Los números ordinales

¡Hola a todos! Bienvenidos a Impara lo spagnolo de nuevo. Vamos, hoy, a ver los números ordinales.

Evidentemente por orden, intentaremos hacer todos del uno (1) al veinte (20), y de ahí en adelante veremos las decenas. Vamos con ellos: primero (1º), segundo (2º), tercero (3º), cuarto (4º), quinto (5º), sexto (6º), séptimo (7º), octavo (8º), noveno (9º), décimo (10º). ¡Seguimos: undécimo (11º), duodécimo (12º), decimotercero (13º), decimocuarto (14º), decimoquinto (15º), decimosexto (16º), decimoséptimo (17º), decimoctavo (18º), decimonoveno (19º), vigésimo (20º)! Tened en cuenta que todos estos números (decimosegundo, decimotercero, decimocuarto, etc.) se escriben juntos: es una sola palabra. De ahí en adelante:
– 30º trigésimo
– 40º cuadragésimo
– 50º quincuagésimo
– 60º sexagésimo
– 70ª septuagésimo
– 80º octogésimo
– 90º nonagésimo
– 100º centésimo
– 202º ducentésimo segundo (200º=ducentésimo + 2º= segundo)
– 500º quingentésimo
– 300º tricentésimo
– 400º cuadringentésimo
– 900º noningentésimo
– 1000º milésimo
– 2000º dosmilésimo
– 1 000 000 millonésimo

Cómo verás es muchísimo más fácil de lo que parece pero repítelo hasta que lo memorices. Lo importante es hacerte con una lista completa para verlos escritos. El truco es, como siempre, repetirlo una y otra vez hasta que lo tengamos muy, muy claro. Eso sí, debéis saber que prácticamente no utilizamos algunos de ellos, salvo en situaciones muy particulares (que estemos en un ámbito de matemáticas, de ciencia, trabajando con cifras muy grandes, …). Lo que sí es muy básico y necesario es que sepáis, sobre todo, del 1º al 10º.  

Muchas gracias por leerme. ¡Para dudas, comentarios y/o cualquier otra cosa, dirígete a la sección “Contacto”! Estaré feliz de responderte.

¡Hasta pronto!

No serás capaz

Tenemos un problema. Un problema más, quería decir. Se nos ha puesto de moda la pedantería, y esto ya no hay quien lo pare. En cada conversación, reunión y, lo que es aún peor, en cada videoreunión, hay que lucirse. Parece que, a falta de bombillas de colores, os ilumináis con vuestras carencias. Y yo me pregunto un día detrás de otro si no seré yo, si no estaré pecando de aquello que critico.

– Ostras, Lau, no se te ocurra publicar esto. Es que es tan prepotente…

Deja la frase sin acabar mientras la mira fijamente, como queriendo incidir en sus ideas y decisiones. Sabe que es prácticamente imposible, pero lo sigue intentando, como aquella primera vez. En aquella ocasión, ultimaban los detalles de la entrevista. Le pidió encarecidamente que modulase el discurso y tomara consciencia de la catástrofe que originaría una crítica tan absolutamente mordaz hacia determinados organismos que eran públicos, la habían acogido, y ahora serían devastados en cada noticiario y red social. Pero no. Laura no hacía caso, ni atendía a razones. ¿Que si lo hizo? Claro que lo hizo. Fue un desastre absoluto. El eco de cada insulto elegantemente formulado paseó de un medio a otro, adueñándose de titulares y comentarios de toda índole. Se convirtió en fruto de nuevas reseñas, algún podcast e incluso en la radio dedicaron horas y horas a la denuncia social de una joven que, con un exceso de frenesí, andaba diciendo verdades a la cara. Fue el centro de atención durante más de dos meses, algo que la abrumaba inmensamente, pese a no reconocerlo jamás. Los sesenta días pasaron, con sus sesenta noches. Y poco después, un día triste y lluvioso, se cercioró de que llevaba casi cuarenta y ocho horas sin ninguna llamada, sin ningún email invitándola a participar en quién sabe qué. Alguna mención en Twitter siempre quedaba, pero es que Twitter era morada y refugio de entes vacíos sin más atención que aquella. Sí. Me llamó casi emocionada.

Para entonces, no solo se habían olvidado de su bomba, sino también de lo que significaba. Nada cambió, nada mejoró. Su demanda moral fue solo aquello, algo tristemente vacío y carente de consecuencias. Fue todo lo que uno no desea que sea su confesión más íntima, su queja dolorosa elevada a la potencia de lo infinito. Y con todo esto, por supuesto, si programa se hundió. El cómo no lo hemos sabido jamás, pero lo hemos intuido siempre. Todas las catástrofes se llevan por delante a otras personas, como bien sabrás. Y yo fui el gran damnificado de todo aquello. Yo, con todo lo mío. Con mi negocio, con el que compartía con ella. No he encontrado aún las palabras para expresar el sinfín de emociones, la dualidad amor-odio que nos ha acompañado desde entonces. Dicen que hay rencores que se tatúan en el alma y debe ser cierto. Ni el sentimiento más puro borrará jamás de mi memoria el momento en que le pedí que no lo hiciera, que no nos pusiera en riesgo. Y lo hizo.

Es irónico que aquí estemos otra vez. Parecía que remontábamos. Ha vuelto a coger carrerilla, ha tomado la voz cantante. Está haciendo lo que ha hecho siempre, pero con la pluma del siglo XXI: un ordenador. ¿Queréis saber la verdad? Tengo miedo de dos aspectos vitales principalmente: lo desconocido y lo infinito. Su libertad es infinita y yo… siento que no la conozco de absolutamente nada.

Mucha letra

Mucha ilusión me hizo, el encontrar el corazón en el filo de una historia. La recuperaba por amor al arte, lealtad a las cosas más hermosas. El corazón, dibujado, protagonista de una página. Sencillo, carente de intenciones elevadas, dispuesto a jugar. El despiste era su terreno, me habías dicho siempre. Así hablabas en tercera persona de ti mismo, de tu faceta de escritor.

Creí ser afortunada por conocer ese lado oculto tuyo. Me engañé, los años que dura un sueño. El tiempo que una necesita para darse cuenta de que no existe. Ni tiempo, ni años, ni lado conocido, ni lado oculto. Existe el arte, útil, de la ironía engañosa. E incluso ayer me aferré a ella. ¿Cobarde? No. Valiente. Sedienta de riesgo y placer.

Tú no eres especial porque sepas empuñar una pluma, ni por interpretar un texto complejo. Tú eres especial, porque yo te doto de unicidad y éxito. Escojo a mis víctimas, que también son vencedoras. En qué contexto, debes interpretarlo tú. Yo tengo una labor diferente, bien lo sabes. Yo tengo poder. Yo soy la letra. Aquí mando yo.

Hasta que…

Complemento directo, transitividad,…

¡Hola, hola! Como estudiante de filología, a veces recibo preguntas de todo tipo. Algunas me divierten, otras me hacen pensar, me enfadan, o todo a la vez. Así que he decidido ir poco a poco resolviendo pequeñas dudas (siempre contrastando previamente la información). Espero que así queden algunas cosas claras, otras cristalinas, y algunas sean incluso sorprendentes para vosotros. Yo tengo que admitir que no hay día que no me sorprenda con algún pequeño descubrimiento.

Hoy vamos a tocar un punto conflictivo para más de uno: el complemento directo. Que si en una región metemos un “lo”, que si en la otra “le”, y ya en la tercera ponemos los dos, y añadimos el “la” indistintamente. Al final, el propio español no sabe hablar.

¿Qué es un complemento directo? Una palabra, o un grupo de palabras, que vamos a llamar ARGUMENTO. Ese argumento tiene una función determinada, y es aportar la información necesaria para que nuestro predicado tenga sentido.

Marta come lentejas.

Marta: sujeto.

Come lentejas: predicado.

¿Qué come Marta? Lentejas. Os presento a vuestro complemento directo.

Cariño, dime algo bonito.

En esta oración, “cariño” es un vocativo. A esto dedicaremos otro capítulo.

Dime algo bonito es el predicado. ¿Qué me dices? Algo bonito: complemento directo.

Sabemos que podemos sustituir estos complementos directos (en adelante, CD) por lo, la, los, las (pronombres átonos acusativos de tercera persona). “Cariño, dímelo“. “Marta las come”. Y también sabemos que a menudo no lo tenemos tan claro.

Dos amigos maravillosos me preguntaban ayer: “¿Se dice la hablo o le hablo? ¿Lo como o le como?“. A partir de hoy, no hay más dudas. Aprendemos un nuevo concepto: transitividad. Hay verbos que necesitan un complemento que los acompañe, para tener significado. Esos son los verbos transitivos. Aquellos que no necesitan un complemento, son intransitivos.

Lorena bostezó. –> INTRANSITIVO

Raúl cuidó… ¿Cuidó el qué? ¿De quién? –> TRANSITIVO

También tenemos algunos verbos que son transitivos y, sin embargo, pueden usarse en un modo intransitivo.

Estamos todos durmiendo la mona.

Ayer dormíamos plácidamente.

Será fácil que llegados a este punto razonemos que: “La hablo” no tendría sentido, a no ser que “la” sustituyese un complemento directo como “la lengua española”.

Hablo la lengua española. La hablo. ¿Qué hablo? La lengua española.

En el caso de decir “le hablo”, nos referimos a una persona. El verbo hablar no precisa de ningún complemento para tener sentido, aunque podamos añadirlo.

Hablo a Marco. ¿Qué hablo? No hay complemento directo. ¿A quién hablo? A Marco. Esto es un complemento indirecto, del que hablaremos más adelante y que se sustituye por le. Le hablo.

Lo como”: “como el filete”. ¿Qué como? El filete.

Si entendiéramos como posible un “le como”, es decir, un complemento indirecto, estaríamos respondiendo a la pregunta: ¿A quién como?