No serás capaz

Tenemos un problema. Un problema más, quería decir. Se nos ha puesto de moda la pedantería, y esto ya no hay quien lo pare. En cada conversación, reunión y, lo que es aún peor, en cada videoreunión, hay que lucirse. Parece que, a falta de bombillas de colores, os ilumináis con vuestras carencias. Y yo me pregunto un día detrás de otro si no seré yo, si no estaré pecando de aquello que critico.

– Ostras, Lau, no se te ocurra publicar esto. Es que es tan prepotente…

Deja la frase sin acabar mientras la mira fijamente, como queriendo incidir en sus ideas y decisiones. Sabe que es prácticamente imposible, pero lo sigue intentando, como aquella primera vez. En aquella ocasión, ultimaban los detalles de la entrevista. Le pidió encarecidamente que modulase el discurso y tomara consciencia de la catástrofe que originaría una crítica tan absolutamente mordaz hacia determinados organismos que eran públicos, la habían acogido, y ahora serían devastados en cada noticiario y red social. Pero no. Laura no hacía caso, ni atendía a razones. ¿Que si lo hizo? Claro que lo hizo. Fue un desastre absoluto. El eco de cada insulto elegantemente formulado paseó de un medio a otro, adueñándose de titulares y comentarios de toda índole. Se convirtió en fruto de nuevas reseñas, algún podcast e incluso en la radio dedicaron horas y horas a la denuncia social de una joven que, con un exceso de frenesí, andaba diciendo verdades a la cara. Fue el centro de atención durante más de dos meses, algo que la abrumaba inmensamente, pese a no reconocerlo jamás. Los sesenta días pasaron, con sus sesenta noches. Y poco después, un día triste y lluvioso, se cercioró de que llevaba casi cuarenta y ocho horas sin ninguna llamada, sin ningún email invitándola a participar en quién sabe qué. Alguna mención en Twitter siempre quedaba, pero es que Twitter era morada y refugio de entes vacíos sin más atención que aquella. Sí. Me llamó casi emocionada.

Para entonces, no solo se habían olvidado de su bomba, sino también de lo que significaba. Nada cambió, nada mejoró. Su demanda moral fue solo aquello, algo tristemente vacío y carente de consecuencias. Fue todo lo que uno no desea que sea su confesión más íntima, su queja dolorosa elevada a la potencia de lo infinito. Y con todo esto, por supuesto, si programa se hundió. El cómo no lo hemos sabido jamás, pero lo hemos intuido siempre. Todas las catástrofes se llevan por delante a otras personas, como bien sabrás. Y yo fui el gran damnificado de todo aquello. Yo, con todo lo mío. Con mi negocio, con el que compartía con ella. No he encontrado aún las palabras para expresar el sinfín de emociones, la dualidad amor-odio que nos ha acompañado desde entonces. Dicen que hay rencores que se tatúan en el alma y debe ser cierto. Ni el sentimiento más puro borrará jamás de mi memoria el momento en que le pedí que no lo hiciera, que no nos pusiera en riesgo. Y lo hizo.

Es irónico que aquí estemos otra vez. Parecía que remontábamos. Ha vuelto a coger carrerilla, ha tomado la voz cantante. Está haciendo lo que ha hecho siempre, pero con la pluma del siglo XXI: un ordenador. ¿Queréis saber la verdad? Tengo miedo de dos aspectos vitales principalmente: lo desconocido y lo infinito. Su libertad es infinita y yo… siento que no la conozco de absolutamente nada.

Somos

Somos lo que pasa entre decisión y decisión. No lo que pasa, sino el espacio entre una y otra. Una mezcla de querer ser libres y ser conscientes de la imposibilidad del asunto, al menos en términos absolutos. Unos términos que, por regla general, no existen.

Una decisión no tiene que ser siempre trascendental, no vamos por ahí. Decides cuando coges el libro y te acomodas, entre cojines y mantas, a dejar la mente trabajar y volar al mismo tiempo. Has decidido que dormirás menos, que un autor va a hacerse con tu imaginación, una letras van a ocupar tu mirada. ¿Influye en algo? Claro que sí. A corto plazo, mañana estarás más cansada, inconscientemente también más feliz. A medio plazo, desarrollarás la memoria, el pensamiento y tu creatividad, sobre todo si continúas haciéndolo con frecuencia. A largo plazo, tus palabras reflejarán lo que otras construyeron y será un verdadero placer escucharte, o incluso leerte, en el mejor de los casos.

Decidimos lo que comemos, con quién hablamos, si queremos jugar a algo, acariciar a nuestro gato cuando se apoya en nosotros, sonreír a un niño que nos mira atentamente, ayudar a alguien que lo necesita. O no. Decidimos implicarnos en las pequeñas cosas de la vida, o no. Y le damos un valor, porque definirá nuestra persona lenta, pero consecuente y consecutivamente.

Decidimos qué jersey vestiremos, si iremos a hacer deporte más tarde o si, por el contrario, dedicaremos unos instantes a tomar decisiones más importantes o definitivas. Y al final, todo es sumamente vital, porque es nuestro tiempo el que se compromete. Y todos, más o menos capaces de meditarlo, valoramos algo que pasa irremediablemente. Queremos pasarlo bien. Cuando decimos pasarlo bien, ese lo, ese complemento directo, se refiere al bendito tiempo.

Un buen día, decides que esa persona no va a seguir en tu vida, por una cosa u otra. Nada grave: esto incrementa la dificultad de la decisión. Y te das cuenta de que no habrá más horas aferrada a un teléfono o, lo que es lo mismo, aferrada a sus risas y pensamientos más diversos y, a menudo, dispersos. Te alejas irremediablemente no sólo de la magia que ha rodeado a esa especie de relación idealizada que manteníais, sino de lo ideal y realmente maravilloso que ha generado en tu persona. Una imagen bucólica, ¿no te parece? Ahí estás, sentada en una esquina del dormitorio, en el suelo, pensando un poco en todo y en nada a la vez. Decisión tomada, What’s past is prologue, y otra más que se avecina. ¿Olvidar o recordar? RecordarTE, siempre desde el respeto y el cariño más profundos porque, por más cosas que no hicieras bien, por muchas meteduras de pata absurdas que hubieran, estaba todo lo demás. Todo lo demás, es el afecto que te tengo, la admiración en innumerables sentidos, una simpatía cariñosa que no se va así como así.

Seguramente no hablaremos nunca más. Pero nunca dejaré de reconocer que contigo volví a sentir emociones olvidadas. Olvidadas a voluntad propia, sí, claro. Pero olvidadas. Y solo contigo decidí dejarlas atrás. Me quité un muro inmensamente grueso, bien construido, solo ante el calor de tu voz y el ingenio de tus frases, casi siempre acertadas.

Tengo la confianza absoluta de que, en algún momento, leerás todo esto. Gracias, pequeño gruñón. Porque lo eres. Y yo fui otras tantas cosas contigo. Algunas, espléndidas. Siento no haberlas expresado mejor. Es tarde, incluso para mí.