«Una habitación propia», Virginia Woolf

Una y otra vez me dijeron que tenía que leer «A room of one’s own», una novela de Virginia Woolf, pionera del feminismo. Bueno, traducido como «Una habitación propia»: en mi opinión, es un ensayo. La única característica novelesca que tiene es la referencia a una hipotética protagonista que, a poco que uno lea, entiende que se trata de la propia autora huyendo despavorida de una de las características que critica en los hombres: «yo, yo, yo, y más yo». Y para no decir «yo», menta a «ella».

Y ella, Virginia Woolf, era absolutamente un prodigio de persona. Una mente brillante que, en 1929, consiguió exponer de manera directa y perfectamente argumentada varias cuestiones: la necesidad de introspección, de espacio, de autocuidados; la relación del hombre con la mujer y consigo mismo; la relación de la mujer con el hombre y con la realidad a la que la somete; la de la literatura y la mujer con ella. Y es brillante. ¡Y un poquito cargante con la ingente cantidad de metáforas que emplea!

La sensación ha sido de constante controversia: me aburre, me fascina; qué pesada, qué dominio de la palabra; qué poco lógica, qué coherente; qué innecesario argumento aquí, cómo hila todo. Al final, me he enamorado. Pero no os diré que sea una lectura amena. Es una lectura interesante. Es edificante. Y es sorprendente.

No voy a hacer un resumen de su vida que podéis encontrar más fácil y rápidamente en internet. Voy a dejar alguna de las frases, o de los segmentos, que más me han gustado; con la esperanza de que sean lo suficientemente representativos como para que cojáis el libro y lo devoréis.

Solo puedo ofrecerles una opinión sobre un tema menor: para escribir novelas, una mujer debe tener dinero y un cuarto propio; y eso, como ustedes verán, deja sin resolver el magno problema de la verdadera naturaleza de la mujer y la verdadera naturaleza de la novela.

Antes de la guerra, en un almuerzo como este, la gente hubiera dicho las mismas cosas, pero hubieran sonado distintas pues en aquellos días las acompañaba una especie de zumbido, no articulado sino musical e incitante, que modificaba el valor propio de las palabras. ¿Sería posible ponerle letra a aquel zumbido? Tal vez con ayuda de los poetas.

¿Por qué los hombres bebían vino y las mujeres agua? ¿Por qué un sexo era tan adinerado, y tan pobre el otro? ¿Qué influencia ejerce la pobreza sobre la literatura?¿Qué condiciones requiere la creación de obras de arte? -mil preguntas me acosaban a un tiempo-.

Las mujeres no escriben libros sobre los hombres, hecho que saludé con alivio, porque si primero tenía que leer todo cuanto los hombres han escrito sobre las mujeres, y después todo lo que las mujeres han escrito sobre los hombres, el aloe que florece cada 100 años, florecería dos veces antes de que yo empezara a escribir.

La literatura está abarrotada de ruinas de nombres que se han preocupado más allá de lo razonable de las opiniones ajenas.

El sincero respeto que Virginia Woolf sentía por Shakespeare -y que evidencia constantemente-, lo debemos manifestar todos los lectores por ella.

Gambito de dama

«Gambito de dama» («The Queen’s Gambit» en su idioma original) es una novela de Walter Levis publicada por primera vez en 1983. Me topé con ella como supongo que muchos de vosotros: Netflix ha tenido un éxito evidente con la serie. Comencé a verla, de hecho, y al cuarto capítulo me obligué a cesar en el intento y a buscar la novela. Si la serie tenía un toque especial –y mi teoría seguía sin fallar– la novela debía ser maravillosa.

Así es: maravillosa y sorprendente en su estilo y delicadeza.

Elisabeth Harmon es un personaje diferente y sumamente real. Con múltiples carencias a nivel vital y afectivo, una infancia difícil, experiencias traumáticas, la adicción,… Se supera. Se supera mucho y muy despacio, a veces. Alcanza un desarrollo envidiable en el mundo del ajedrez, trabajando su mente, la gestión de las emociones, la toxicidad que la rodea –en forma de alcohol, pastillas y compañías de dudosa conveniencia. Y, sin embargo, uno termina la última página con la sensación de necesitar unas cuantas más; para conocerla mejor, para saber si consigue experimentar sentimientos más sanos, si supera ciertos bloqueos.

Fotografía del personaje de Elisabeth Harmon en la serie "Gambito de dama" producida por Netflix.
Elisabeth Harmon en la serie «Gambito de dama», producida por Netflix.

Pese a ser la protagonista de todas y cada una de las páginas, de conocer cada pensamiento e imagen mental que experimenta, se percibe como efímera, ausente del mundo en tantas ocasiones. Su vida es el ajedrez.

La minuciosidad de las descripciones de las partidas es poco frecuente en una novela. Sin embargo, transmite incluso con más profundidad las sensaciones. El roce con el material de cada pieza, los tonos de los tableros, los sonidos de relojes y piezas que se depositan con firmeza. Incluso los personajes a los que se enfrenta y que, en algunos casos, después la acompañan. Descripciones ricas pero no excesivas. Como cada rasgo del texto, en realidad.

«[…] y estarían explorando la posición, buscando debilidades dentro de tres o diez movimientos, sondeando la disposición de piezas blancas como si fuera su cuerpo y ellos cirujanos preparados para diseccionarlo. Había algo obsceno en aquella imagen».

Se dice que lo poco agrada y lo mucho enfada. Esa justa medida de cada elemento hace que sea una novela recomendable para cualquier amante de la literatura, y aficionado a la lectura. Por supuesto, si te gusta el ajedrez, te enamorará. Si majestuosa resulta la narrativa, majestuosa es la imagen que proyecta de este juego que nació A.d.C. Además, el jugador habitual contará con una ventaja: podrá entrenarse con ella a lo largo del relato. Desmenuza jugadas, movimientos, paso a paso. Minuto a minuto, si pones en marcha el reloj.

Por otro lado, cabría al menos mentar el alegato feminista que, si bien viene de una mentalidad masculina fácilmente perceptible en más de una ocasión, se suma a una lista ya importante de novelas que recogen la figura de la mujer desde la perspectiva de la lucha en un mundo de hombres. Inmersa en él, ganará. Aunque la sensación de inseguridad no la abandonará en ningún momento.

Si tiene un toque de comicidad, y muy sutil, reside en las píldoras de Moscú, los rusos, la posición de las revistas y los centros culturales, Rompe con unos clichés y corrobora otros, alimentando esa sensación de realidad constante desde las primeras líneas.

Dedicaría más de un párrafo a los dos personajes enternecedores que aparecen, incluso tres. Pero debo parar y decirte que tienes que mover tú. Te toca. Y si quieres un consejo, el mío es que lo leas. No habrá una jugada mejor, ni más deleitable. Incluso más que ahorrar el tiempo viendo la serie. Además, una regla del ajedrez dice así: «pieza tocada, pieza movida». Ya la has tocado al leer esta breve y personal reseña. ¡Disfrútalo!

Carta al escritor

He terminado otra lectura. Esta era diferente: rompedora, original, crítica, satírica y chocante. De nuevo, Mijaíl Bulgákov ha sido el fruto de mis obsesiones durante unas horas, pocas, que me parecieron poquísimas. Corazón de perro, qué maravilla: os la recomiendo.

Por fin puedo hablar de rasgos comunes en sus novelas. Ya noto esos diálogos predominantes, las crónicas bien introducidas. Escenifica cada momento con una maestría que yo, sencillamente te adoro. Ahora vendría esa frasecita de si yo hubiera podido vivir en tu época y conocerte. Pues de haber sido así, nada. Porque la censura soviética te hizo la vida imposible. La que es considerada tu obra maestra, vio la luz cuando tú ya no podías hacerlo. Y las otras, vaya, siquiera podías publicarlas con libertad, ni los textos completos. Aunque los compartieran por ahí, a escondidas. Tu fama, como la de muchos grandes hombres y mujeres, tomó fuerza cuando tú ya no estabas para verlo. Qué sensación de desasosiego siento cuando lo pienso fríamente. Tú, que llevaste el drama a la novela, la novela al drama, la vida al papel.

Leo, leo y releo. Me hace sonreír cuando te diriges al lector, a mí en ese momento y lugar. Si tu prosa ya eleva y transporta del espacio que sea, a aquel que tú elegiste hace casi un siglo ya; cuando el guiño toma forma, no puedo evitar pensar en cómo gesticularías tú. Cómo se te habrán ocurrido algunas similitudes, metáforas. De dónde sacaste el humor, en una vida que no dejaba reír. Ni comer, según que momentos.

Es extraño escribir a alguien que nunca conocí, que perteneció a otros ríos y montañas, que siquiera hablaba el mismo idioma que hablo yo. Y sin embargo, siento que te conozco. Que el estudio de las lenguas tiene sentido cuando uno es capaz de, poco a poco, leerte en versión original. Y me siento melancólica y afortunada a partes iguales. ¿Se te pasaría por la cabeza en algún momento que serías tan respetado y admirado por la exigente comunidad lectora?

Esto pretendía ser una reseña literaria, y mira cómo ha terminado. Escribiéndote yo a ti. Las agallas de saber que no me puedes leer. Qué valiente es la ignorancia, y mucho más el conocimiento.

«No. Nunca más, ni siquiera cuando me venza el sueño, murmuraré con arrogancia que ya lo he visto todo. No. Ha pasado un año, y pasará otro y será tan rico en nuevas experiencias como el anterior… Una verdadera lección de humildad» (Diario de un joven médico, Mijaíl Bulgákov).

Y de ilusión.

El prisionero de Zenda

«El prisionero de Zenda» («The prisoner of Zenda» en su versión original) es una novela publicada en 1894 por Sir Anthony Hopes (1863-1933). Una novela de aventuras, viajes y valores morales entrelazados con sentimientos puros que luchan contra ideas, a menudo menos puras. Y vencen, siempre. Porque el coraje, el amor, la lealtad y la lucha, predominan sobre cualquier otro detalle de la trama. Transcurre en el territorio de Ruritania, un país ficticio en el que Rodolfo Rassendyll deberá, valiéndose de su estrecho parecido, salvar a su primo (el rey), secuestrado por el primo de este (el duque Miguel) porque, por supuesto, desea quedarse con el trono y la mujer que lo acompañará en él.

Ya sabrás que no me gusta revelar el final, principalmente por no privarte del placer de la lectura, así que tampoco lo haré ahora. Sin embargo, sí te contaré algunos detalles. Para empezar, estamos hablando de una obra breve, apenas de 143 páginas en la edición que he tenido en mis manos (una de impresión bajo demanda, de Amazon, bastante mejorable en términos de maquetación y traducción). Son páginas que corretean a caballo, en tren, a pie; a ratos entre acciones ágiles, otras tantas con sigilo y atención. El movimiento se mantiene y el ritmo acelera, haciendo de la última tercera parte la porción idónea de un relato adecuado para niños y adultos. Rencillas familiares, tradiciones y cambios generacionales se enuncian en boca del protagonista, que no solo habla en primera persona, sino también comparte sus pensamientos y emociones durante la narración. Éste, movido por la curiosidad y el deseo, se embarca en una aventura que relata en el libro. Un detalle que llama especialmente la atención es que el protagonista anticipa el resultado de la mayoría de sus acciones, de manera que el placer de la lectura no se haya en la intriga, sino en el proceso mental y románticamente – una palabra que hará sonreír a cierta persona, cuando llegue hasta aquí- caballeresco, que nos guía y divierte a partes iguales. Estrelsau y Zenda, ciudades que acogen castillos heroicos y antagónicos, constituyen los centros de acción de este caballero inglés que se define a sí mismo como un «segundón de buena casa; hombre sin gran fortuna, posición, ni rango».

La princesa Flavia será fuente de distracción y pasiones certeras. De ella también se vale el autor para evidenciar la época en la que se data esta historia. «¿Pero somos mujerzuelas o qué?», «[…] porque nunca está de más infundir cierto grado de temor a las mujeres que nos quieren […]». Pero, dejando a un lado lo evidente, es un personaje que destaca por su hermosura y nobleza, tal y como Rodolfo la define, así como por la firmeza de sus decisiones y la sencillez de su amor.

Federico de Tarlein y el coronel Sarto son dignos compañeros de viaje y mejores representaciones de la naturaleza del ser humano, siendo la del primero más limpia y fiel; la de Sarto, relativamente puesta en duda por Rodolfo, quien observa en repetidas ocasiones que el coronel se mueve por una valentía incomparable y por sentimientos no tan honorables como cabría presumir.

El papel de la consciencia, para discernir entre el bien y el mal, lo honorable y lo cuestionable, es imprescindible. Así como el hado, el porvenir y Dios, compiten por el destino de los hombres, quienes no dejan nada a su suerte y, sin embargo, aluden a ellos constantemente. Además, se percibe un cierto simbolismo en el uso de colores como el negro (empleado para los pensamientos más oscuros, y para apodar al duque) y el rojo (en el cabello; «¡Es rojo, luego es bueno!»); en la división de la ciudad en dos partes, siendo la nueva adepta al rey, y la vieja, al duque.

Una cierta comicidad se deja entrever en multitud de diálogos. La interacción entre todos ellos resulta imprescindible. El resumen que el propio Rodolfo hace al final de la obra devuelve al lector al principio, creando una estructura cíclica y cerrada.

Por último, me gustaría admitir y a título personal, que he leído cada página con la cálida certeza de que las disfrutaste antes tú, E. Me encanta que compartas conmigo tu vida desde hace tantos años y, desde hace no tanto, también las lecturas. Te quiero, mucho.

«No siempre- dijo-, hace Reyes el Cielo a quienes deberían llevar corona».

La Ciudad del Sol

Tommaso Campanella. (2005). La Città del Sole/La ciudad del Sol. Barcelona: Ediciones Abraxas. ISBN:84-96196-54-2

Empezaré por la edición, por una cuestión de reconocimiento y, para qué negarlo, profundo agradecimiento. Con el prólogo de Alberto Savinio, y una buena introducción de Louise Colet, da paso a la edición bilingüe de un diálogo cuya página izquierda muestra el texto en italiano, mientras la de la derecha lo hace en español. Sus múltiples anotaciones se recogen al final, detrás del apéndice «Cuestiones sobre la mejor de las repúblicas», escrito en 1609. Por cierto, de nuevo en español solamente. Pertenece así a la Serie Utopía, encabezada por la obra del mismo nombre de Tomás Moro. Una portada sencilla, encuadernación rústica y papel reciclado: consistente, serio, retando ya desde fuera.

La Ciudad del Sol es una utopía absolutamente distópica que se presenta en una conversación relativamente breve, desordenada, en la que Hospitalario (un caballero de la Orden de los Hospitalarios), ejerce el papel de interlocutor e interactúa, como lo haría el lector (ya inmiscuido en la historia desde la primera página), con Genovés. Se aborda así la organización de la Ciudad, en sus siete círculos concéntricos, bautizados con los nombres de los planetas; de las creencias religiosas, que sustentan y justifican este Estado teocéntrico; el aprendizaje de las artes y oficios; las costumbres de salud y la sanidad en general; el reglamento de esta ciudad sin apenas leyes, asegura; la seguridad y el arte de la guerra; las bases económicas y sus medios de subsistencia; el Sumo Sacerdote, también llamado Sol, y Metafísico; y un largo etcétera de cuestiones que trata con bastante desorden y cierta repetición.

Sorprenden: la atención a la mujer, con un enfoque sexista cuando menos, limitada en su libertad, destinada a procrear, víctima del deseo del hombre; la idea del pecado y de nuestra tendencia al «no ser y al desorden», contrarios al «ser y la eficiencia» de Dios; la confianza en la existencia de otros mundos, que no contradiga que en Dios no cabe «la nada»; la segregación social en un sistema que la evita a toda costa.

Ante algunas lecturas, cabe hacerse varias preguntas, sobre todo para simplificar y allanar la opinión:

¿Ha sido una lectura amena? Sí. ¿Ágil? No. ¿Ardua? Tampoco. ¿He aprendido algo de ella? Deja reflexiones que se nutren en la capacidad crítica. ¿Volvería a leerla? No. ¿Creo que otro lector, tal vez más aficionado a la filosofía y a la política, disfrutaría más y mejor de ella? Absolutamente.