Carta al escritor

He terminado otra lectura. Esta era diferente: rompedora, original, crítica, satírica y chocante. De nuevo, Mijaíl Bulgákov ha sido el fruto de mis obsesiones durante unas horas, pocas, que me parecieron poquísimas. Corazón de perro, qué maravilla: os la recomiendo.

Por fin puedo hablar de rasgos comunes en sus novelas. Ya noto esos diálogos predominantes, las crónicas bien introducidas. Escenifica cada momento con una maestría que yo, sencillamente te adoro. Ahora vendría esa frasecita de si yo hubiera podido vivir en tu época y conocerte. Pues de haber sido así, nada. Porque la censura soviética te hizo la vida imposible. La que es considerada tu obra maestra, vio la luz cuando tú ya no podías hacerlo. Y las otras, vaya, siquiera podías publicarlas con libertad, ni los textos completos. Aunque los compartieran por ahí, a escondidas. Tu fama, como la de muchos grandes hombres y mujeres, tomó fuerza cuando tú ya no estabas para verlo. Qué sensación de desasosiego siento cuando lo pienso fríamente. Tú, que llevaste el drama a la novela, la novela al drama, la vida al papel.

Leo, leo y releo. Me hace sonreír cuando te diriges al lector, a mí en ese momento y lugar. Si tu prosa ya eleva y transporta del espacio que sea, a aquel que tú elegiste hace casi un siglo ya; cuando el guiño toma forma, no puedo evitar pensar en cómo gesticularías tú. Cómo se te habrán ocurrido algunas similitudes, metáforas. De dónde sacaste el humor, en una vida que no dejaba reír. Ni comer, según que momentos.

Es extraño escribir a alguien que nunca conocí, que perteneció a otros ríos y montañas, que siquiera hablaba el mismo idioma que hablo yo. Y sin embargo, siento que te conozco. Que el estudio de las lenguas tiene sentido cuando uno es capaz de, poco a poco, leerte en versión original. Y me siento melancólica y afortunada a partes iguales. ¿Se te pasaría por la cabeza en algún momento que serías tan respetado y admirado por la exigente comunidad lectora?

Esto pretendía ser una reseña literaria, y mira cómo ha terminado. Escribiéndote yo a ti. Las agallas de saber que no me puedes leer. Qué valiente es la ignorancia, y mucho más el conocimiento.

“No. Nunca más, ni siquiera cuando me venza el sueño, murmuraré con arrogancia que ya lo he visto todo. No. Ha pasado un año, y pasará otro y será tan rico en nuevas experiencias como el anterior… Una verdadera lección de humildad” (Diario de un joven médico, Mijaíl Bulgákov).

Y de ilusión.

El prisionero de Zenda

“El prisionero de Zenda” (“The prisoner of Zenda” en su versión original) es una novela publicada en 1894 por Sir Anthony Hopes (1863-1933). Una novela de aventuras, viajes y valores morales entrelazados con sentimientos puros que luchan contra ideas, a menudo menos puras. Y vencen, siempre. Porque el coraje, el amor, la lealtad y la lucha, predominan sobre cualquier otro detalle de la trama. Transcurre en el territorio de Ruritania, un país ficticio en el que Rodolfo Rassendyll deberá, valiéndose de su estrecho parecido, salvar a su primo (el rey), secuestrado por el primo de este (el duque Miguel) porque, por supuesto, desea quedarse con el trono y la mujer que lo acompañará en él.

Ya sabrás que no me gusta revelar el final, principalmente por no privarte del placer de la lectura, así que tampoco lo haré ahora. Sin embargo, sí te contaré algunos detalles. Para empezar, estamos hablando de una obra breve, apenas de 143 páginas en la edición que he tenido en mis manos (una de impresión bajo demanda, de Amazon, bastante mejorable en términos de maquetación y traducción). Son páginas que corretean a caballo, en tren, a pie; a ratos entre acciones ágiles, otras tantas con sigilo y atención. El movimiento se mantiene y el ritmo acelera, haciendo de la última tercera parte la porción idónea de un relato adecuado para niños y adultos. Rencillas familiares, tradiciones y cambios generacionales se enuncian en boca del protagonista, que no solo habla en primera persona, sino también comparte sus pensamientos y emociones durante la narración. Éste, movido por la curiosidad y el deseo, se embarca en una aventura que relata en el libro. Un detalle que llama especialmente la atención es que el protagonista anticipa el resultado de la mayoría de sus acciones, de manera que el placer de la lectura no se haya en la intriga, sino en el proceso mental y románticamente – una palabra que hará sonreír a cierta persona, cuando llegue hasta aquí- caballeresco, que nos guía y divierte a partes iguales. Estrelsau y Zenda, ciudades que acogen castillos heroicos y antagónicos, constituyen los centros de acción de este caballero inglés que se define a sí mismo como un “segundón de buena casa; hombre sin gran fortuna, posición, ni rango”.

La princesa Flavia será fuente de distracción y pasiones certeras. De ella también se vale el autor para evidenciar la época en la que se data esta historia. “¿Pero somos mujerzuelas o qué?”, “[…] porque nunca está de más infundir cierto grado de temor a las mujeres que nos quieren […]”. Pero, dejando a un lado lo evidente, es un personaje que destaca por su hermosura y nobleza, tal y como Rodolfo la define, así como por la firmeza de sus decisiones y la sencillez de su amor.

Federico de Tarlein y el coronel Sarto son dignos compañeros de viaje y mejores representaciones de la naturaleza del ser humano, siendo la del primero más limpia y fiel; la de Sarto, relativamente puesta en duda por Rodolfo, quien observa en repetidas ocasiones que el coronel se mueve por una valentía incomparable y por sentimientos no tan honorables como cabría presumir.

El papel de la consciencia, para discernir entre el bien y el mal, lo honorable y lo cuestionable, es imprescindible. Así como el hado, el porvenir y Dios, compiten por el destino de los hombres, quienes no dejan nada a su suerte y, sin embargo, aluden a ellos constantemente. Además, se percibe un cierto simbolismo en el uso de colores como el negro (empleado para los pensamientos más oscuros, y para apodar al duque) y el rojo (en el cabello; “¡Es rojo, luego es bueno!”); en la división de la ciudad en dos partes, siendo la nueva adepta al rey, y la vieja, al duque.

Una cierta comicidad se deja entrever en multitud de diálogos. La interacción entre todos ellos resulta imprescindible. El resumen que el propio Rodolfo hace al final de la obra devuelve al lector al principio, creando una estructura cíclica y cerrada.

Por último, me gustaría admitir y a título personal, que he leído cada página con la cálida certeza de que las disfrutaste antes tú, E. Me encanta que compartas conmigo tu vida desde hace tantos años y, desde hace no tanto, también las lecturas. Te quiero, mucho.

“No siempre- dijo-, hace Reyes el Cielo a quienes deberían llevar corona”.

La Ciudad del Sol

Tommaso Campanella. (2005). La Città del Sole/La ciudad del Sol. Barcelona: Ediciones Abraxas. ISBN:84-96196-54-2

Empezaré por la edición, por una cuestión de reconocimiento y, para qué negarlo, profundo agradecimiento. Con el prólogo de Alberto Savinio, y una buena introducción de Louise Colet, da paso a la edición bilingüe de un diálogo cuya página izquierda muestra el texto en italiano, mientras la de la derecha lo hace en español. Sus múltiples anotaciones se recogen al final, detrás del apéndice “Cuestiones sobre la mejor de las repúblicas”, escrito en 1609. Por cierto, de nuevo en español solamente. Pertenece así a la Serie Utopía, encabezada por la obra del mismo nombre de Tomás Moro. Una portada sencilla, encuadernación rústica y papel reciclado: consistente, serio, retando ya desde fuera.

La Ciudad del Sol es una utopía absolutamente distópica que se presenta en una conversación relativamente breve, desordenada, en la que Hospitalario (un caballero de la Orden de los Hospitalarios), ejerce el papel de interlocutor e interactúa, como lo haría el lector (ya inmiscuido en la historia desde la primera página), con Genovés. Se aborda así la organización de la Ciudad, en sus siete círculos concéntricos, bautizados con los nombres de los planetas; de las creencias religiosas, que sustentan y justifican este Estado teocéntrico; el aprendizaje de las artes y oficios; las costumbres de salud y la sanidad en general; el reglamento de esta ciudad sin apenas leyes, asegura; la seguridad y el arte de la guerra; las bases económicas y sus medios de subsistencia; el Sumo Sacerdote, también llamado Sol, y Metafísico; y un largo etcétera de cuestiones que trata con bastante desorden y cierta repetición.

Sorprenden: la atención a la mujer, con un enfoque sexista cuando menos, limitada en su libertad, destinada a procrear, víctima del deseo del hombre; la idea del pecado y de nuestra tendencia al “no ser y al desorden”, contrarios al “ser y la eficiencia” de Dios; la confianza en la existencia de otros mundos, que no contradiga que en Dios no cabe “la nada”; la segregación social en un sistema que la evita a toda costa.

Ante algunas lecturas, cabe hacerse varias preguntas, sobre todo para simplificar y allanar la opinión:

¿Ha sido una lectura amena? Sí. ¿Ágil? No. ¿Ardua? Tampoco. ¿He aprendido algo de ella? Deja reflexiones que se nutren en la capacidad crítica. ¿Volvería a leerla? No. ¿Creo que otro lector, tal vez más aficionado a la filosofía y a la política, disfrutaría más y mejor de ella? Absolutamente.

Hay peores cárceles que las palabras

Él solía decir que existimos mientras alguien nos recuerda.

La Sombra del Viento, Carlos Ruiz Zafón. Editorial Planeta SA, Barcelona, España (2001). ISBN: 84-226-9689-4

Nació en Barcelona (España) en 1964, falleció en Los Ángeles (EEUU) este año. Aún no puedo creer que no esté entre nosotros semejante genio. Os recomiendo leer su biografía en la página oficial: http://www.carlosruizzafon.com

[…]como siempre, lo esencial de la cuestión había sido decidido antes de que empezase la historia y, para entonces, ya era tarde.

La tetralogía El Cementerio de los Libros Olvidados comienza con la publicación, en el año 2001, de La sombra del viento, y continúa con El juego del ángel, El prisionero del cielo y El laberinto de los espíritus. Debo admitir que la comencé hace años, y la dejé de lado con la excusa de no poder soportar la espera entre libro y libro, porque los dos primeros me habían capturado sobremanera. Así fui a la Feria del libro de Madrid, donde me firmó la tercera obra por orden consecutivo, y yo la guardé como un tesoro durante años en la estantería: primero, a la espera de la cuarta y última; después, porque lo olvidé. Me sumergí en otras lecturas, otros autores, otros países incluso (llevo tres años dedicándome al estudio de la literatura eslava e italiana). Este verano llegó la noticia de su muerte. Hay dos comportamientos que son típicos ya en el ser humano: beatificar moralmente a todo el que enterramos, olvidando sus faltas (esto ya lo dice el propio Zafón en la novela: Frente a un ataúd, todos vemos sólo lo bueno o lo que queremos ver); en el caso de ser un autor, deseamos haberle leído, comenzar ahora, haberlo hecho antes. Sobre todo si somos lectores frecuentes, o apasionados. Más si algo nos evoca un recuerdo grato, la imagen de los momentos de lectura acurrucada en la cama, hasta altas horas de la noche. De manera que, sumergida en estos pensamientos, decidí adentrarme de nuevo en el universo de Carlos Ruiz Zafón.

-¿Por qué se queman los libros? Por estupidez, por ignorancia, por odio…vaya usted a saber.
– ¿Por qué cree usted? -insistí.
– Julián vivía en sus libros. Aquel cuerpo que acabó en la morgue era sólo una parte de él. Su alma está en sus historias. En una ocasión le pregunté en quién se inspiraba para crear sus personajes y me respondió que en nadie. Que todos sus personajes eran él mismo
.

Daniel Sempere y su padre nos estrechan la mano acompañándonos ya en los primeros pasos hacia un lugar donde el respeto, la intriga y la calidez, se mezclan con el olor de los libros, nuevos y usados. Pronto la historia coge un ritmo casi frenético. Los nombres empiezan a aparecer y los personajes toman forma, con un don que hay que atribuir al autor: jamás olvida el lector de quién se trata. La trama está presentada por el protagonista aparente en primera persona, que nos permite conocer cada detalle y reflexión. Digo aparente, porque cuando los marcos narrativos comienzan a encontrar su lugar y a encajar, como piezas de un puzzle inmenso, uno comprende que no es la historia de una persona, sino de muchas ellas. Personas que evolucionan y no se mantienen en el mismo rol durante todo el desarrollo. Incluso el relato femenino de Nuria Monfort, del que no adelantaré nada por si te animas a sumergirte en esta aventura, ocupa una posición de relevancia y presenta valores que, si bien en todo momento se pincelan, ella los dibuja con precisión. Pero volviendo a sus personajes, parecen tener una pareja, distante en el tiempo y, sobre todo, en el momento vital que comparten, pero parejos al fin y al cabo. Así Daniel y Julián Carax, el padre de cada uno de ellos, de alguna manera sus madres también, Bea y Penélope, Tomás y Miquel, enfrentarán al inspector Fumero en una aventura que comienza en 1945, para Daniel, y finalizan, Daniel y Carax, en 1955. Si ya lo has leído, pensarás que nada tienen que ver los personajes que aparecen en esta comparación rápida, y tienes razón. Gracias al aprendizaje, a la vida, y a la compañía que ejercen en Daniel, los finales son muy diferentes a aquellos que conformaron la dramática existencia de Julián. Debo decir que, gracias a un entorno familiar sano, también el punto de origen difiere y facilita la transición vital de Daniel. Las palabras con que se envenena el corazón de un hijo, por mezquindad o por ignorancia, se quedan enquistadas en la memoria y tarde o temprano le queman el alma.

Ejército, matrimonio, Iglesia y banca: los cuatro jinetes del Apocalipsis: las críticas hacia ciertos aspectos o modos de vida, como los asilos, son evidentes aunque no constituyen la trama. Sin embargo, sin construyen personajes muy humanos, personajes que conocen las miserias a las que se ven sometidos por la sociedad, los deseos, las decepciones y el miedo.

Me sentí rodeado de millones de páginas abandonadas, de universos y almas sin dueño, que se hundían en un océano de oscuridad mientras el mundo que palpitaba fuera de aquellos muros perdía la memoria sin darse cuenta día tras día, sintiéndose más sabio cuanto más olvidaba.

El lenguaje es cuidado. Sin embargo, la novela está repleta de diálogos que, bendita la pluma, son ocupados muy frecuentemente por el que posiblemente sea el mejor personaje de todos y que, en ciertas ocasiones, parece haber salido de una obra dramática por su lenguaje comunicativo: Fermín Romero de Torres, como se hace llamar. Consecuencia de la picaresca española, de sus tiempos y la experiencia, es una especie de Pepito Grillo, un visionario vapuleado por el sistema, profundamente fiel, compasivo y bondadoso, y con los comentarios más ingeniosos de toda la obra. Divertido, optimista y fuerte. Incluso en cierta escena aparece como un héroe en un coche, una imagen que, imagino, el señor Ruiz Zafón debió terminar con una sonrisa socarrona.

El modo más eficaz de hacer inofensivos a los pobres es enseñarles a querer imitar a los ricos.

Destacaría, además del recorrido por Barcelona que en más de una ocasión me hizo recurrir a mapas y fotografías en línea, y los paseos por París, […]la única ciudad del mundo donde morirse de hambre todavía es considerado un arte; la inmersión en el mundo editorial. El día que comprenda usted que el negocio de los libros es miseria y compañía y decida aprender a robar un banco, o a crear uno, que viene a ser lo mismo, venga a verme y le explicaré cuatro cosas sobre cerrojos. Uno masca y saborea el proceso de escritura, detalles de la edición, entresijos del mundillo, la publicación, la compra-venta y, por encima de todo, el valor del libro, el poder de la palabra. Tanto es así, que el almacén de libros, la librería, así como los escritorios y, por supuesto, la pluma de Víctor Hugo, dejan un sabor impactante. Por supuesto, también el cementerio.

[…] porque en esta vida lo único que sienta cátedra es el prejuicio.

Además, las referencias históricas son frecuentes, y también las literarias. Incluso, desarrollando más la sensibilidad que uno experimenta con el pasar de las páginas, los olores forman parte del recorrido. El olor a muerto o a vida en el mismo lugar según el momento; el papel nuevo, usado o quemado; las calles de la ciudad ahumadas o espléndidas de sol.

La televisión, amigo Daniel, es el Anticristo […]. Este mundo no se morirá de una bomba atómica como dicen los diarios, se morirá de risa, de banalidad, haciendo un chiste de todo, y además un chiste malo.

En la España del siglo XX nos situamos porque la propia novela nos introduce y, además, los capítulos se ordenan en bloques presentados cronológicamente. Pero por si queda algún resquicio de duda, los comentarios sobre la mujer como el sexo débil, la manera de referirse a la tauromaquia, y las triquiñuelas de las que se sirven para desenvolverse, nos sitúan de nuevo en la época. Debo admitir que, a mi parecer, la mujer también juega el papel indispensable en la obra de ser descubierta, como esencia y fuente de profundas pasiones y sentimientos, por el joven Sempere.

Hay pocas razones para decir la verdad, pero para mentir el número es infinito.

La memoria, el alma y el destino, serán los otros tres pilares sobre los que se sustente el recorrido narrativo. Recurrentes y trascendentales, serán la masa madre de cada movimiento e idea, de cada intención. Pero, llegados a este punto, de qué va todo esto, querrás saber. Tomando prestado otro párrafo del libro: De libros malditos, del hombre que los escribió, de un personaje que se escapó de las páginas de una novela para quemarla, de una traición y de una amistad perdida. Es una historia de amor, de odio y de los sueños que viven en la sombra del viento.

Te invito a descubrir la que posiblemente sea mi novela favorita.

Resurrección (Воскресение)

Esta maravilla de la literatura rusa es publicada en 1899 por Lev N. Tolstói (Лев Николаевич Толстой, 1828-1910). Dividida en tres partes, cada una de ellas de longitud considerable, narra tres etapas en un viaje de crecimiento y desarrollo moral y espititual del propio protagonista. Breves capítulos justifican cambios de escena que favorecen, tanto el seguimiento cronológico de la trama, como las pausas que el lector puede necesitar (y necesita) para acompañar a narrador y personajes en sus reflexiones, tan abundantes como fundamentales. Un narrador omnisciente juega con los personajes principales de Nejliudov y Katiusha, para intercambiar perspectivas y, junto consigo mismo, encaminar al lector hacia una idea propia final.

Los personajes componen, mediante sus propias biografías, ideas y pensamientos, un escenario complejo de transición ante los ojos de un protagonista que, por su pasado y experiencias, es tratado por el autor con una cierta compasión y una mirada respetuosa. Esta mirada se repite con cada uno de los personajes, a quienes dota de voz y opinión.

Una obra que comienza con versos de San Mateo, San Juan y San Lucas; y finaliza con los preceptos de San Mateo. Esta percepción de relativa ciclicidad se pierde, ante el proceso evolutivo que verdaderamente experimenta Nejliudov, quien posee ciertas notas autobiográficas del autor. Así se suceden una juventud religiosa, la madurez en la que cree en Dios pero se siente ajeno de los dogmas de la Iglesia (descritos, por cierto, con ironía y rechazo), para encontrar por fin una suerte de revelación, en la que descubre el sentido de la vida y la felicidad, por fin en el último capítulo. En toda la trama aun así destacan las descripciones detalladas de ritos y
símbolos, evidenciando aún más la religiosidad de Tolstoi.

Emplea numerosas fechas cristianas para establecer la cronología. Entre ellas, es el domingo de Resurrección el elegido para regresar a Maslova y desatar el desastre, además de para dar título a la obra. Dios, de nuevo, será causa de la iluminación que experimenta el protagonista, además de dibujar una constante dualidad “Dios-destino”, más o menos polarizada según el personaje.

La trama, contenida en un primer marco romántico, se desvanece rápidamente, dejando paso a la espiritualidad y la moral, en un marco social dramático. Las descripciones destacan por su precisión, tanto de los espacios, como de las personas. Aquellas referentes a la naturaleza resultarán particularmente poéticas y detalladas, orientando hacia sentimientos elevados y reflexiones de mayor profundidad y claridad espiritual. Además, la naturaleza aparece como la luz en medio de un mundo oscuro: aquello en lo que los seres humanos no pueden influir. En las personas, por ejemplo, destaca la referencia a los ojos de Katiusha. En múltiples ocasiones se refiere al color negro y la orientación, puesto que es bizca. El énfasis repetitivo del narrador, que incluso admite inquietarse con su mirada por medio de Nejliudov, recuerda a la idea renacentista tan referida en autores como Petrarca, de la expresión del alma por medio de la mirada. “[…] los ojos expresaban algo distinto y mucho más importante de lo que dijeran los labios”. Parece indicar que sus ojos revelan así el estado de su alma, desviada por los sucesos que han ido aconteciendo en su vida. Además, otorga un significado respetuoso a las lágrimas. Esta idea podría ser considerada también renacentista, manteniendo que la vía de expresión del dolor más profundo y sincero son los ojos, por medio de las lágrimas.


La contraposición de ambientes sociales elevados y las cárceles consiguen traspasar las páginas y tienen un efecto real en el lector, que recuerda a las propias impresiones del personaje principal. “[…] aquel intenso asco moral que casi se convertía en una sensación física” al que se refiere en muchas ocasiones. Además, alude a fenómenos del reino animal para ilustrar acciones humanas y su proceder social, convirtiendo así la sociedad en un cuadro de figuras predecibles y repetitivas en una serie de comportamientos ampliamente criticados desde un tono irónico y mordaz.

El lenguaje que atribuye a los personajes es el adecuado según la posición y rango que desempeñan, poniendo atención tanto en el uso de las palabras, como en los modales. Recurren al francés constantemente, incluso haciendo juegos de palabras. No obstante, los diálogos interiores del protagonista, así como la carga descriptiva y la narración en sí misma, cuentan con un lenguaje escogido y delicado. Se observan hermosas figuras y giros lingüísticos: “Nejliudov miraba y escuchaba, pero veía y oía algo muy distinto de lo que sucedía ante él”.
Las referencias a otros autores son habituales, destacando aquellas a sus coetáneos (Dostoievski y Turgueniev). En cuanto a las cuestiones que aborda la novela, son de diversa índole, pero todas en el marco de la sociedad rusa. Pone un foco particular sobre la cuestión de la propiedad de tierras y el sufrimiento de los campesinos, oprimidos por el sistema; el injusto sistema judicial, que obra con indiferencia y desidia hacia la vida ajena, imponiendo penas severas de manera normativa a inocentes; la inutilidad de los juicios, inmorales; el decadente estado de las cárceles; los militares, exentos de capacidad de sentir culpa, a diferencia del hombre civil. Incluso ahonda en cuestiones menores, en el ámbito de la novela, como la revolución, el amor, el matrimonio, la hipocresía, la demagogia o la superficialidad. Presenta una sociedad rusa racista, que considera superiores a algunos miembros de clase social alta (reconocidos como una raza diferente), y que se divide en radicales y liberales, ortodoxos y no religiosos, locos y cuerdos, incluso partidarios de Darwin o Moisés.
La crítica social se basa, sobre todo, en una falta de humanidad que, junto con el egoísmo, constituyen la pérdida moral. Así entiende la diferencia entre la obligación judicial, y la responsabilidad, judicial y moral, de la que carecen. Se detiene en los detalles, como el agachar la cabeza por vergüenza, para escenificar la parafernalia que eligen vivir determinados sectores.

Nejliudov avanza desde la no consciencia de la realidad, hacia el temor por la crueldad que lo rodea y la falta de humanidad, de las que se percatará a medida que se desarrolle a nivel espiritual. De la mano de Katiusha, tomará consciencia del dolor que ha provocado en su alma, y se desarrollará en él una dualidad constante, hasta el final de la trama. Esta dualidad se presenta de numerosas formas. La primera de ellas, será el pensamiento. En cada reflexión, combate la idea propia, con la costumbre. Una búsqueda de lo superfluo y el hecho de sumirse en una decadencia espiritual, se convierten en consecuencias de la búsqueda de la aceptación social. Se abandona a sí mismo, para no ser criticado. Este declive será luego reconducido, recuperando sus antiguos valores y fortaleciéndolos en la fe. Los debates entre el hombre espiritual y animal, el egoísmo y la humanidad, el miedo y la actitud moral; muestran finalmente a un hombre que se reconoce libre y verdadero.

En el momento en el que comienza a ver la realidad que le rodea, cambia todo su sistema. “Desde el momento en que Nejliudov comprendió que era un miserable, y sintió repulsión hacia sí mismo dejó de despreciar a los demás.” Él no es considerado un ser digno en su nueva escala de valores, que lo avergüenza y culpabiliza de cara a los presos. A su vez, esa repulsión, la expresa también hacia lo que le rodea. Critica su propio estilo de vida y escala social, pareciéndole exento de significado. “¿Soy yo el que está loco por ver lo que los demás no ven, o los locos son los que hacen lo que veo?’”. Esta sensación de conocer una realidad distinta, que nadie más parece observar, acerca a la idea del loco que expresa A.Chejov posteriormente en La sala número 6. También se observa una cierta analogía entre ambos autores en la cuestión de cómo la sociedad decide a quién encerrar y a quién dejar en libertad. Aunque en Tolstoi la cuestión religiosa terminará de explicar cómo el propio sistema será responsable de la delincuencia.

Especialmente interesantes resultan las reflexiones sobre la naturaleza del hombre. Estos monólogos recuerdan vagamente a los de Primo Levi (1919-1987), con la diferencia fundamental de que el autor italiano hablaría de su propia experiencia. Nejliudov narra aún así unas actitudes cuya naturaleza no responden a lo que se espera de un ser humano, con una mirada llena de dolor y decepción.