Juan Gómez-Jurado: Reina Roja literaturakilométrica

Estimado Juan Gómez-Jurado: tenemos mucho que decir y no nos dejas. Según tu expresa petición al final de la novela, no encontrarás spoiler alguno. Queridos lectores: nos quedamos con muchas, muchas ganas de compartir más con vosotros. Nos hemos divertido grabando el episodio, pero deseamos de verdad que, si os apetece que comentemos la obra cuando la hayáis leído, estaremos no encantados, ¡encantadísimos! Como siempre, un inmenso abrazo y que leáis mucho. 
  1. Juan Gómez-Jurado: Reina Roja
  2. A. Pérez-Reverte: Sidi
  3. Primo Levi: Si esto es un hombre
  4. N.Gaiman: Mitos nórdicos
  5. N.Gógol: El inspector

¡Hola a todos! Os dejo por aquí un discreto pódcast que vamos haciendo un gran amigo y yo. Deciros que está en proceso, y que responde a nuestra afición absoluta por la literatura. Si tenéis alguna sugerencia, ya sea de la ejecución, como de obras, autores o cualquier otra idea que cruce vuestra mente, estaremos encantados de responderos a través de la sección de contacto de esta misma web.

Por último, deciros que estamos en twitter (@literaturakm) e Instagram (@literaturakilometrica).

¡Espero que os guste!

El prisionero de Zenda

“El prisionero de Zenda” (“The prisoner of Zenda” en su versión original) es una novela publicada en 1894 por Sir Anthony Hopes (1863-1933). Una novela de aventuras, viajes y valores morales entrelazados con sentimientos puros que luchan contra ideas, a menudo menos puras. Y vencen, siempre. Porque el coraje, el amor, la lealtad y la lucha, predominan sobre cualquier otro detalle de la trama. Transcurre en el territorio de Ruritania, un país ficticio en el que Rodolfo Rassendyll deberá, valiéndose de su estrecho parecido, salvar a su primo (el rey), secuestrado por el primo de este (el duque Miguel) porque, por supuesto, desea quedarse con el trono y la mujer que lo acompañará en él.

Ya sabrás que no me gusta revelar el final, principalmente por no privarte del placer de la lectura, así que tampoco lo haré ahora. Sin embargo, sí te contaré algunos detalles. Para empezar, estamos hablando de una obra breve, apenas de 143 páginas en la edición que he tenido en mis manos (una de impresión bajo demanda, de Amazon, bastante mejorable en términos de maquetación y traducción). Son páginas que corretean a caballo, en tren, a pie; a ratos entre acciones ágiles, otras tantas con sigilo y atención. El movimiento se mantiene y el ritmo acelera, haciendo de la última tercera parte la porción idónea de un relato adecuado para niños y adultos. Rencillas familiares, tradiciones y cambios generacionales se enuncian en boca del protagonista, que no solo habla en primera persona, sino también comparte sus pensamientos y emociones durante la narración. Éste, movido por la curiosidad y el deseo, se embarca en una aventura que relata en el libro. Un detalle que llama especialmente la atención es que el protagonista anticipa el resultado de la mayoría de sus acciones, de manera que el placer de la lectura no se haya en la intriga, sino en el proceso mental y románticamente – una palabra que hará sonreír a cierta persona, cuando llegue hasta aquí- caballeresco, que nos guía y divierte a partes iguales. Estrelsau y Zenda, ciudades que acogen castillos heroicos y antagónicos, constituyen los centros de acción de este caballero inglés que se define a sí mismo como un “segundón de buena casa; hombre sin gran fortuna, posición, ni rango”.

La princesa Flavia será fuente de distracción y pasiones certeras. De ella también se vale el autor para evidenciar la época en la que se data esta historia. “¿Pero somos mujerzuelas o qué?”, “[…] porque nunca está de más infundir cierto grado de temor a las mujeres que nos quieren […]”. Pero, dejando a un lado lo evidente, es un personaje que destaca por su hermosura y nobleza, tal y como Rodolfo la define, así como por la firmeza de sus decisiones y la sencillez de su amor.

Federico de Tarlein y el coronel Sarto son dignos compañeros de viaje y mejores representaciones de la naturaleza del ser humano, siendo la del primero más limpia y fiel; la de Sarto, relativamente puesta en duda por Rodolfo, quien observa en repetidas ocasiones que el coronel se mueve por una valentía incomparable y por sentimientos no tan honorables como cabría presumir.

El papel de la consciencia, para discernir entre el bien y el mal, lo honorable y lo cuestionable, es imprescindible. Así como el hado, el porvenir y Dios, compiten por el destino de los hombres, quienes no dejan nada a su suerte y, sin embargo, aluden a ellos constantemente. Además, se percibe un cierto simbolismo en el uso de colores como el negro (empleado para los pensamientos más oscuros, y para apodar al duque) y el rojo (en el cabello; “¡Es rojo, luego es bueno!”); en la división de la ciudad en dos partes, siendo la nueva adepta al rey, y la vieja, al duque.

Una cierta comicidad se deja entrever en multitud de diálogos. La interacción entre todos ellos resulta imprescindible. El resumen que el propio Rodolfo hace al final de la obra devuelve al lector al principio, creando una estructura cíclica y cerrada.

Por último, me gustaría admitir y a título personal, que he leído cada página con la cálida certeza de que las disfrutaste antes tú, E. Me encanta que compartas conmigo tu vida desde hace tantos años y, desde hace no tanto, también las lecturas. Te quiero, mucho.

“No siempre- dijo-, hace Reyes el Cielo a quienes deberían llevar corona”.

La Ciudad del Sol

Tommaso Campanella. (2005). La Città del Sole/La ciudad del Sol. Barcelona: Ediciones Abraxas. ISBN:84-96196-54-2

Empezaré por la edición, por una cuestión de reconocimiento y, para qué negarlo, profundo agradecimiento. Con el prólogo de Alberto Savinio, y una buena introducción de Louise Colet, da paso a la edición bilingüe de un diálogo cuya página izquierda muestra el texto en italiano, mientras la de la derecha lo hace en español. Sus múltiples anotaciones se recogen al final, detrás del apéndice “Cuestiones sobre la mejor de las repúblicas”, escrito en 1609. Por cierto, de nuevo en español solamente. Pertenece así a la Serie Utopía, encabezada por la obra del mismo nombre de Tomás Moro. Una portada sencilla, encuadernación rústica y papel reciclado: consistente, serio, retando ya desde fuera.

La Ciudad del Sol es una utopía absolutamente distópica que se presenta en una conversación relativamente breve, desordenada, en la que Hospitalario (un caballero de la Orden de los Hospitalarios), ejerce el papel de interlocutor e interactúa, como lo haría el lector (ya inmiscuido en la historia desde la primera página), con Genovés. Se aborda así la organización de la Ciudad, en sus siete círculos concéntricos, bautizados con los nombres de los planetas; de las creencias religiosas, que sustentan y justifican este Estado teocéntrico; el aprendizaje de las artes y oficios; las costumbres de salud y la sanidad en general; el reglamento de esta ciudad sin apenas leyes, asegura; la seguridad y el arte de la guerra; las bases económicas y sus medios de subsistencia; el Sumo Sacerdote, también llamado Sol, y Metafísico; y un largo etcétera de cuestiones que trata con bastante desorden y cierta repetición.

Sorprenden: la atención a la mujer, con un enfoque sexista cuando menos, limitada en su libertad, destinada a procrear, víctima del deseo del hombre; la idea del pecado y de nuestra tendencia al “no ser y al desorden”, contrarios al “ser y la eficiencia” de Dios; la confianza en la existencia de otros mundos, que no contradiga que en Dios no cabe “la nada”; la segregación social en un sistema que la evita a toda costa.

Ante algunas lecturas, cabe hacerse varias preguntas, sobre todo para simplificar y allanar la opinión:

¿Ha sido una lectura amena? Sí. ¿Ágil? No. ¿Ardua? Tampoco. ¿He aprendido algo de ella? Deja reflexiones que se nutren en la capacidad crítica. ¿Volvería a leerla? No. ¿Creo que otro lector, tal vez más aficionado a la filosofía y a la política, disfrutaría más y mejor de ella? Absolutamente.

Hay peores cárceles que las palabras

Él solía decir que existimos mientras alguien nos recuerda.

La Sombra del Viento, Carlos Ruiz Zafón. Editorial Planeta SA, Barcelona, España (2001). ISBN: 84-226-9689-4

Nació en Barcelona (España) en 1964, falleció en Los Ángeles (EEUU) este año. Aún no puedo creer que no esté entre nosotros semejante genio. Os recomiendo leer su biografía en la página oficial: http://www.carlosruizzafon.com

[…]como siempre, lo esencial de la cuestión había sido decidido antes de que empezase la historia y, para entonces, ya era tarde.

La tetralogía El Cementerio de los Libros Olvidados comienza con la publicación, en el año 2001, de La sombra del viento, y continúa con El juego del ángel, El prisionero del cielo y El laberinto de los espíritus. Debo admitir que la comencé hace años, y la dejé de lado con la excusa de no poder soportar la espera entre libro y libro, porque los dos primeros me habían capturado sobremanera. Así fui a la Feria del libro de Madrid, donde me firmó la tercera obra por orden consecutivo, y yo la guardé como un tesoro durante años en la estantería: primero, a la espera de la cuarta y última; después, porque lo olvidé. Me sumergí en otras lecturas, otros autores, otros países incluso (llevo tres años dedicándome al estudio de la literatura eslava e italiana). Este verano llegó la noticia de su muerte. Hay dos comportamientos que son típicos ya en el ser humano: beatificar moralmente a todo el que enterramos, olvidando sus faltas (esto ya lo dice el propio Zafón en la novela: Frente a un ataúd, todos vemos sólo lo bueno o lo que queremos ver); en el caso de ser un autor, deseamos haberle leído, comenzar ahora, haberlo hecho antes. Sobre todo si somos lectores frecuentes, o apasionados. Más si algo nos evoca un recuerdo grato, la imagen de los momentos de lectura acurrucada en la cama, hasta altas horas de la noche. De manera que, sumergida en estos pensamientos, decidí adentrarme de nuevo en el universo de Carlos Ruiz Zafón.

-¿Por qué se queman los libros? Por estupidez, por ignorancia, por odio…vaya usted a saber.
– ¿Por qué cree usted? -insistí.
– Julián vivía en sus libros. Aquel cuerpo que acabó en la morgue era sólo una parte de él. Su alma está en sus historias. En una ocasión le pregunté en quién se inspiraba para crear sus personajes y me respondió que en nadie. Que todos sus personajes eran él mismo
.

Daniel Sempere y su padre nos estrechan la mano acompañándonos ya en los primeros pasos hacia un lugar donde el respeto, la intriga y la calidez, se mezclan con el olor de los libros, nuevos y usados. Pronto la historia coge un ritmo casi frenético. Los nombres empiezan a aparecer y los personajes toman forma, con un don que hay que atribuir al autor: jamás olvida el lector de quién se trata. La trama está presentada por el protagonista aparente en primera persona, que nos permite conocer cada detalle y reflexión. Digo aparente, porque cuando los marcos narrativos comienzan a encontrar su lugar y a encajar, como piezas de un puzzle inmenso, uno comprende que no es la historia de una persona, sino de muchas ellas. Personas que evolucionan y no se mantienen en el mismo rol durante todo el desarrollo. Incluso el relato femenino de Nuria Monfort, del que no adelantaré nada por si te animas a sumergirte en esta aventura, ocupa una posición de relevancia y presenta valores que, si bien en todo momento se pincelan, ella los dibuja con precisión. Pero volviendo a sus personajes, parecen tener una pareja, distante en el tiempo y, sobre todo, en el momento vital que comparten, pero parejos al fin y al cabo. Así Daniel y Julián Carax, el padre de cada uno de ellos, de alguna manera sus madres también, Bea y Penélope, Tomás y Miquel, enfrentarán al inspector Fumero en una aventura que comienza en 1945, para Daniel, y finalizan, Daniel y Carax, en 1955. Si ya lo has leído, pensarás que nada tienen que ver los personajes que aparecen en esta comparación rápida, y tienes razón. Gracias al aprendizaje, a la vida, y a la compañía que ejercen en Daniel, los finales son muy diferentes a aquellos que conformaron la dramática existencia de Julián. Debo decir que, gracias a un entorno familiar sano, también el punto de origen difiere y facilita la transición vital de Daniel. Las palabras con que se envenena el corazón de un hijo, por mezquindad o por ignorancia, se quedan enquistadas en la memoria y tarde o temprano le queman el alma.

Ejército, matrimonio, Iglesia y banca: los cuatro jinetes del Apocalipsis: las críticas hacia ciertos aspectos o modos de vida, como los asilos, son evidentes aunque no constituyen la trama. Sin embargo, sin construyen personajes muy humanos, personajes que conocen las miserias a las que se ven sometidos por la sociedad, los deseos, las decepciones y el miedo.

Me sentí rodeado de millones de páginas abandonadas, de universos y almas sin dueño, que se hundían en un océano de oscuridad mientras el mundo que palpitaba fuera de aquellos muros perdía la memoria sin darse cuenta día tras día, sintiéndose más sabio cuanto más olvidaba.

El lenguaje es cuidado. Sin embargo, la novela está repleta de diálogos que, bendita la pluma, son ocupados muy frecuentemente por el que posiblemente sea el mejor personaje de todos y que, en ciertas ocasiones, parece haber salido de una obra dramática por su lenguaje comunicativo: Fermín Romero de Torres, como se hace llamar. Consecuencia de la picaresca española, de sus tiempos y la experiencia, es una especie de Pepito Grillo, un visionario vapuleado por el sistema, profundamente fiel, compasivo y bondadoso, y con los comentarios más ingeniosos de toda la obra. Divertido, optimista y fuerte. Incluso en cierta escena aparece como un héroe en un coche, una imagen que, imagino, el señor Ruiz Zafón debió terminar con una sonrisa socarrona.

El modo más eficaz de hacer inofensivos a los pobres es enseñarles a querer imitar a los ricos.

Destacaría, además del recorrido por Barcelona que en más de una ocasión me hizo recurrir a mapas y fotografías en línea, y los paseos por París, […]la única ciudad del mundo donde morirse de hambre todavía es considerado un arte; la inmersión en el mundo editorial. El día que comprenda usted que el negocio de los libros es miseria y compañía y decida aprender a robar un banco, o a crear uno, que viene a ser lo mismo, venga a verme y le explicaré cuatro cosas sobre cerrojos. Uno masca y saborea el proceso de escritura, detalles de la edición, entresijos del mundillo, la publicación, la compra-venta y, por encima de todo, el valor del libro, el poder de la palabra. Tanto es así, que el almacén de libros, la librería, así como los escritorios y, por supuesto, la pluma de Víctor Hugo, dejan un sabor impactante. Por supuesto, también el cementerio.

[…] porque en esta vida lo único que sienta cátedra es el prejuicio.

Además, las referencias históricas son frecuentes, y también las literarias. Incluso, desarrollando más la sensibilidad que uno experimenta con el pasar de las páginas, los olores forman parte del recorrido. El olor a muerto o a vida en el mismo lugar según el momento; el papel nuevo, usado o quemado; las calles de la ciudad ahumadas o espléndidas de sol.

La televisión, amigo Daniel, es el Anticristo […]. Este mundo no se morirá de una bomba atómica como dicen los diarios, se morirá de risa, de banalidad, haciendo un chiste de todo, y además un chiste malo.

En la España del siglo XX nos situamos porque la propia novela nos introduce y, además, los capítulos se ordenan en bloques presentados cronológicamente. Pero por si queda algún resquicio de duda, los comentarios sobre la mujer como el sexo débil, la manera de referirse a la tauromaquia, y las triquiñuelas de las que se sirven para desenvolverse, nos sitúan de nuevo en la época. Debo admitir que, a mi parecer, la mujer también juega el papel indispensable en la obra de ser descubierta, como esencia y fuente de profundas pasiones y sentimientos, por el joven Sempere.

Hay pocas razones para decir la verdad, pero para mentir el número es infinito.

La memoria, el alma y el destino, serán los otros tres pilares sobre los que se sustente el recorrido narrativo. Recurrentes y trascendentales, serán la masa madre de cada movimiento e idea, de cada intención. Pero, llegados a este punto, de qué va todo esto, querrás saber. Tomando prestado otro párrafo del libro: De libros malditos, del hombre que los escribió, de un personaje que se escapó de las páginas de una novela para quemarla, de una traición y de una amistad perdida. Es una historia de amor, de odio y de los sueños que viven en la sombra del viento.

Te invito a descubrir la que posiblemente sea mi novela favorita.

La tormenta

Aleksander Nicolaievich Ostrovski (Алекса́ндр Никола́евич Остро́вский, 1823-1886), genio y creador del “teatro de costumbres” ruso, publica Гроза (La tormenta), representada por primera vez en 1859. Este drama en cinco actos se considera una de sus obras maestras. En Kalinov, una pequeña ciudad a las orillas del Volga, transcurre la acción en apenas días, especificando el autor los diez que pasan del tercer al cuarto acto. Como vemos, es un periodo corto de tiempo, de manera que el ímpetu de cada diálogo y los cambios de actitud e ideas en algunos de los personajes, se perciben con particular intensidad. La crítica social, el miedo, la infelicidad, y la contraposición de los valores antiguos y modernos, constituyen la temática principal.

Los personajes representan, con una cierta evidencia, valores que el autor clasifica como negativos o positivos, en boca de Kuliguin, quien se yergue como voz de sabiduría, consciencia y ciencia. Este personaje, desde un primer momento exaltado con la belleza de la naturaleza, permite interesantes reflexiones. Así, por ejemplo, en su conversación con Dikói sobre la tormenta, él alude a la recepción hermosa de un hecho natural, donde Dikói interpreta un castigo divino. La belleza de su discurso, así como la coherencia, junto con las referencias culturales, hacen de él un personaje imprescindible y atrayente. Esta cultura se subraya en su capacidad para escribir en verso, o cuando cita los versos de Lomonósov en el tercer acto. Además, aconseja libremente y transmite valores como el
perdón y la moral verdadera. Una moral que, cuando se pierde, priva de humanidad: “[…] funcionarios que han dejado de tener el aspecto de personas”. Así Ostrovski, por medio de Kuliguin, critica las costumbres de la época, reiterando su rechazo hacia la crueldad de la pequeña burguesía, a la que además atribuye características como la “vulgaridad” y la “miseria”. Utilizando su voz, dará su perspectiva sobre el trato hacia el trabajador y el papel del comerciante burgués que se aprovecha y es responsable de su propio hundimiento económico. Pareciera que el autor pretendiera exponer a la sociedad su visión personal sobre el momento, así como su deseo de ayudar, tal y como lo hace el personaje, a la “burguesía pobre”.


Ya desde un primer momento, en el que el autor presenta la lista de personajes y los describe discretamente, llama la atención que especifica “Todos los personajes, salvo Borís, están vestidos a la rusa”. Así establece una primera distancia entre Borís, quien no se adapta a las costumbres de la zona, y el resto de los habitantes, habituados a sus maneras de proceder. Borís ya critica la brutalidad de la clase social burguesa desde la perspectiva noble de su madre, quien a su vez era rechazada por la familia de su padre (burguesa). Este personaje, que se siente prisionero de su situación vital y profundamente inadaptado e infeliz, observa a Kuliguin con agrado. Lo describe como soñador y feliz, acercando a los dos personajes que, además, tienen conversaciones interesantes en las que
recapacitan sobre el panorama social. Se enamorará de Katerina, mujer casada. Lo que comienza con el dolor por la ausencia de una amada que no se ha tenido, y apenas conoce de vista, terminará con la separación de esta. El sentido trágico de la historia reside en estos dos personajes. Sus monólogos internos reflejan un lenguaje más elevado, además de un juego de voces. Así, cuando usa la primera persona, está cuestionándose. Con el
empleo de la segunda persona, se increpa con mayor vehemencia.

Esa costumbre a la que Borís no consigue adaptarse (“[…] lo nuestro, que es ruso, familiar, pero de todas maneras no logro acostumbrarme”), es a la que se refiere constantemente su tío Dikói. Este personaje, violento y malhumorado, insulta a los campesinos, es tacaño e injusto con sus empleados. Es el responsable del destino de Borís, al menos en sentido práctico. Encontrará comprensión en Kabanova, con quien comparte las ideas antiguas y la tiranía. Ella critica la falta de respeto de hijos a padres, no considerándola necesariamente recíproca. El tópico del enfrentamiento entre nuera y suegra se eleva hasta convertirse, Kabanova, en la responsable de la infelicidad de Katerina. Esta anciana, que encuentra “en los usos antiguos las buenas costumbres”, contrapone las ideas anteriores con respecto al matrimonio, el amor, la violencia, las órdenes e incluso el miedo hacia la figura masculina; con las ideas más modernas de su hijo Kabanov. Unas diferencias generacionales relativamente difuminadas por la actitud de ella, quien se impone en todo momento.


A cada vicio, hay una oposición moralmente adecuada. Así en Kudriash tendremos una crítica a la violencia y una alusión a la necesidad de la conversación. Además, este personaje aporta la otra visión de la cultura popular, aconsejando con empatía y entonando canciones en los momentos de distensión y casi intimidad.

Los personajes suelen interactuar en parejas. Así Varvara se convierte en reseñable, no tanto por su objetividad casi fría en casi todas sus actitudes, como en la defensa del personaje femenino. Con un marcado individualismo, muestra una cierta empatía por Katerina, a quien abiertamente expone: “no tienes ninguna necesidad de atormentarte”.


Katerina representa un tópico literario: cualquier tiempo pasado siempre fue mejor. Deja atrás una felicidad ensoñadora, para sumirse en un miedo atroz y la profunda infelicidad en la que se ve inmersa. Con una honda religiosidad, presagia su muerte como consecuencia de sus actos que, ella misma, define como pecado. La misma religión supone un refugio para enfrentarse a un destino inevitable y labrado por ella misma. No es la única contraposición que encontramos en el personaje. Se dirige a su felicidad-pecado porque ansía libertad, mientras que trata de resistir a su deseo. Su honestidad absoluta con respecto a Borís se desmiente en el intento de autoengañarse en ocasiones. Además, sus actos son pecados, y al mismo tiempo el pecado y los pensamientos impuros son culpa del demonio.


Feklusha alaba al comerciante, piadoso y generoso. Representa la hipocresía y difamación. El pecado justifica las acciones, y hace una crítica a las costumbres y gobiernos extranjeros. Para la peregrina, el bullicio mundano anuncia el fin del mundo, y el progreso es sinónimo de perdición. En ella vemos un elemento interesante: la alusión a la mitología eslava con “la serpiente de fuego”, por ejemplo. Esto la sitúa como personaje casi mitológico que augura un oscuro futuro y se opone a los personajes más jóvenes: la tradición se enfrenta al progreso.


La dama hace un discurso interesante sobre el pecado y su consecuencia, y cómo la belleza de la protagonista acabará en el fondo del río, anunciándolo. Recuerda a otros muchos personajes dramáticos que observan la escena y anticipan el resultado de la acción. Aunque se trate de una obra y autor posteriores, podría asemejarse al discurso que hace la propia muerte en La dama del alba, de Alejandro Casona (1903-1965).


Como puede observarse; pecado, destino, religiosidad, moral y crítica social son motivos principales. Pero no debe olvidarse que ya en el título encontramos la referencia a la tormenta. Este elemento meteorológico, que acontecerá en el drama y será lo que desate el final de la acción, es además un recurso en prácticamente cada diálogo. Para cada uno de los personajes, la tormenta tiene un significado diferente. Hemos comentado anteriormente que Kuliguin la observa como un fenómeno natural, así como Varvara hará alusión a ella como ese pensamiento que nubla las ideas más pragmáticas del día a día, Kabanov la encuentra en su núcleo familiar y en el mundo que le rodea, Kabanova y Dikói la interpretan como un hecho divino y castigador. Interesante es ver cómo, en Katerina, la tormenta refleja la consecuencia de sus actos. Teme la tormenta porque conoce que, cuando se desate, su vida tendrá un fin. Este final, profundamente trágico, toma fuerza en la despedida de los amantes. En ese
breve diálogo él admite ser “un pájaro en libertad”, que no representa sino en anhelo de Katerina, que le fue privado y en ese momento, con gravedad, le llevará a la muerte.


Se observan situaciones familiares diferentes, todas ellas con elementos a discutir y manifestando discrepancias entre generaciones y posiciones. El lenguaje no hace giros profundos, más allá de cuando se recitan versos, canciones, referencias de mayor profundidad cultural en Kuliguin. Se puede leer en numerosas ocasiones el uso de “madrecita” y “padrecito”, tratamientos de respeto en Rusia. Así como el empleo de “tártaro” como insulto.