Hay peores cárceles que las palabras

Él solía decir que existimos mientras alguien nos recuerda.

La Sombra del Viento, Carlos Ruiz Zafón. Editorial Planeta SA, Barcelona, España (2001). ISBN: 84-226-9689-4

Nació en Barcelona (España) en 1964, falleció en Los Ángeles (EEUU) este año. Aún no puedo creer que no esté entre nosotros semejante genio. Os recomiendo leer su biografía en la página oficial: http://www.carlosruizzafon.com

[…]como siempre, lo esencial de la cuestión había sido decidido antes de que empezase la historia y, para entonces, ya era tarde.

La tetralogía El Cementerio de los Libros Olvidados comienza con la publicación, en el año 2001, de La sombra del viento, y continúa con El juego del ángel, El prisionero del cielo y El laberinto de los espíritus. Debo admitir que la comencé hace años, y la dejé de lado con la excusa de no poder soportar la espera entre libro y libro, porque los dos primeros me habían capturado sobremanera. Así fui a la Feria del libro de Madrid, donde me firmó la tercera obra por orden consecutivo, y yo la guardé como un tesoro durante años en la estantería: primero, a la espera de la cuarta y última; después, porque lo olvidé. Me sumergí en otras lecturas, otros autores, otros países incluso (llevo tres años dedicándome al estudio de la literatura eslava e italiana). Este verano llegó la noticia de su muerte. Hay dos comportamientos que son típicos ya en el ser humano: beatificar moralmente a todo el que enterramos, olvidando sus faltas (esto ya lo dice el propio Zafón en la novela: Frente a un ataúd, todos vemos sólo lo bueno o lo que queremos ver); en el caso de ser un autor, deseamos haberle leído, comenzar ahora, haberlo hecho antes. Sobre todo si somos lectores frecuentes, o apasionados. Más si algo nos evoca un recuerdo grato, la imagen de los momentos de lectura acurrucada en la cama, hasta altas horas de la noche. De manera que, sumergida en estos pensamientos, decidí adentrarme de nuevo en el universo de Carlos Ruiz Zafón.

-¿Por qué se queman los libros? Por estupidez, por ignorancia, por odio…vaya usted a saber.
– ¿Por qué cree usted? -insistí.
– Julián vivía en sus libros. Aquel cuerpo que acabó en la morgue era sólo una parte de él. Su alma está en sus historias. En una ocasión le pregunté en quién se inspiraba para crear sus personajes y me respondió que en nadie. Que todos sus personajes eran él mismo
.

Daniel Sempere y su padre nos estrechan la mano acompañándonos ya en los primeros pasos hacia un lugar donde el respeto, la intriga y la calidez, se mezclan con el olor de los libros, nuevos y usados. Pronto la historia coge un ritmo casi frenético. Los nombres empiezan a aparecer y los personajes toman forma, con un don que hay que atribuir al autor: jamás olvida el lector de quién se trata. La trama está presentada por el protagonista aparente en primera persona, que nos permite conocer cada detalle y reflexión. Digo aparente, porque cuando los marcos narrativos comienzan a encontrar su lugar y a encajar, como piezas de un puzzle inmenso, uno comprende que no es la historia de una persona, sino de muchas ellas. Personas que evolucionan y no se mantienen en el mismo rol durante todo el desarrollo. Incluso el relato femenino de Nuria Monfort, del que no adelantaré nada por si te animas a sumergirte en esta aventura, ocupa una posición de relevancia y presenta valores que, si bien en todo momento se pincelan, ella los dibuja con precisión. Pero volviendo a sus personajes, parecen tener una pareja, distante en el tiempo y, sobre todo, en el momento vital que comparten, pero parejos al fin y al cabo. Así Daniel y Julián Carax, el padre de cada uno de ellos, de alguna manera sus madres también, Bea y Penélope, Tomás y Miquel, enfrentarán al inspector Fumero en una aventura que comienza en 1945, para Daniel, y finalizan, Daniel y Carax, en 1955. Si ya lo has leído, pensarás que nada tienen que ver los personajes que aparecen en esta comparación rápida, y tienes razón. Gracias al aprendizaje, a la vida, y a la compañía que ejercen en Daniel, los finales son muy diferentes a aquellos que conformaron la dramática existencia de Julián. Debo decir que, gracias a un entorno familiar sano, también el punto de origen difiere y facilita la transición vital de Daniel. Las palabras con que se envenena el corazón de un hijo, por mezquindad o por ignorancia, se quedan enquistadas en la memoria y tarde o temprano le queman el alma.

Ejército, matrimonio, Iglesia y banca: los cuatro jinetes del Apocalipsis: las críticas hacia ciertos aspectos o modos de vida, como los asilos, son evidentes aunque no constituyen la trama. Sin embargo, sin construyen personajes muy humanos, personajes que conocen las miserias a las que se ven sometidos por la sociedad, los deseos, las decepciones y el miedo.

Me sentí rodeado de millones de páginas abandonadas, de universos y almas sin dueño, que se hundían en un océano de oscuridad mientras el mundo que palpitaba fuera de aquellos muros perdía la memoria sin darse cuenta día tras día, sintiéndose más sabio cuanto más olvidaba.

El lenguaje es cuidado. Sin embargo, la novela está repleta de diálogos que, bendita la pluma, son ocupados muy frecuentemente por el que posiblemente sea el mejor personaje de todos y que, en ciertas ocasiones, parece haber salido de una obra dramática por su lenguaje comunicativo: Fermín Romero de Torres, como se hace llamar. Consecuencia de la picaresca española, de sus tiempos y la experiencia, es una especie de Pepito Grillo, un visionario vapuleado por el sistema, profundamente fiel, compasivo y bondadoso, y con los comentarios más ingeniosos de toda la obra. Divertido, optimista y fuerte. Incluso en cierta escena aparece como un héroe en un coche, una imagen que, imagino, el señor Ruiz Zafón debió terminar con una sonrisa socarrona.

El modo más eficaz de hacer inofensivos a los pobres es enseñarles a querer imitar a los ricos.

Destacaría, además del recorrido por Barcelona que en más de una ocasión me hizo recurrir a mapas y fotografías en línea, y los paseos por París, […]la única ciudad del mundo donde morirse de hambre todavía es considerado un arte; la inmersión en el mundo editorial. El día que comprenda usted que el negocio de los libros es miseria y compañía y decida aprender a robar un banco, o a crear uno, que viene a ser lo mismo, venga a verme y le explicaré cuatro cosas sobre cerrojos. Uno masca y saborea el proceso de escritura, detalles de la edición, entresijos del mundillo, la publicación, la compra-venta y, por encima de todo, el valor del libro, el poder de la palabra. Tanto es así, que el almacén de libros, la librería, así como los escritorios y, por supuesto, la pluma de Víctor Hugo, dejan un sabor impactante. Por supuesto, también el cementerio.

[…] porque en esta vida lo único que sienta cátedra es el prejuicio.

Además, las referencias históricas son frecuentes, y también las literarias. Incluso, desarrollando más la sensibilidad que uno experimenta con el pasar de las páginas, los olores forman parte del recorrido. El olor a muerto o a vida en el mismo lugar según el momento; el papel nuevo, usado o quemado; las calles de la ciudad ahumadas o espléndidas de sol.

La televisión, amigo Daniel, es el Anticristo […]. Este mundo no se morirá de una bomba atómica como dicen los diarios, se morirá de risa, de banalidad, haciendo un chiste de todo, y además un chiste malo.

En la España del siglo XX nos situamos porque la propia novela nos introduce y, además, los capítulos se ordenan en bloques presentados cronológicamente. Pero por si queda algún resquicio de duda, los comentarios sobre la mujer como el sexo débil, la manera de referirse a la tauromaquia, y las triquiñuelas de las que se sirven para desenvolverse, nos sitúan de nuevo en la época. Debo admitir que, a mi parecer, la mujer también juega el papel indispensable en la obra de ser descubierta, como esencia y fuente de profundas pasiones y sentimientos, por el joven Sempere.

Hay pocas razones para decir la verdad, pero para mentir el número es infinito.

La memoria, el alma y el destino, serán los otros tres pilares sobre los que se sustente el recorrido narrativo. Recurrentes y trascendentales, serán la masa madre de cada movimiento e idea, de cada intención. Pero, llegados a este punto, de qué va todo esto, querrás saber. Tomando prestado otro párrafo del libro: De libros malditos, del hombre que los escribió, de un personaje que se escapó de las páginas de una novela para quemarla, de una traición y de una amistad perdida. Es una historia de amor, de odio y de los sueños que viven en la sombra del viento.

Te invito a descubrir la que posiblemente sea mi novela favorita.

Ideas pendientes

Abrazos legendarios

Aun no descubrí el motivo. Sin embargo, conozco y reconozco el pensamiento inmediato que cruzó por mí, por mi mente, horas después. No nos volveremos a ver. Parece absurdo y casi perseguido cuando se cuenta de una manera tan simple. Pero yo no conocí así la idea. Nos presentamos desde la melancolía y la inquietud que generan los por qués no respondidos, por porque no correspondidos.

Supe, desde que me abrazó por la espalda, suave, mientras ambos mirábamos el paisaje sureño; que estaba generando un recuerdo hermoso que no repetiría jamás con él. Grabé en la memoria su risa y la impaciencia que hoy casi he olvidado del todo. Lo que no olvido, todavía no, es la sensación del dichoso abrazo. Y es que estaba rodeado de dicha, de expectativas y dulzura. De intensidad silenciada y de muchas, muchas preguntas. Las preguntas que no se formulan son siempre las peores. Sobre todo cuando los que deciden no darles voz, son personas capaces de hacer hablar a un cangrejo macho, hembra; a un palo que parece una garza.

Así, en silencio, llenos de dudas, dejamos correr los minutos. Hoy ya no quedan, ni minutos, ni preguntas, ni dudas. No queda absolutamente nada y, sin embargo, aquí estoy. Escribiendo de mí, que no de ti. Porque me refiero brevemente a lo que pude haber sentido contigo cuando, claramente, ambos sabemos que no existió apenas nada.

Pienso, en realidad, en ese árbol que tapa un bosque. Arráncalo y toma consciencia de la magnitud frondosa y verde que se escondía detrás, sin intención y dependiendo, tan solo, del ángulo de tu mirada. Pienso entonces en el árbol de las narices. Que no eres tú, sino mi propia mente. Algo en claro hemos sacado de todo esto. Aunque sea, todo, un poco más áspero que hace unas semanas. Que hace unos instantes.

Mucha letra

Mucha ilusión me hizo, el encontrar el corazón en el filo de una historia. La recuperaba por amor al arte, lealtad a las cosas más hermosas. El corazón, dibujado, protagonista de una página. Sencillo, carente de intenciones elevadas, dispuesto a jugar. El despiste era su terreno, me habías dicho siempre. Así hablabas en tercera persona de ti mismo, de tu faceta de escritor.

Creí ser afortunada por conocer ese lado oculto tuyo. Me engañé, los años que dura un sueño. El tiempo que una necesita para darse cuenta de que no existe. Ni tiempo, ni años, ni lado conocido, ni lado oculto. Existe el arte, útil, de la ironía engañosa. E incluso ayer me aferré a ella. ¿Cobarde? No. Valiente. Sedienta de riesgo y placer.

Tú no eres especial porque sepas empuñar una pluma, ni por interpretar un texto complejo. Tú eres especial, porque yo te doto de unicidad y éxito. Escojo a mis víctimas, que también son vencedoras. En qué contexto, debes interpretarlo tú. Yo tengo una labor diferente, bien lo sabes. Yo tengo poder. Yo soy la letra. Aquí mando yo.

Hasta que…

Ignorantes

El coche avanzaba con el volumen de la música verdaderamente elevado. Las ventanillas estaban subidas, no por evitar al mundo el estruendo del interior, sino por la temperatura exterior. El calor del verano se burlaba de todos, ahora castigados y enfundados en unas incómodas mascarillas. En esas condiciones, el aire acondicionado era un verdadero aliado.

Se incorporó a la calle lentamente. Por el retrovisor izquierdo veía a “otro tonto” haciendo alguna maniobra estúpida, como era habitual. Por otro lado, sin esa maniobra nunca habría tenido la consideración de “tonto”, ni ninguna otra en su vida. Afortunado, irónicamente. Mejor llamar la atención que ser ignorado, dicen. Y aunque muchos nieguen y renieguen de esta idea, no puede ser más cierta. No hay más que mirar alrededor para darse cuenta de cómo el ser humano lucha para obtener miradas, a ser posible de sentimientos límite. Véase la admiración, el amor, un desprecio profundo, o envidias incofesables. Elevadas sensaciones en almas corrompidas, sin duda.

Apenas cien metros, e intermitente derecho. Girando, paso de peatones, barrera subida. La facultad. Más de tres meses después, el reencuentro más esperado. Un reencuentro que no fue como deseaba, desde el primer instante. No solo aparcó fácilmente, sino que apenas pudo contar otros diez o doce coches. Sin duda, personal de la universidad y algún otro ansioso por pisarla. Admirando durante unos segundos el verde de unos espacios que nunca le parecieron tan verdes como entonces, ni tan grandes, hermosos y vivos, se bajó del vehículo. Caminó, decidida, hasta la puerta. Y guiada por una fuerza melancólica, se giró bruscamente, como queriendo sentir lo mismo que al salir de clase, mosqueada a veces, cansada otras tantas, siempre feliz de encontrarse con ellas. La imagen se tornó tan triste, que unas lágrimas asomaron, tímidas, mientras un nudo se formaba en la garganta. Quiso dibujar personas, recordar el ruido. Voces, risas, escuchar alguna ordinariez. Incluso hablar de un profesor que justo salía, al lado, y temer que lo hubiera escuchado. Compartir una impresión. El frío del invierno no era doloroso, ni el calor, que no era necesario traer de vuelta desde la memoria, resultaba molesto. Solo quería volver a vivir las sensaciones que antes eran tan frecuentes y despreciadas. La nueva normalidad era una anormalidad, un maldito asco.

Dio la vuelta y encontró a una señora, enfundada en una mascarilla que casi le cubría la mitad de los ojos, y la miraba, inquisitiva.

  • ¿A qué viene? – preguntó con sencillez.

¿A qué se viene a casa? Era su segunda casa, y esa pregunta le sonó irónica, absurda. Casi ofensiva. Después recordó las nuevas normas y se preguntó cuál sería la novedad allí.

  • A la biblioteca. A coger un libro y dejar otro- respondió sonriente. Las sonrisas desde hacía meses eran más sinceras que nunca, puesto que de no alcanzar la mirada, no se distinguirían. La preciosa mascarilla, ya sabéis.
  • Dejar, no puedes. ¿Has reservado cita para el que quieres coger prestado?
  • Sí. Es en cinco minutos.
  • DNI, nombre y apellidos, por favor.

Permitió que pasara. Las flechas en el suelo la distrajeron del silencio absoluto que reinaba dentro del edificio. “Siga esta dirección”. “Mantenga la distancia de seguridad”. ¿Con quién? Oscuro, triste, lúgubre. Era una vivienda abandonada. Una herida extraña. Recordó de inmediato aquel día, tres años antes. Quedaban pocos días para poder preinscribirse en la universidad. Había tenido una experiencia nefasta en el ámbito académico recientemente y a escasos kilómetros, dos como mucho. Nunca llegó a sentirse cómoda en aquella facultad. Así que antes de tomar la decisión de si matricularse o no, quiso acercarse hasta allí. De los cuatro edificios que la integran, conoció solo el principal. Le pareció antiguo, avejentado, dispar. La gente paseaba en todas direcciones, distraida. Tuvo la sensación de ver a gente de unas quince nacionalidades en menos de veinte minutos. Con los años dejó de percatarse de ello, que era parte del encanto de aquel entorno. Idiomas por todas partes, muchos libros, risas. Alguna queja. No supo bien por qué, pero recorrió parte del pasillo acariciando los azulejos azules que protegían las paredes con la mano. “Sí, aquí me siento bien”. Una especie de sexto sentido, un presentimiento. Tenía que quedarse allí. Y aunque no le habló a nadie de aquella experiencia breve y aparentemente vacía de significado, marcó un poquito su futuro, su destino.

Tres años después, parecía algo absolutamente diferente aunque, sin duda, se hubiera quedado. De no ser porque tenía cita y estaban esperándole para volver a dejar sus datos a la salida, prevista en diez minutos.

La puerta de la biblioteca, por primera vez, permanecía abierta. Un señor amable, desde dentro, la invitaba a pasar. Le dio su nombre, y él a ella, sus libros. Le consultó si podía dejar el libro y, pese a la norma de la entrada, podía hacerlo. Solo que el libro permanecería quince días en cuarentena y, por tanto, en el sistema. Amable, le preguntó qué tal se encontraba, tanto él, como la señora que estaba a su lado. Se sorprendieron tanto que se sonrojaron. Era una pregunta sencilla, pero estaba claro que no solían hacérsela con frecuencia. La humanidad, con esa necesidad imperiosa de socializar, tan hipócrita siempre. Se marchó con la sensación de haber acariciado, lejanamente, alguna de esas sensaciones que albergaba allí.

Dio su DNI en la puerta, de nuevo. Salió, con los libros en el brazo. Miles de imágenes se agolpaban en su mente y la constante duda, que la atormentaba: ¿por qué la gente podía reunirse con precaución en un bar y no en una biblioteca? ¿Por qué se podía ir al gimnasio manteniendo normas extremas de higiene y precaución, y no a la facultad? ¿Por qué el botellón en el parque estaba bien visto, si la cafetería de la universidad seguía cerrada? ¿Por qué contagiarse de lo que fuera en un transporte público era lícito, y no lo era entre letras, sueños, proyectos vitales y objetivos reales? ¿Por qué el mundo lo lideraban esos ignorantes?