicas y juramentos, hicieron de música de fondo para una novela que tenía un final más anunciado que el de la crónica del buen García Márquez.

La muerte fue solo emocional. Solo. Qué ironía. La resurrección llegó dos meses y medio más tarde. Despertó sin miedo, consciente de que la pesadilla había quedado atrás. Llegaron otras, y algunas combatieron durante largas jornadas con recuerdos mal adheridos. ¿Qué ganó? Nada: la pregunta es quién. Ella.


No serás capaz

Tenemos un problema. Un problema más, quería decir. Se nos ha puesto de moda la pedantería, y esto ya no hay quien lo pare. En cada conversación, reunión y, lo que es aún peor, en cada videoreunión, hay que lucirse. Parece que, a falta de bombillas de colores, os ilumináis con vuestras carencias. Y yo me pregunto un día detrás de otro si no seré yo, si no estaré pecando de aquello que critico.

– Ostras, Lau, no se te ocurra publicar esto. Es que es tan prepotente…

Deja la frase sin acabar mientras la mira fijamente, como queriendo incidir en sus ideas y decisiones. Sabe que es prácticamente imposible, pero lo sigue intentando, como aquella primera vez. En aquella ocasión, ultimaban los detalles de la entrevista. Le pidió encarecidamente que modulase el discurso y tomara consciencia de la catástrofe que originaría una crítica tan absolutamente mordaz hacia determinados organismos que eran públicos, la habían acogido, y ahora serían devastados en cada noticiario y red social. Pero no. Laura no hacía caso, ni atendía a razones. ¿Que si lo hizo? Claro que lo hizo. Fue un desastre absoluto. El eco de cada insulto elegantemente formulado paseó de un medio a otro, adueñándose de titulares y comentarios de toda índole. Se convirtió en fruto de nuevas reseñas, algún podcast e incluso en la radio dedicaron horas y horas a la denuncia social de una joven que, con un exceso de frenesí, andaba diciendo verdades a la cara. Fue el centro de atención durante más de dos meses, algo que la abrumaba inmensamente, pese a no reconocerlo jamás. Los sesenta días pasaron, con sus sesenta noches. Y poco después, un día triste y lluvioso, se cercioró de que llevaba casi cuarenta y ocho horas sin ninguna llamada, sin ningún email invitándola a participar en quién sabe qué. Alguna mención en Twitter siempre quedaba, pero es que Twitter era morada y refugio de entes vacíos sin más atención que aquella. Sí. Me llamó casi emocionada.

Para entonces, no solo se habían olvidado de su bomba, sino también de lo que significaba. Nada cambió, nada mejoró. Su demanda moral fue solo aquello, algo tristemente vacío y carente de consecuencias. Fue todo lo que uno no desea que sea su confesión más íntima, su queja dolorosa elevada a la potencia de lo infinito. Y con todo esto, por supuesto, si programa se hundió. El cómo no lo hemos sabido jamás, pero lo hemos intuido siempre. Todas las catástrofes se llevan por delante a otras personas, como bien sabrás. Y yo fui el gran damnificado de todo aquello. Yo, con todo lo mío. Con mi negocio, con el que compartía con ella. No he encontrado aún las palabras para expresar el sinfín de emociones, la dualidad amor-odio que nos ha acompañado desde entonces. Dicen que hay rencores que se tatúan en el alma y debe ser cierto. Ni el sentimiento más puro borrará jamás de mi memoria el momento en que le pedí que no lo hiciera, que no nos pusiera en riesgo. Y lo hizo.

Es irónico que aquí estemos otra vez. Parecía que remontábamos. Ha vuelto a coger carrerilla, ha tomado la voz cantante. Está haciendo lo que ha hecho siempre, pero con la pluma del siglo XXI: un ordenador. ¿Queréis saber la verdad? Tengo miedo de dos aspectos vitales principalmente: lo desconocido y lo infinito. Su libertad es infinita y yo… siento que no la conozco de absolutamente nada.